martes, 7 de diciembre de 2010

FRAGMENTO DEL PRIMER CAPITULO DE "KITRINA KELDON La Hija de la Luz"


El legendario Monasterio de las Luces

Era casi medianoche. . .

En algún remoto lugar de la tierra se podía advertir desde lejos, la impertérrita presencia de una maravillosa y antiquísima construcción: El Monasterio de Las Luces; una olvidada y antigua iglesia.
A simple vista, extensa en sus dimensiones, su gran estructura se mostraba imponente y poderosa.
Contaba en su lugar de ingreso con una estupenda y enorme puerta de doble hoja, de fortísima madera. Toda su superficie denunciaba haber sido tallada a mano, en altos y bajos relieves, de un estilo por demás extraño, pero sobrio, elegante y extremadamente exquisito. . ., su sola presencia imponía un inusual respeto. Tres escalones abajo, a sus pies, nacía un sólido puente levadizo, a modo de protección, que reflejaba su figura en el espejo de agua que por debajo de él, ininterrumpidamente corría. Más allá, el bello y deleitable paisaje que lo circundaba todo, aunque por demás siniestro.
En su exterior, se encontraba rodeada de varias torres. Cada una, de las que conformaban la cúspide, era alta, hermosa y puntiaguda. Cuatro de ellas eran principales, y habían sido construidas una al norte, otra al sur, y las demás al este y oeste respectivamente; quizás para protección o defensa. Provistas de ventanas y balcones, se intercomunicaban a través de corredores tanto internos como externos; y en lo más alto, en la punta de cada una, pendían y se agitaban coloridas banderas.
A pesar de la inclemencia del tiempo, que había castigado sin pausa y sin piedad, sus muros aún permanecían firmes, y aunque acusaban pronunciados rasgos ya de vejez y desgaste, aquel antiguo monasterio parecía haber sido construido por muy hábiles y cuidadosas manos, ya que desde su creación misma se había pensado y protegido con celoso afán, hasta el más mínimo detalle; además, todo, perfectamente planificado y con una sublime lindeza. Pero, aún había algo más en aquella añosa estructura: precisamente en el centro, se erguía la última torre, de brillante mármol y por cierto, la más alta de todas. Su aspecto sobresalía soberbio, altivo y a su vez, reflejaba una luz propia y preciada, cegando a todo aquel que osara mirarla directamente. ¡Era algo grandioso, mágico!; ya sea para todos los peregrinos o para cualquier incauto desdichado que decidiese visitar el monasterio. En aquellas regiones la llamaban la Torre Blanca.
Toda esta misteriosa construcción que mucho llamaba la atención, no era precisamente comparable a un simple convento antiguo. . ., y todos lo sabían muy bien.
Los monjes eran muy reservados, casi no conocían la luz del día. La gente que moraba por las cercanías, les temían, pues según algunas leyendas, ese lugar era habitado por fuerzas sobrenaturales, malignas, por una estirpe demoníaca, que se expandía hacia los poblados cercanos desatando verdadero pánico, susto y estremecimiento con sólo imaginarlo.

Al oeste, cerca, se encontraba un primitivo y desconocido pueblo al que llamaban con el nombre de Teckamar. En él vivían familias enteras, de hombres trabajadores, honestos, de mujeres fastuosas, calladas, con sus divertidos, curiosos y juguetones niños, además de muy traviesos. La mayoría de las casas eran algo pequeñas, humildes o muy precarias, aunque nunca faltaba en sus mesas, un plato de comida o el calor de leños encendidos. Además pocos contaban con el suficiente dinero como para comprar ya sea un televisor o un automóvil. Todo evidenciaba la profunda simpleza de sus vidas, en lo diario, cotidiano; y a pesar que la mayoría de ellos conocía, de alguna manera, ciertos detalles del “Mundo”, ignoraban casi todas sus noticias, pues eran pocas las que les llegaban. A pesar de todo y al fin al cabo, todos soñaban con ver alguna vez los impactantes rascacielos de Nueva York aunque también eran concientes de que esto y otros deseos, eran sólo sueños inalcanzables.
Aquel año, 1999, llegando a su fin, había sido muy duro para la gente de Teckamar. Las repentinas tormentas eléctricas y los vientos a veces huracanados, habían arrasado con casi todas las cosechas y plantaciones a mitad de año; por lo que cada familia debía arreglárselas con lo poco que se había salvado; y para peor de males, el agua corriente escaseaba y muchas casas se habían venido abajo.

En la oscuridad cómplice de la noche. . .

Desde la Torre Principal se podía divisar hacia el sur, una cordillera montañosa de altos picos, de sombrías y amenazantes formas; y hacia el noroeste, el recorrido trazado por un largo camino de tierra y piedras que serpenteaba entre escasos árboles y matorrales hasta llegar, después de algunas millas, a un bosque tan impenetrable, tan oscuro, como frondoso y aterrador. Era un lugar lúgubre, casi sin vida y al que ningún ser humano se atrevía siquiera a internarse en desafío; pues mitos y leyendas que circulaban de boca en boca entre los lugareños, provocaban un verdadero horror en aquellos pobres infelices que tan sólo prestasen atención. No era para menos; las habladurías daban cuenta, entre otros hechos maléficos, de que en ese lugar había árboles que murmuraban entre sí e incluso charlaban como si fuese lo más común y natural del mundo. Tal es así que muchos niños, en su inocente curiosidad, preguntaban a sus abuelos qué tipo de poder oculto guardaba celosamente el bosque; a lo que los ancianos en su mayoría, coincidían en responderles a sus nietos y a modo también de advertencia: “Una fuerza abrasadora, sobrenatural, nunca. . ., jamás vayas al bosque. . ., pues desgraciadamente no saldrás con vida y con mucho dolor te digo, no querría perderte. . .”
Cerca del pueblo, a unas veinte millas al norte, se abrían nuevos y peligrosos caminos, pronunciados acantilados, valles muy profundos, oscuras cavernas y alguna que otra construcción abandonada. En esos parajes también se encontraba un lago: el famoso Lago Wilker. Su existencia era muy importante para Teckamar, pues en ocasiones les proporcionaba el agua suficiente para calmar la sed y además lo usaban para lavar sus vestimentas. De manera que el bien más preciado rara vez faltaba, lo que mantenía al pueblo con la capacidad de recursos para su subsistencia.

Caía implacable, la noche del 31 de Diciembre de 1999. . .

En la torre central, un chiflido de aire se filtraba por una ventana entreabierta sin pedir permiso. Ágil y meticuloso se movía y comenzaba a recorrer como curioso, una a una, todas las habitaciones, los pasajes, los cuartos. . ., todo: los pasillos que tenían hermosos decorados, los techos pintados impecablemente, los muros cubiertos de dibujos originales, únicos y de vivos colores, los corredores mudos testigos de ecos de voces calladas por el descanso prematuro que antecede a la medianoche; también los pasajes-caminos cubiertos de alfombras aterciopeladas y magníficos tapices que ornamentaban algunos cuartos al parecer importantes, y las habitaciones que eran cálidas y acogedoras con sobresalientes cuadros antiguos y lámparas bien encendidas.

Con la cómplice oscuridad nocturna como aliada, un aire estremecedor, turbio, que se asemejaba a un ente que acababa de cobrar vida, recorría sin pausa los caminos acercándose presurosamente al antiguo monasterio. Un grito desgarrador interrumpió el silencio casi abrumador de la tierra. Se hizo más y más fuerte mientras algunas escasas luces en la Torre Norte se encendían. La tranquilidad parecía, sin derecho a réplica, haber sido abruptamente aniquilada; quizás por algún hecho fatídico, un asesinato o tal vez, un atentado cuya víctima bien podría haber sido alguno de los monjes principales.
Y. . ., al fin llegó al monasterio. Haciéndose más gélido, más denso y turbio, irrumpió por la pequeña abertura de una puerta. Rápidamente cobró fuerza y a medida que ganaba espacio en su recorrido, se podía observar por detrás, una importante sala circular rodeada de altas y perfectas columnas, como así también varias puertas ubicadas a ambos lados y con dos imponentes escaleras que conducían al segundo nivel. Muchos candelabros y lámparas alteraron su quietud al compás de esa “brisa” intrusa, usurpadora; aunque sin ninguna presencia de alguien más, al menos, cercano.
Siguió avanzando y al llegar a la sala orientada al ala sur, se agitó un breve instante y dando un extraño giro a la derecha, abrió bruscamente una nueva puerta, por lo que se dejó ver en su interior, un inmenso comedor con dos mesas largas y a la vez circundadas por al menos un centenar de sobrias sillas. En frente del recinto, delataba su presencia un solitario sillón. De sólida y añeja madera, presuntuoso y mucho garbo, parecía un fiel testigo de muchos y grandes acontecimientos, incluso de aquellos que uno preferiría no recordar. A la vez, inspiraba nobleza, ternura y nostalgia. Mágicamente un aura lo cubría, lo abrazaba íntegro; y entre su sentadero y respaldo, yacía como cumpliendo voto de silencio, un bastón de oscura y fina madera, con una gran empuñadura color oro. A juzgar por su apariencia, estaba sin uso.
Tras escudriñar el paisaje del alrededor, el aire, temeroso por un nuevo grito, con premura aceleró su marcha en fuga dejando tras de sí pasillos vacíos y bien iluminados. Escapó por una salida, la que más cerca tenía a disposición. Salió al fin del monasterio, hacia el sur, más precisamente a un patio de excesivas proporciones. Más allá, otras tres nuevas Torres se alzaban, aunque más pequeñas, tal vez para vigilancia o prisiones. A media altura, entre cada una de ellas, se levantaban muros, gruesas troneras, poderosos parapetos de sólidas rocas de granito.
El escaso aire que aún deambulaba por los corredores se detuvo frente a una solitaria puerta y como por arte de magia, repentinamente se disipó sin dejar vestigio alguno de su presencia. En ese momento, en que el silencio con resignación expiró, repentinamente y de la nada apareció alguien que sin volver ni por un segundo la mirada atrás, cruzó la puerta al tiempo que detuvo su frenética marcha y con un resoplido de su boca, anunció cierto alivio.
El físico de aquel hombre marcaba un pronunciado cansancio pues al parecer, había cruzado apresuradamente por muchos corredores para llegar hasta allí. Vestía un atuendo color rojo con vivos dorados, largo y de línea impecable. De mediana estatura, delgado, rozaría quizás los cuarenta años, de cabello castaño claro con presencia de algunos blancuzcos mechones. Su rostro mostraba cierta entereza, fuerza y convicción.
Miró de un lado a otro y confundido, su semblante de paz pareció desaparecer al instante: delante de sus negros y profundos ojos, cruzaron velos de preocupación y languidez. Parecía perdido en sus propios pensamientos, estaba muy agitado y caminaba con los pies descalzos. Lo llamaban Amenón.
Con su barba rojiza y rostro arrugado, comenzó a buscar algo con insistencia en la pequeña habitación, que sólo constaba de algunos estantes con libros viejos y polvorientos, una mesa y dos sillas. No había suficiente luz, sólo el tenue resplandor de la luna que se filtraba ingenuo a través de una ventana; por lo que su búsqueda entre los estantes de aquello que para él sin duda era de extrema importancia, se hacía más engorroso.
Dos gritos más, de la misma persona, lo estremecieron un momento; detuvo su misión, con su lengua recorrió sus labios, los enjugó y acto seguido secó su transpiración. Luego siguió buscando y buscando, casi al punto de la paranoia. . .
- ¡Dónde estás, dónde estás maldita sea! -gritó con furia, en el preciso momento que levantaba con sus manos lo que tanto había anhelado encontrar: un libro de pequeña factura de tapa azul, ornamentado con un importante grabado en oro y un sello dorado.
Abrió su boca como para decir algo, pero alcanzó a escuchar vagamente el quejido de alguien lo que lo hizo desistir de todo comentario en voz alta; no obstante, nada ni nadie le impidió abrir el enigmático libro lo más rápido posible y comenzar a leerlo en voz muy baja.

La media noche comenzaba majestuosa. . .

En otra habitación, un poco apartada, tres hombres con largas túnicas marrones y capuchas bajas, se miraban entre sí y permanecían con sus cabezas gachas. Se trataba de los monjes Acario, Calixto y Sorak. Murmuraban entre dientes palabras con poco sentido para cualquiera que en esa ocasión los estuviese escuchando; más para ellos eran, a juzgar por su ansiedad y el nerviosismo, de extrema y vital importancia.
- El día ha llegado. Nuestra “Madre” está por dar a luz al hijo que. . ., a nuestro hijo. . ., nuestra salvación –dijo Acario, siendo el primero en hacer algún comentario.
- ¿Tú crees?. . ., mira que la profecía dice que nacerá hoy y aquí, en el Monasterio de Las Luces –refirió Calixto situado a la derecha-; sin embargo. . .
- ¿Sin embargo qué?. . . ¿¡Qué insinúas Calixto!?. . . ¿¡Entonces piensas qué Él llegará de las tinieblas y buscará el poder en nuestro protector!? –un cierto enojo se advirtió en estas palabras de Acario, al tiempo que miraba de reojo a Sorak, el otro de los tres monjes que estaba parado a la izquierda, más tranquilo y silencioso.
- Pero, de eso también habla la profecía. . ., querido hermano Acario ¿acaso lo has olvidado? –profirió Calixto súbitamente. . ., y agregó-: Escucha a nuestra “Madre”, oye sus gemidos, está pariendo a aquel, el que nos salvará o nos matará. No hay más que estas dos alternativas. Por eso, debemos estar preparados para lo peor. Además, el señor Amenón está buscando el Libro Sagrado y cuando lo encuentre, en él se verá la Marca de la Luz y entonces sabremos a ciencia cierta, si la profecía en la que ahora en verdad pensamos, es la que está aconteciendo.
- Como digas Calixto –manifestó Acario resignado-, y entonces, ¿qué podemos hacer nosotros?
- Esperar –dijo Sorak-. Lamentablemente no hay algo que podamos hacer salvo. . .; tal vez rezar con mucho fervor. La profecía se llevará a cabo pronto, es inevitable. . . aunque siento y presiento extrañamente con alegría y tristeza, que nuestra hora de salvarla se acerca cada vez más y más, al igual que nuestra irremediable muerte.

Sorak, era el monje de aspecto más tenebroso y siniestro de los tres; pero del modo en que usaba y utilizaba las palabras para hablar y expresarse, lo transformaban en alguien calmo y apacible. Nada parecía tener la suficiente importancia como para llegar a intranquilizarlo o ponerlo nervioso. Jamás perdía los estribos.
- Sorak. . . eso no es posible. ¿Acaso estás viendo la hora de nuestra muerte? –balbuceó Acario casi con exasperación.
- Mira Acario. . ., mi querido hermano. El Libro Sagrado determina que serán “diez” los guardianes para nuestro hijo que está naciendo –dijo Sorak con parsimonia-, y que además el día de la Última Batalla, será exactamente dentro de dieciocho años. Mucho tiempo ¿verdad? Pero con dolor te aviso, que nosotros no viviremos más de una hora. . ., y nuestro señor Amenón no tiene más alternativa que llevar a cabo la difícil misión de encontrar a los verdaderos guardianes.
- ¡Yo, ni por asomo tengo en mente morir! –expresó con furia Calixto-. Puedo enfrentarme a quien sea y en donde sea, ¿está claro?
Sorak inclinó lentamente su cabeza hacia abajo un breve tiempo, y sin responder con palabra o ademán alguno, pensativo se sentó. De repente, un estremecedor grito parecido más a un alarido los paralizó, los exaltó. . ., y luego, casi sin mediar interrupción, comenzaron a sentir una penetrante y fuerte melodía: era el llanto de un bebé; ese llanto con el que la mayoría de las criaturas hacen saber a quién quiera oír, que al fin han nacido; aunque tierno, a la vez desgarrador.
Lo que terminaban de escuchar les hacía suponer sin dudarlo, que en una sala cercana alguien acababa de dar a luz; por lo que también se confirmaba que en esa medianoche, cualquier duda sin titubeos se esfumó: la profecía al fin, se presentó como realidad. La “salvación” había nacido.

Sobre una mesa estaba recostada una pulcra y bella mujer, aún con sus piernas entreabiertas, agobiada y cubierta por una manta blanquecina manchada con sangre. Dos hombres valientes la habían ayudado en el alumbramiento. Había nacido una niña. Estaban muy sorprendidos, al tiempo que uno de ellos levantaba la criaturita sosteniéndola en lo alto. La mujer, llorando de alegría extendió sus brazos para recibir a su querida hijita.

En la biblioteca. . ., Amenón detuvo su lectura en una página que estaba escasamente escrita pero, un círculo con extrañas marcas, líneas y colores podían verse impresos con claridad. Cerró con fuerza su puño, tomó el libro y se dispuso abandonar la habitación lo más rápido que le fuera posible. Pero en ese preciso momento una repentina sensación de pánico heló su corazón; impaciente, se acercó a la ventana y pudo ser testigo de algo tétrico: la luna había sido cubierta por una rara y acechante nube rojiza. La escasa luz pronto fue segada y al igual que en las restantes habitaciones. . ., una diabólica fuerza se acercaba con sigilo y urgencia.

El silencio era absoluto y las sombras, totales. Acario, Calixto y Sorak se incorporaron y salieron de la sala y en frenética corrida descendieron por uno de los pasillos hasta abrir de un empujón la puerta del lugar donde había ocurrido el nacimiento.
- ¡Aquí está! ¡Miren! Mi preciada Kitrina por vez primera ha visto la luz de la vida –dijo en voz muy alta la madre.
- ¿¡Una niña!?. . ., ¡es verdad!, Dios Santo Todo Poderoso. . ., ¡no puede ser! –hubo desconcierto y resignada aceptación en estas palabras de Acario. . ., quedó atónito.
- Es cierto –agregó Calixto- ¿acaso ha de ser nuestra protectora una mujer?. . ., entonces que el Infierno tenga piedad de nosotros. . ., pero. . . ¿¡Por qué se nos castiga con esto!?
- ¡Qué palabras dañinas y blasfemas se te escapan, buitre! –exclamó enfurecida la mujer- Esta es mi hija y no es ninguna salvadora; además no veo marca alguna en su cuerpo. . ., sí señores: aquella profecía es un embuste, es falsa.
Las sombras comenzaban a deslizarse por toda la pequeña sala cuando Amenón de súbito, entró con el libro y luego de besar sonriente a la mujer, su mujer, lo abrió, buscó hasta encontrar el “dibujo”; secó su transpirada frente y observó con intriga y vehemencia el símbolo y a la niña.
- ¿Qué buscas, Amenón?. . .-preguntó con curiosidad la mujer- Mi amor. . .¿aún piensas que mi nena es la salvadora?. . ., no lo es, convéncete. . . y ¿Dónde está esa terrible sombra de los avernos que supuestamente vendría a llevarse a la guardiana? Ja. . . ja. . . ja. . .
- ¡Ay, mi hermosa e ingenua Kimira! –aseveró Amenón- Nuestra hija ha nacido y pronto muchas calamidades caerán sobre nosotros. Las sombras están afuera, están entrando. . . ¿no te has dado cuenta?, debo buscar hasta el último lugar del cuerpo de. . . Kitrina.
De pronto, en su meticulosa búsqueda detuvo su mirada en el pechito desnudo de su hija: quedó como petrificado. Sus ojos se desorbitaron completamente, un frío colosal recorrió su espalda, se le erizó la piel y se encresparon sus pelos. Respiró profundamente, tomó a la pequeña con ambas manos, la levantó en alto y mostró a todos los presentes el lugar a la altura del corazón, donde se podía ver la “marca”, la había encontrado; pequeña, tal vez algo confusa pero verdadera y real. La beba de a ratos lloraba o gritaba, pero todos hacían oídos sordos a tales quejas.
- ¡Es ella! –exclamó Amenón con contundencia- La Hija de la Luz al fin ha nacido. . . a la medianoche, y tal como la profecía lo anunció: hoy y en año nuevo. Todo lo que fue vaticinado hace mucho tiempo atrás, se acaba de cumplir. Ya no tenemos nada que temer. . .
Tan pronto como hubo acabado de pronunciar aquellas palabras, un estallido como un golpe seco debajo de ellos, hizo estremecer hasta los mismísimos cimientos del monasterio. Amenón apretó sus dientes, los tres monjes presentes se dieron vuelta atemorizados y junto con él se acercaron a la puerta.
- ¡Llamen a los demás!, ármense y bajen de inmediato. . . –profirió Amenón a modo de orden- Yo llevaré a Kitrina a La Puerta de Hierro, pues en cualquier momento se abrirá y no habrá otra oportunidad. Sólo allí estará a salvo de las garras del mal.
- ¡¡No, dámela!! –aunque aún débil, gritó con desesperación Kimira mientras se incorporaba- No te la llevarás a ningún lugar, es mi hija. . . ¡¡Te pido por favor qué me la devuelvas!!
Amenón no respondió y atinó raudo salir de la habitación con su niña en brazos seguido por los cinco hombres. Ya en el pasillo, que estaba en penumbras, no escucharon ruidos cercanos pero sí, el siniestro sonido que hacen los pies de alguien que pesadamente marca sus pasos al caminar, despacio, amenazante, como en una lenta y letal cacería; aunque lo oían también lejano.
Cuando en voz alta llamaron a los demás, a falta de respuestas los asaltó la más macabra de las sospechas: ¿qué habría ocurrido con todos? Sólo les bastó abrir algunas de las cálidas y cómodas habitaciones del monasterio para responderse y más aún, corroborarlo: muchos habían lamentablemente muerto. Unos cuantos yacían en sus camas decapitados o lacerados completamente víctimas de crueles torturas y asesinatos. El panorama de tornó desolador, devastador: partes de cuerpos ferozmente mutilados estaban esparcidos por todas partes; incluso en los pasillos se podía ver una considerable cantidad de despojos, con olor a muerte. Pero a pesar de todo, otro tanto al parecer, corrió con mejor suerte: habían sido dormidos tal vez por el suministro de alguna sustancia, o heridos levemente en sus cuellos pero sin riesgo de muerte.
Lo que sí se podía inferir con clara certeza es que “algo” o “alguien”, había descargado sobre ellos un formidable, descomunal y destructivo poder; aunque leve sobre estos últimos, en el total, el mayor daño fue sólo en un diez por ciento. Sin embargo quedó en evidencia, que nadie abriría sus ojos por el momento y aunque se los sacudiera bruscamente, ninguno reaccionaría a llamado alguno. Sólo unos pocos desdichados mantenían, atontados, sus ojos abiertos. . .



Marcas Infernales

Amenón arropó en sus brazos a Kitrina y deprisa atravesó lóbregos pasillos; empujó una puerta de madera y continuó con su vertiginosa marcha. Kimira salió tras los pasos de su marido, pero a poco de andar, debió detenerse ya que un repentino mareo se apoderó de ella. Estaba agitada y aún débil; aún así tomó coraje, abrió con gran esfuerzo sus ojos y continuó tan rápido como sus pies lo permitieron.
En el salón principal, los cinco monjes inmutables y en silencio, sentían cada vez más cerca la presencia de una fuerza sobrecogedora. De pie y temblorosos, miraban fisgando los alrededores. Advirtieron que había cambiado la luz que cotidianamente alumbraba el salón. Ésta se había transformado en una luminosidad rojiza, pálida, deslucida y por demás escalofriante; los pasos pesados que escuchaban se hicieron eco en todos los muros y. . ., desde un corredor paralelo algo se aproximaba.
- Hermano Sorak –dijo Calixto-, ve y avísale a Amenón de este maldito infortunio. . . alguien se acerca, han logrado entrar en ataque a nuestra casa. . . Estamos sentenciados –la respiración se le hizo más densa y trémula.
- No nos volveremos a ver –entristecido comentó Acario y con resignado convencimiento- por favor protege a Amenón y sobre todo a Kitrina. . ., ella debe, sí o sí, atravesar la Puerta de Hierro. . ., ahora vete.
Sorak asintió, volvió sobre sus pasos y rápidamente desapareció de escena. Los cuatro que quedaron, se agruparon, tomaron espadas, las que solían usar para defensa. Luego de unos pocos segundos sintieron a sus espaldas la presencia de una imponente energía, un inconmensurable poder; por lo que, dieron un violento giro y la tuvieron en frente: una sombra, una aparición, que ante sus desorbitados ojos, se levantó del piso envuelta en una impenetrable niebla. Se presentó alta, cercana a los dos metros, firme, con alas negras a ambos lados, de delgada estampa, y silenciosa. . ., envuelta en fuegos incandescentes, y peligrosamente se acercaba a estos pobres indefensos que la miraban incrédulos aproximarse, suspendida en el aire, más y más.
Acario, con su respiración ahora más agitada, más entrecortada y con gotas de transpiración que se escurrían es su frente, decidido tomó firmemente la espada. A su lado, Calixto y los monjes se mantuvieron callados, inexpresivos, con los ojos bien abiertos y reseca la boca; sabían perfectamente que con una pequeña espada en mano, jamás podrían hacer algo contra esa fantasmagórica aparición; más que una derrota, sería un suicidio. Ninguno le habló y de súbito el misterioso ser se detuvo. Aguardaron un breve momento para saber cuál sería se reacción y cuando éste hubo de dar el primer certero y ruidoso paso, los monjes con coraje y determinación se colocaron en posición defensiva.
- ¿¡Qué es esto!?. . ., no lo puedo creer. . . ¿¡acaso se atreven a enfrentarme!?, ¿¡a mí!?. . . ¿al Señor de la Oscuridad?
- Es todo verdad –pensó Calixto en voz alta-, la profecía se ha cumplido, “el Mal” llegó a nuestras tierras. Kitrina es nuestra única esperanza y debemos protegerla hasta con el último suspiro de nuestras vidas. . .
- Olvídate de ella –dijo Acario-, y tú seas quien seas y llames como te llames voy a decirte algo: Kitrina ya nació y en este preciso momento debe estar llegando junto con su padre Amenón Keldon, a la Puerta de Hierro y. . . ¡no puedes impedirlo!
- No he venido de muerte y tinieblas sólo para discutir con seres inferiores e inmundos como ustedes –los ofendió la sombra acercándose a ellos intimidante- aunque tal vez no tenga cuerpo físico como le llaman ustedes, mi poder está por encima y lejos de su comprensión, y “ésa” que dicen que ha nacido con la marca de la luz, ha de darme el poder para volver a la vida. La necesito. . . sencillamente por eso la tomaré. . . y que nadie se atreva a interponerse en mi camino.
La voz de la sombra se tornó cada vez más grave, más sádica. Los indefensos monjes retrocedieron temerosos; y atónitos se percataron de una centellante y dorada luz que al parecer, provenía de ese monstruoso ser. Todo su “cuerpo” quedó envuelto de esa luminosidad. Ante el asombro y desconfianza que les produjo esa revelación de ultratumba. . ., el mudo silencio fue abatido. . .
- Yo Ireshniküs, Señor de los Muertos, tomaré ahora lo que por todos los tiempos y derecho me pertenece.
La “sombra” con estas palabras, dejó al descubierto su mezquina pretensión y al mismo tiempo una inevitable declaración de guerra.
Todos empuñaron sus espadas esperando el furtivo y veloz ataque de Ireshniküs, y así fue. Ireshniküs se detuvo y unos ojos rojos y mortíferos paralizaron a los monjes, quienes en su resignación sintieron que sus cuerpos poco a poco se rasgaban, sus pechos se comprimían y sus ojos parecían explotarles. No obstante, aceptando la posibilidad de una segura derrota, con esfuerza y valor decidieron levantar sus frentes en alto, gritaron, maldijeron y corrieron hacia el intruso. Al estar bien cerca y a su frente en intento de al menos herirlo, la angustia fue aún mayor: descubrieron que la aparición no era más que una sombra, no había alguien allí, por lo que no podrían pelear cuerpo a cuerpo. Supieron en ese desesperado instante que todo había terminado: la hora de morir había llegado. Soltaron sus espadas, cayeron rendidos de rodillas y se tomaron con sus manos los cuellos; el “ser” dio media vuelta, los ignoró, sus ojos volvieron a relampaguear y tras una breve agonía, un último quejido anunció lo inevitable: aquellos valerosos monjes dignamente habían perdido la vida. Quedaron tendidos en el piso inerte, fríos, pálidos. . ., con profundas heridas y laceraciones. La sombra de Ireshniküs se movió sigilosamente de un lado a otro, alrededor de ellos, los examinó y mientras absorta llevaba a cabo tal menester, un lejano sonido interrumpió su tarea; y lo hizo volverse hacia las escaleras más cercanas y raudamente atravesó largos pasillos. . .

Amenón llegó a una escalera en espiral que descendía a un pasillo aún más oscuro y macabro que los anteriores. Carrera abajo y saltando de a dos o tres escalones por vez, llevaba a su hijita en brazos, que no paraba de llorar; mientras Kimira lo perseguía insultando y maldiciéndolo. En el segundo nivel, no muy lejos de ahí, Sorak también corría a toda prisa entre la sordidez y los despojos encontrados en el camino. Tenía la marcada sensación de que era seguido de cerca; por lo que detenerse o volver la mirada atrás, sería en su convencimiento, desastroso, fatal, un suicidio. No tenía más alternativa que avanzar rápido y tanto como pudiera.
El afuera mostraba una aterradora y ensombrecida noche; alrededor de los murallones unas marcas doradas comenzaban a ganar espacio en todas las direcciones: de norte a sur, de este a oeste. Las tinieblas traídas por Ireshniküs se habrían lentamente y Sorak, fue el primero en sufrir los devastadores efectos de aquel poder de otro mundo; otra dimensión. Cuando atravesó el arco de una puerta, un estallido cerca suyo lo hizo caer bruscamente y a sus espaldas sintió un fuerte y abrazador calor.
En el piso y con el cuerpo adolorido, las rodillas raspadas y dos dedos de su mano derecha dislocados, elevó con esfuerzo un poco su cabeza, la giró hacia atrás y pudo de soslayo saber el porqué: llamas encendidas y vivaces, formaban una cortina de fuego que como custodios y en advertencia, de alguna manera protegía la puerta, cubriéndola, tapándola pero sin dañarla; y a su vez ella, estaba bloqueada por un misterioso sello que había aparecido en el suelo. A Sorak, de pronto lo asaltó la sensación de ser testigo de un profundo dolor, presente a su alrededor, pues parecía escuchar penosos lamentos y gritos del infierno. Se incorporó como pudo y agitado, reanudó su marcha. Para su fortuna, la buena suerte estuvo esta vez de su lado: cada puerta o corredor que explotaba en llamas, a él no lo dañaban pues esto ocurría siempre después de pasaba, aunque sin demora.
Las marcas que surgían de la nada parecían haber sido diseñadas por un demonio que además de invisible, de inigualable poder. Cuando logró llegar al fin del camino, empujó una puerta, ya entreabierta, continuó y llegó a las escaleras por donde había pasado Amenón con su hija. Todo lo acontecido a estas alturas, desnudó en Sorak una tenebrosa verdad: la sombra de Ireshniküs lo estaba acosando, acechando y sólo faltaba un mínimo error para que la fuerza del exterminio lo atrapara. Y estaba muy cerca. . .
. . .En los cuartos, guardias y monjes estaban atrapados; gritaban desencajados, coléricos, para muchos de ellos la suerte ya estaba echada: no había salida, ni escape posible y tampoco ayuda. Su final ya estaba allí, inevitable.

Amenón transitó por pedregosos túneles subterráneos como si todos formasen un gran pasaje olvidado en el tiempo.
Desde afuera se lo podía ver corriendo por la Torre Central; y en cada ventana aparecía llevando consigo a Kitrina. Ya cansado y agobiado de tan tediosa travesía, se topó con una puerta de hierro en doble hoja. Era verdaderamente hermosa: muy sólida, con incrustaciones de oro, plata y brillantes, ornamentada además con majestuosos dibujos, marcas y líneas celestiales y aunque raro, sin picaporte ni cerradura lo que hacía suponer, sin mucho esfuerzo mental, que no había modo alguno de abrirla, al menos en forma convencional. Amenón se acercó, se detuvo frente a ella y respiró aliviado. Luego de un minúsculo intervalo de satisfacción, pues no había tiempo que perder, examinó con premura uno a uno sus dibujos; observó el símbolo en el cuerpo de Kitrina, los comparó, y volvió a mirar la puerta. . ., sonrió en buen augurio. Disfrutando lo sucedido estaba, cuando un escandaloso grito detrás suyo lo sobresaltó: era Kimira. Ya estaba allí, acababa de alcanzarlo, presente en el pasillo; y tras de dar un par de pasos al frente, acercándose aún más, el túnel por donde había llegado, fue bloqueado por otro círculo de luz que iluminó aunque tenue, toda la sala. Ambos se miraron fijamente a los ojos; se midieron; estaban furiosos y sin negociaciones: ninguno de los dos daría el brazo a torcer, cada uno estaba seguro y afirmado en sus decisiones.
- ¡Vete Kimira, vete! –ordenó Amenón- ¿no vez mujer que éste es el destino de nuestra hija?. . . trece años deberá dormir aquí hasta el día en que el monasterio, abra sus puertas a los jóvenes que se transformarán en la esperanza de todos y al finalizar el tercer ciclo, de todos ellos elegiremos cinco. . . Así esta escrito: “dentro de estos muros nacerá el ejército de la luz para desafiar al mal. . .”
- No lo hagas –suplicó Kimira al borde del llanto, al tiempo que sintió un pronunciado calos a su alrededor.
Las paredes y el techo se encendieron; Amenón por un momento cerró sus ojos, y sin demora dio la espalda a su mujer; miró nuevamente la puerta y fijó su vista en la marca, la que estaba justamente en el centro, la que resplandecía con luz propia, la que por sus características era igual a la beba tenía en su pecho; pero había algo más: estaba circundad por diez marcas similares y por encima de ellas, algo más distante, una que se destacaba, aunque pequeña, sí muy clara.
Amenón desconcertado la contempló con cierta atención, pero enseguida se volvió a Kimira, restando importancia a la extraña marca, la ignoró.
- Esta es la primera –dijo en tono firme y seguro Amenón-. Los “otros” están naciendo. . .
Tomó la manito de Kitrina y acercándola al sello de la puerta estaba, cuando de repente apareció Sorak; no pudiendo llegar cerca de ellos, pues la única entrada al salón donde se encontraba la Puerta de Hierro, estaba cerrada, clausurada por el enigmático e inexplicable campo mágico. Kimera dio media vuelta y con sorpresa aunque con dejo de apatía, lo miró.
- Señor Keldon. . . Señor Keldon. . . un demonio ha invadido el monasterio. . . ¡ha logrado entrar, lo ha tomado por asalto! –anticipó Sorak- No sé como, he oído su voz a la distancia. . . se hace llamar Ireshniküs. No sé quien es, ni de dónde viene; pero sí sé que es aquel que la profesía ha instituido como el Señor de los Muertos.
El rostro de Amenón denunció mucha intranquilidad, excesiva tensión, y entrecortadamente, como herido de muerte, habló:
- ¿Ireshniküs dices?, ¿Ireshniküs? No. ¡No puede ser él. . . es imposible!
- ¿Por qué no? –preguntó Sorak- ¿de qué se trata todo esto, mi señor?
- No, no puede ser. . . él está muerto –respondió Amenón casi en murmullo.


El Portal de Fuego

Sorak permaneció asombrado, quieto. . . asustado tras las terribles palabras de Amenón. El silencio fue asolador, ruin; sólo perturbable minutos después cuando un aire gélido y escalofriante desde algún recoveco de la pared o alguna abertura, les llegó certero y despiadado. La luz comenzaba a desvanecerse y Amenón muy cerca nuevamente de la puerta, tomó una de las manitas de Kitrina, y colocó su pequeña palma en la marca señalada. El suelo se estremeció de repente, las paredes chillaron, el polvo de los rincones se levantó por los aires. . ., y un zumbido de la puerta comenzó a escucharse. Amenón tomó a Kitrina y retrocedió un poco; pero en un santiamén Kimira se abalanzó sobre él, lo tomó del cuello con intenciones de ahorcarlo mientras lo recriminaba todo:
- ¡Qué has hecho!, ¡Déjala, mal nacido! –vociferó con inocultable aborrecimiento. La ira se posesionó de ella.
Amenón reaccionó rápido y logró zafarse de las esmirriadas manos ejecutadotas. Cerró nuevamente sus ojos, triste, débil. Una profunda pena y desilusión hirió de muerte su corazón; lagrimas de sinsabor y de lamento, se escurrieron por sus mejillas. . .
- No sabes cuánto lo siento amada mía; no quiero hacerlo, pero tienes que entender que éste, es el destino de nuestra niña. . . Es vital que la niña viva, crezca y cumpla sus trece años; debe encontrar a Los Seguidores para aprender junto a ellos todas las artes conocidas: defensa, ataque, magia. . ., sabiduría y concentración.
Amenón trató de que su mujer entrara en razones, pero no tuvo suerte. Sabía que Ireshniküs conocía la profecía y de la existencia de Kitrina y que en unos segundos más, lo tendrían allí. Había que proteger a la criatura con la vida su fuese necesario. El tiempo se acortaba. . .
- ¿Tú serás quien le enseñe?, ¿Tú? –reprochó a los gritos Kimira- ¡Contesta!, tú o tus desquiciados monjes. . . ¡bah! Eres un bastardo igual que todos. . . Por última vez ¡¡dame a mi hija!!
Volvió a tirar de las ropas de Amenón y lo detuvo en el exacto instante en que él se disponía sin demora, llevar a Kitrina hacia la Puerta de Hierro.
Su interior no se veía claramente, pero se podía, dado el espectáculo, asentir la existencia de una luz dorada que encandilaba del otro lado, escondida ahí, como si el sol hubiese dejado caer en ese mugar una partecita suya, brillantemente, opulenta, incomparable. Ese sería el hogar de Kitrina por los siguientes trece años.
En la sala, la sombra maligna de Ireshniküs comenzaba a manifestarse. Sorak trató de llamarlos con consternación, para que supieran de la inminente gravedad; pero a su pesar, no lo escucharon; ni siquiera se dieron por aludidos. Sus gritos de advertencia fueron en vano. . ., la pareja seguía en lo suyo; insultos, tironeos,. . . Entonces, cubrió sus ojos con su mano izquierda, se arrodilló y comenzó a rezar. Nada más podía hacer sino esperar un baño de sangre, para él, ya todo estaba perdido.
- Dame a Kitrina. . . ¡¡ahora!! –ordenó la sombra con voz de criminal.
- ¡No, de ninguna manera! –le dijo Amenón, mirando con sorpresa al recién llegado- Vuelve a la oscuridad de la muerte, que es adonde perteneces. . . que esta niña cumplirá su destino, y no la tomarás.
- ¡Lárgate, repugnante fantasma del infierno! –gritó con ira y desconsuelo Kimira. Su rostro estaba totalmente humedecido por el llanto.
De pronto, en denodado propósito, el que toda madre tiene cuando defiende a un hijo, corrió veloz hacia la aparición, sin saber que no podría atropellarla ni pelearla en riña, pues era una sombra, sin físico, sólo con ojos rojos. Ireshniküs la esperó, desplegó unas largas y puntiagudas alas y cuando la tuvo casi pegada a él, la cerró cubriéndola con un manto como en un abrazo. Fue un “abrazo” negro, de muerte.
Amenón quedó estupefacto, sin palabras, inmovilizado debido al brutal cometido llevado a cabo por aquella fantasmal figura. Y peor se pondría por lo que vendría después: cuando desafiante la sombra se volvió hacia él, desplegó las alas, quedando al descubierto sólo huesos limpios, sin carne, que cayeron al piso. Kimera había desaparecido; nada se podía hacer, ella ya no volvería. . ., fue envuelta en las oscuridades de Ireshniküs.
Sorak abrió los ojos, profirió palabras con verdadero pánico y horror debido a la situación que era, por demás escalofriante. Se puso con urgencia de pie y se echó a correr por el oscuro túnel que anteriormente le había servido como salvo-conducto para llegar hasta allí. Casi todos los sellos que en su momento lo habían bloqueado, se habían apagado, excepto los que custodiaban habitaciones y alcobas.
A pesar de estar dolorido y cansado, corrió desesperadamente, a veces dando saltos, pero sin interrupciones. Comenzaba a faltarle la respiración de tan rápido que iba. Parecía dirigirse a un lugar en particular, como si en un momento de esa alocada carrera, se le hubiese cruzado por la mente, una idea que podía significar la salvación de su Señor y de Kitrina, una idea de tomar partido en la delgada línea que separa la vida de la muerte. . .Y él, sin lugar a dudas ya lo había decidido.

Amenón, turbado por la absurda muerte de su mujer, sin alternativa retrocedió; su rostro de súbito se ennegreció y sujetó con fuerza a Kitrina a la vez que observando por encima de su hombro, sintió la calidez de la puerta y también un murmullo de musicales voces que con firmeza lo llamaban, pero. . . largamente titubeó. La sombra del señor de los muertos se hacía cada vez más alta, más poderosa. Amenón no quiso correr peligro, el riesgo era mayúsculo, entonces decidió no atravesar la Puerta de Hierro, aún estando a sólo un paso. A esta altura de las circunstancias, un profundo odio, de súbito inundó su apenado corazón, y lo único en lo que pensó fue matar a esa aparición.
- Ahora me darás a Kitrina. . .-ordenó sin titubeos Ireshniküs- ¡será mía de todos modos!
- ¿Cómo es que volviste a la tierra, cómo puede ser que estés aquí si has muerto hace mucho tiempo?-con desconcierto trató de indagar Amenón.
- Estoy a punto de completar mi venganza; aquel que me mató me las pagará y con mucho sufrimiento. . . Una vez que tenga a esa niña en mi poder, podré abrir el Portal de Fuego; tomaré mi cuerpo de nuevo y el ejército del mal habrá comenzado a nacer, así el Maestro de la Destrucción verá por fin la luz del día y la noche reinará para siempre- Sentenció Ireshniküs.
- Ya veo –dijo pausado Amenón- entonces no estás solo en ésto, me lo imaginaba; tienes lacayos que buscan la manera de traerte a la vida si consigues a Kitrina. . . pero has de saber que no te la llevarás, antes tendrás que luchar conmigo.
- No tiene caso, no eres rival digno de mí –agregó Ireshniküs con sorna.
Ireshniküs ni bien acabó de pronunciar estas palabras, advirtió que la Puerta de Hierro comenzaba a cerrarse. Amenón comprendió que a pesar de sus ansias de venganza, entrar era su única salvación; sabía que moriría pero al menos, lo tranquilizaba saber que Kitrina sobreviviría. Se dio vuelta y de un certero salto entró, pero Ireshniküs fue demasiado rápido: un hilo de fuego apareció entre sus sombras y rodearon sus pies sacándolo de un tirón junto con la niña de la habitación sagrada. Ella se le escapó de sus brazos y él quedó a merced de Ireshniküs. De pronto y sin aviso previo, con un estrepitoso ruido, la Puerta de Hierro se cerró. Los sellos en ella se apagaron, se mezclaron profusamente, y se movían de un lado a otro. Unos pocos segundos transcurrieron, cuando aparecieron los diez símbolos. Una marca más, definida y diferente a las otras, se ubicó en el centro: la marca de Kitrina. Las restantes se presentaron en distintas direcciones y la única que no había variado de lugar o color era la que se encontraba por encima de todas.
Kitrina, ahora indefensa, pataleando boca arriba, lloraba sin parar. Amenón retrocedió arrastrándose como pudo, pero esos hilos de luz se multiplicaron y lo tomaron también de las manos, tan fuerte que le cortaban la circulación de la sangre. Ireshniküs apenas dio un paso adelante dispuesto a dar el golpe final pero no alcanzó ni siquiera a pronunciar palabra; de la nada, un extraño Portal luminoso comenzó a abrirse a un lado del corredor. Era enorme y sus márgenes ardían en vivos fuegos, su interior era de color rojo muy intenso, por demás lúgubre; y al mismo tiempo emitía unos sonidos macabros y descomunales. Ambos, sorprendidos giraron sus cabezas. Los hilos de luces tomaron esta vez el cuello de Amenón y bruscamente lo pusieron de pie, mientras, Ireshniküs retrocedía acercándose lenta y cautelosamente al nuevo Portal...

viernes, 1 de octubre de 2010

TE PRESENTAMOS UN CAPITULO DE "¡Seré Benefactor!"


CAPÍTULO V


EL DESPERTAR DEL AMOR


Hacía bastante calor y hubiera ido a dormir un rato, lo mismo que el doctor y los demás, pero por no defraudar a Alina, aceptó. Pidió a Rosendo que trajera dos caballos. Le preguntó a la muchacha si montaría con esa ropa. Tenía un vestido muy corto y liviano, al subir al caballo, mostró sus lindas piernas. Montaba muy bien, se notaba que tenía escuela.
_ ¡Adoro los caballos!_exclamó y partió al galope.
Remo la alcanzó y le dijo:
_Moderemos el paso, hace mucho calor y quiero mostrarte un lugar que he descubierto que vale la pena visitar.
Recorrieron un sendero que los llevó a la orilla de un arroyo con un entorno espectacular. Una pequeña cascada formaba un embalse que invitaba al baño. Remo llevó los caballos a beber y los ató a la sombra. Al volver vio como Alina dejaba deslizar su vestido y entraba al agua solamente con su diminuta ropa interior. Sorprendido, se acercó. Ella volvió, sonriente, su rostro, su cuerpo de diosa y sus pequeños pechos, propios de sus 17 años, y con una carcajada, dijo:
_ ¡Remo, te has quedado mudo! ¿Es por verme así? …..
¡Vamos, entra al agua!.....
Él se quitó la remera e iba a entrar con su short…
_ ¿no pensarás bañarte vestido? _dijo ella.
Con algo de vergüenza se quitó el pantalón y quedó con el slip mostrando su varonil figura…..Ella lo provocó arrojándole agua y él se zambulló……..El agua estaba deliciosa. Alina se le acercó y le dijo:
_ ¡No tengas miedo que no te voy hacer nada!
Él aceptó el reto y se dedicaron a jugar como dos niños. Remo trataba de guardar distancia. No sabía hasta dónde llegaría Alina con sus juegos, cada vez más desinhibido. Sus roces ponían en peligro el respeto que quería guardar hacia ella. Era difícil para él mostrar despreocupación, y la vista de Alina desnuda eras una invitación a dejar el respeto para otra ocasión. Ella actuaba naturalmente sin mostrar que estuviera buscando una situación límite…..Cuando le pareció que la cosa se volvía peligrosa, Remo dijo:
_ Vamos ya, debemos regresar…..tu padre se debe haber levantado….Hace más de dos horas que salimos de la estancia.
Alina se vistió murmurando algo….parecía que esperaba otro desenlace. Él agradeció que todo terminara así.
A la vuelta, Alina conversó menos, pero se mostró contenta con el paseo. Cuando llegaron fue a su habitación a cambiarse, y apareció con un short cortísimo, remera escotada y zapatillas blancas. ¡Hermosa figura!....Remo se duchó y se cambió de ropa. Fueron a lo de don Rosendo, donde las chicas los recibieron alegremente y preguntaron a Alina con intención:
_ ¿Cómo les fue de paseo?........
Alina les contó detalles sin puntualizar mucho. No dijo que se habían bañado. Sara miraba a Remo con picardía. Sabía lo que pasaba por la cabeza de las dos hermanas. Él se hacía el desentendido…..Las chicas fueron a caminar y él se quedó con don Rosendo. Llegó Efraín y enseguida el doctor.
_ ¿Qué queda aún en el tintero?....._preguntó.
Remo le explicó que quería que Nadia fuera al pueblo a estudiar computación.
_En pocos meses podremos presentar la papelería a los contadores, como ellos quieren. Además me parece bueno que Hipólito la acompañe y estudie radio y electricidad. Nos será muy útil para futuros proyectos. También vamos a agregar otro día de clase a la maestra que viene dos veces a la semana.
El doctor estaba sorprendido por la cantidad de ideas que se generaban en la cabeza de Remo. Éste le pidió que, antes de que se hiciera más tarde, dieran una vuelta con el avión por toda la estancia, para observar desde el aire cómo estaba todo. Invitó a Efraín y Rosendo, pero éstos prefirieron quedarse en tierra. Cargó su máquina fotográfica e indicó al doctor que se elevara lo suficiente como para sacar una foto de toda la estancia.
__después volaremos a baja altura….
Sacó el rollo entero, fotografiando cada lugar. Desde el aire se dominaba la enorme extensión de la zona boscosa. ¡Había para desmontar años sin que se sintiera su efecto! Cuando vo0lvieron hizo algunas anotaciones de lo observado desde el aire. Se reunieron todos en el comedor. Al rato se presentó un puestero y pidió hablar con Remo. Era uno de los indios del “6”. Después de pedir disculpas por molestarlo, le dijo que un hijo suyo tenía problema en un pie, que le impedía caminar correctamente. Quería saber si el doctor lo revisaría y aconsejaría qué hacerle. Remo le preguntó si lo había traído.
__No, pero lo traigo
__ No, mañana iremos con el doctor y la revisará.
Consultó después con Raúl sobre esa posibilidad y dijo que no habría ningún inconveniente. Finalizaron el día con asado al aire libre, que termino a media noche.
Al otro día, después de desayunar, Alina y Efraín fueron al “6”.
__Recorre todo el puesto por si hay algo que hacer..._le indicó Remo a éste. Los indios se habían preocupado por tener todo limpio. Los niños estaban con su mejor ropa. El doctor revisó al indiecito. Alina lo ayudaba. Lo hizo caminar y examinó cada parte de la pierna y el pie.
__Por lo que puedo apreciar, este niño tiene una malformación óseo en el metatarso que, si bien es pequeña, le impide caminar correctamente. Si no se corrige mediante una operación, caminará mal toda la vida. La operación es sencilla pero requiere un post-operatorio bastante largo. Lo tendrían que llevar a Rosario para que lo podamos operar. Necesita un acompañante, si es la madre mejor. Deberá estar una semana en la clínica y después dos semanas enyesado, sin asentar el pie-los indios se habían quedado muy serios-. Por los gastos no te preocupes, no se te cobrará nada. Tampoco por la internación. Todo ira por cuenta de la estancia y Remo deberá ocuparse de todo, incluso del traslado, que puede ser en ocasión de un viaje suyo a Buenos Aires.
Alina había traído unas golosinas que distribuyó entre los niños. El indio regaló al doctor un cinturón de cuero de víbora trenzado, hecho por él, que era una obra de arte. El doctor agradeció y emprendieron el regreso. El almuerzo transcurrió con temas relacionados con la actividad futura en la estancia. Remo detallaba todos sus proyectos y Efraín le hizo recordar la idea de la capillita.
__ ¡Basta ya de nuevas ideas, dejen algo par mas adelante!....__exclamó, riendo, el doctor.
Terminaron a las cuatro de la tarde. Fueron a descansar y a las seis y media estaban tomando mate en el parque, siempre con las ricas masas de Esther. El doctor dijo que temprano, al día siguiente, irían al banco del pueblo a registrar la firma. Había pensado que sería mejor tener una cuenta también habilitada a nombre de Efraín, para cualquier emergencia.
__ ¿Yo con cuenta en el banco? ¡Qué peligro!.....__dijo en medio de las risas Efraín-
__Quiero que veas la posibilidad de comprar una camioneta para tener a tu servicio. La que llevó don Justo pienso regalársela a él, es parte del premio que quiero darle __dijo el doctor, entre las miradas de Remo y Efraín.
Remo aceptó y dijo que cuando hubiera dinero suficiente iría al pueblo a discutir precios. Llegó la hora de la cena y de ir a dormir. Los jóvenes se reunieron en el comedor de don Rosendo a tomar mate. Por la mañana, muy temprano, todos arriba. Con mate de por medio el doctor, Remo y Efraín fueron al pueblo para hacer las gestiones bancarias; dejaron todo listo y volvieron a almorzar.
Comida de Esther de despedida al doctor. A la cuatro de la tarde la partida. Alina dio un beso a cada uno, y uno, muy efusivo a Remo. Ni miró a Sara. Adivinaba su expresión. Les dejo la dirección para que la visitaran en Rosario. Se alejó el avión y volvió la tranquilidad a “La Morenita”. A Remo le quedó un remordimiento por no haberle contado al doctor sobre el comportamiento de los encargados.
__ ¡Para qué arruinarles el viaje!.....__se disculpaba.
Remo pensaba en la velocidad con que transcurrían todas las cosas y tenía ansiedad por ver resultados; pero los tiempos no podían apurarse y dejó que su pensamiento se detuviera en el hermoso cuerpo de Alina.
Esa semana arregló los contratos con todos los desmontadores; estudiándolos a fondo con Efraín, comprobó el excelente negocio que hacían los contratistas, no así “La Morenita”, pero si don Justo, el más favorecido; sin capital y sin dinero, embolsaba sus buenos pesos. El beneficio para la estancia era la ampliación del terreno apto para la siembra. Tomó la determinación de que, aunque le doliera, le escribiría una carta al doctor, contándole toda la verdad. Esa misma tarde escribió una extensa carta.
Con seguridad, el doctor le reprocharía no haberle contado todo durante su estadía ese fin de semana. Unos días después, apareció. Unos días después, apareció Tito, venía con la camioneta de la estancia.
Remo y Efraín venían de una recorrida por los puestos, los saludó muy efusivamente…….los muchachos con frialdad le preguntaron por don Justo.
__Mi padre está muy delicado y requiere mucho cuidado. Vengo a llevar mis cosas, me las llevaré al pueblo.
__No hay problema, puedes cargar todo lo de ustedes, Rosendo te ayudará_-dijo Remo; Tito cargó todas sus cosas, valijas, bolsos y cajas.
__No queda nada más…..__dijo.
Remo le pidió todos los papeles de la estancia que tuviera en su poder.
__Está todo en una caja, en el escritorio…__dijo Tito.
Ya por irse y al saludar, Remo dijo:
__Si no queda nada más de ustedes, te agradecería que no vengas más por aquí. Hemos descubierto todas las maniobras que vos y tu padre realizaron, perjudicando a “La Morenita”, todo esto merece una denuncia pero no la haré, porque seguro el doctor no querrá hacerla, pero te repito, ¡no vuelvas por este lugar!
Eso sí la camioneta, deberás regresarla a la estancia. La dejarás en la concesionaria, nosotros iremos a retirarla y otra cosa, tenemos pruebas y testigos de todo lo actuado por ustedes, cualquier intento de accionar en contra de “La Morenita” servirá para que toda la estafa que han hecho, abusando de la confianza del doctor, salga a la luz y la gente sepa qué clase de gente son ustedes.
Tito se alejó rápidamente, sin saludar, y Remo se sintió aliviado por haber descargado su bronca guardada contra los ex encargados. Fueron con Efraín a revisar la caja que dejó Tito.
__Seguro que no dejado nada comprometido…..__dijo Efraín.
Se dispuso a escribir otra carta al doctor, contándole lo sucedido, y se prometió no ocultar nada en el futuro.
Dio por terminado el asunto y se dedicó a sus proyectos…

jueves, 23 de septiembre de 2010

PRESENTAMOS UN FRAGMENTO DE "La Cabaña Cósmica de Nel Sikuma"


LAS NAVIDADES DE MATILDE

Historia de una princesa del reino de Dinamarca, nacida en la Argentina de América del Sur. Matilde es la protagonista, descendiente de un pueblo poderoso nórdico-escandinavo, cuyas hazañas sembraron de admiración y temor en gran parte de Europa.

Cuando la Dinamarca del Siglo XIX, tras largos encuentros bélicos debe ceder parte de su territorio, un caballero con escudo en alto se aleja del reino, llevando consigo la misión conferida por la hermandad. Navegó los mares del norte y tocó costas Atlánticas. La cruz del sur en el cenit, lo guiaba hacia la Argenta. Un infinito camino, y tan incierta la “Tierra del Oro Espiritual” que hasta dudó de su existencia. Sin embargo allí debía echar anclas y en ese lugar izar la Insignia Ancestral.
La noche se cubrió de estrellas, pero al oeste una brillaba más que las demás: Venus, su irradiación anticipaba de manera clara y directa, que el momento había llegado.
Origen y destino en la campiña cordobesa de la república Argentina. Fueron muchos los inmigrantes que en la búsqueda de una tierra prometida llegaban con la esperanza de una vida de paz y trabajo, donde trocar fusiles por arados.
Aquel caballero no fue la excepción; y lejos de su raíz, construyó el hogar que recibiera a “Matilde” el 30 de Enero de 1894.
Bajo el signo astral de Acuario y portando cántaro de agua viva, una bella y adorable niña viviría con la noble humildad de los campesinos y el porte real y generoso de una Princesa. A veces, su mirada seguía el vuelo de las aves que pasaban rasantes, y se elevaban hasta la torrecilla de algún palacio rescatado del álbum de los recuerdos.
Siguiendo las costumbres de la época, Matilde, de muy jovencita, fue prometida en casamiento y pronto contraería matrimonio con un joven del lugar.
Entonces, el universo conspiró para que la alegría reinara en las páginas de su nueva vida. Paso a paso, llegaron cinco caballeros a la propia corte, su hogar, rodeada de jardines donde crecían flores de áurico perfume: Margaritas, Dalias, Rosas y Azucenas, convertidas en bellas doncellas. Alquimia de la primavera, que no es ajena al amor.
¡Qué lindo era ver una sonrisa en el rostro de Matilde! dijo cierta vez mi padre, uno de sus Caballeros, quienes la cuidaban celosamente.
Matilde se movía con la serenidad que otorga el espíritu Divino. Ni ogros, ni brujas que suelen aparecer en la vida de las princesas, lograron vencerla.

LO SOBRESALIENTE DE ESTA HISTORIA QUE LA HACE INNOLVIDABLE, ES EL MILAGRO DE LAS NAVIDADES.

Es noche buena, y en la campiña aguardan la gran señal. Todos miran al cielo, hasta que resplandece la Estrella de Belén; la misma que guiara a los Reyes Magos.
Los nueve hijos de Matilde, colmaron sus zapatitos con cartas y regalos para el niñito dios. Habían fabricado juguetes con latas y maderas, con telas, lanas y pinturas.
Los niños del mundo así participaban, para que todos los obsequios fueran repartidos en distintas ciudades; hasta las más lejanas aldeas de montañas nevadas participaban de esa ofrenda.
Cuando sus hijos dormían soñando con las sorpresas de Navidad, Matilde caminó en puntas de pie hasta el huerto de los naranjos. La luna plateaba su larga trenza y la joven madre parecía un ángel recortando ramitas con aroma de azahares, que después quitándole su corteza los convertía en los dulces chupetines ansiados por los chicos.
Chupetines de caramelo, eran su presente, la gratificación y el alborozo de todos. Un instante de creatividad y un “milagro” que ella nunca logró explicarse.
Matilde derretía azúcar en la sartén y dejaba caer gotas de aquél almíbar en los palitos de naranjos alineados sobre la mesada de mármol. Rápidamente se cristalizaban las más variadas y divertidas formas, para luego envolver los chupetines con sumo cuidado en papeles transparentes de distintos colores. Después llevaba los dulces al lado de cada cartita dirigida al Niño Dios, las cuales se encontraban firmadas por sus retoños, Margarita, Armando, Alfredo, Dalia, Osvaldo, León, Rosa, Azucena y Oscar.
Exactamente en ese momento, la galería de la casa, los jardines y más allá, eran testigos de un fenómeno de iluminación del que “Ella” participaba año tras año. Esa vivencia fue guardada siempre en lo profundo de su alma.
Perpleja, vio la noche transfigurarse cuando un caballero en corcel alado, descendió con las alforjas repletas de juguetes cumpliendo el anhelo de sus hijos, y complacido cargaba los regalos que los chicos habían preparado.
Matilde, vacilante y sin ser vista, observó un vuelo fugaz que dejaba la estela de aquel caballero desplegando al viento su capa blanca que dejaba traslucir una cruz roja en el medio.
La Insignia de Hermandad, que trajo mi padre a la Argentina. Recordó Matilde.
Sin darse cuenta del misterio develado.

La historia se remonta a los Templarios y su orden militar.
Las hojas de los árboles se agitaron al viento insinuante de la primavera, y las recién llegadas golondrinas revoloteaban alrededor del antiguo campanario que exhibe como auténtico testimonio la Cruz. “Las cruces de la Orden de Cristo, eran rojas sobre fondo blanco”. La Iglesia del Priorato de los Caballeros de la Orden Militar de San Juan de Jerusalén, consagrada como la Orden de los Hospitalarios en los Siglos XI y XII durante las Cruzadas.
Cuando los desplazamientos de peregrinos cristianos a Jerusalén se hicieron muy peligrosos, surgió una milicia creada por sólo nueve caballeros dedicados a vigilar los caminos, que de esa manera resultaban mucho más seguros.
En recompensa, recibieron residencia permanente en el sitio donde antes se alzaba el legendario templo del Rey Salomón.

Así nacieron “LOS TEMPLARIOS”.

Se dice que registrando las ruinas del lugar, los Templarios habrían encontrado reliquias preciosas, objetos divinos como el Arca de la Alianza, el Santo Grial y La Sabiduría de un Conocimiento, en parte científico pero también esotérico, que les permitió crecer y diseminarse por toda Europa.
Los Templarios nórdicos preservaron ese Conocimiento.-

martes, 21 de septiembre de 2010

PRESENTAMOS EL PRIMER CAPITULO DE "Apasionada"


Capítulo I


Cuando el primer rayo del sol rozaba su habitación, Alanis comenzaba a abrir sus ojos. Aquel era otro día más para tratar de descubrir algún sentido que llenara su vida, aquellos días.
Hoy iré a la biblioteca. Seguro podré encontrar en alguno de mis libros una respuesta, aunque sea sólo una. El bosque está muy solitario aún; está por llegar el invierno y es necesario hacer algunas compras. No tardaré demasiado, si salgo ahora, podré tomar el autobús que pasa cerca de aquí. Pensó.
Y así fue. Desayunó y preparó sus cosas. Salió de su casa y percibió que el aire de los tiempos gélidos se aproximaba. Eso era bueno, realmente bueno.
Alanis había heredado aquella biblioteca de su abuela. Y como era la única nieta a la que los libros le agradaban, aceptó ese regalo tan cordial y se propuso convertir aquel lugar en algo que la gente pudiera disfrutar. Desde pequeña ella adoraba los libros y aquel interés cada día crecía más.
Llegó el ómnibus y con él quince kilómetros hasta llegar al pueblo. Se sentó en uno de los asientos que daba a la ventanilla y calma, observaba el paisaje; aquel que la había visto crecer y que siempre se preguntaba porqué ella había decidido ir a vivir sola a aquel bosque, lleno de misterio, tan solitario.
Sin embargo, pasaba bien sus días. Al fin y al cabo ella era una joven sola, no solitaria. Aunque eso, quizá cambiase con el pasar del tiempo. Y además, muy apuesta.
Sus facciones le habían permitido ser considerada, con justa razón, una de las muchachas más bellas de aquella zona, con aquellos ojos verdes y ese pelo negro que llegaba hasta poco antes de su cintura. Poseía una altura considerable y tenía un buen cuerpo.
Pero además la caracterizaba una profunda belleza interior.
Así era Alanis, una joven ocupada por su propio destino, dispuesta a hacer todo lo que estuviera a su alcance para poder llenar ese vacío que a veces se instalaba en ella sin su permiso.
Arribó al pueblo y al bajarse del autobús, pensó por vez primera que aquel lugar había permanecido igual en años. No se le había ocurrido esto antes, pero vio que las personas eran las mismas, los lugares donde comprar no habían sufrido refacciones ni nada parecido, el paisaje, por más humanizado que fuese, era el mismo. Y ella ya tenía veinticuatro años, y todo seguía igual. ¿O quizá era ella la que cambiaba en aquel espacio? Esta pregunta se le ocurrió mientras avanzaba hacia la biblioteca y no le agradaba en absoluto tener que pensar en temas importantes mientras caminaba atendiendo a otros factores.
Al atravesar la acera repleta de personas que compraban, un hombre que vendía flores le ofreció una. Fue sólo un instante que para los demás no existía. Ella miró fijamente los ojos de aquel viejo que podía ser su abuelo y él, esbozando una sonrisa, extendió su mano, con irremediables arrugas que dejaban plasmado el paso de los años, y le dio una rosa blanca. Eran las preferidas de Alanis y en aquel momento se convertían en el mejor regalo posible. Ella la recibió agradeciendo con una sonrisa y una mirada cálida. Y siguió su paso.
La biblioteca no se encontraba tan lejos de donde ella estaba y al fin pudo arribar a la misma. El edificio no representaba a una familia de clase alta, ni lo caracterizaba una arquitectura gótica o romana, sólo se trataba de un espacio que había sido construído varios años atrás, con el propósito de que las personas encontraran en él, palabras verdaderamente significantes, que suenan mejor cuando uno las lee en silencio.
Subió los dos escalones y sacó de su bolsillo las llaves para poder abrir. Al entrar, percibió un aroma que hacía tiempo no lograba recordar. Era el perfume de la casa de su abuela, la cual se encontraba cerca del bosque. Habían pasado ya cinco años que ella había fallecido, y a Alanis le costaba mantener su memoria olfativa. Pero si había algo que quería evitar, era el hecho de olvidar aquellas cosas que, alguna vez, la habían hecho sentir feliz. Y la casa de su abuela era una de esas cosas. No se atrevía a entrar en ella sin que su abuela estuviese allí y fue por eso que poco a poco fue olvidándose de ese aroma que la caracterizaba. Pero lo relevante era que, en aquel día monótono de su vida, normal, igual a los anteriores, ella lo había recordado. Entonces se convenció de que aquello convertía a ese día en algo especial.
Encendió las luces, dejó su bolso en una silla, y comenzó a recorrer los cuatro pasillos con los que contaba la biblioteca. Todo estaba tan ordenado, tan quieto, tan igual, que comenzó a hacer una comparación entre aquello que veía y su propia vida.
Algún libro tendría que caerse, pensó. No puede ser que siempre encuentre este lugar igual. Aunque hay que destacar ese aroma, que aún permanece. Es extraño, es como si de pronto este sitio hubiese adquirido algo de vida. Vida humana, claro. Porque los libros mantienen firme a esta biblioteca. Amo leer. Es algo que me enseñó mi abuela. Y ahora que no esta aquí, al menos físicamente, este amor va creciendo cada día más. Es que en ellos encuentro aquellas palabras que mamá no logra decirme, o que cualquier otra persona no logra pronunciar cuando estoy mal.
Es increíble, los libros hacen que me vuelva vulnerable a los sentidos. Algún día escribiré uno, ahora sólo me ocupo de que estas palabras le lleguen a las personas. Y como ya son las diez, inevitablemente, ha llegado el primer cliente.
Alanis concluyó su monólogo interior y se dirigió hacia el mostrador, donde ya se encontraba el primer cliente.
Cuando se encontró frente a él, vio que se trataba de un extranjero. Su aspecto era agradable, no era de esos que abandonaban su cuidado por caer en los brazos de otro país. El joven le solicitó un libro de drama, escrito por un argentino. Alanis se lo facilitó y él se despidió alegre.
La mañana transcurrió sin grandes acontecimientos y antes de las tres de la tarde ella se encontraba de regreso a su casa.
Cuando llegó, se recostó en su sillón preferido y escuchando una música lenta mientras miraba el paisaje, pensaba:
¿Qué será aquello que los demás llaman amor? O mejor, ¿qué será el amor en mi vida? Puedo contar con los dedos de mi mano las escasas veces que sentí amor, que me enamoré. Aunque esas relaciones duraron relativamente poco. Debe ser que este sentimiento (o decisión) depende de mis características como persona. No soy posesiva, definitivamente soy liberal. Pero esto no es algo que haya ocasionado problemas. Los hombres de los cuales me enamoré han tenido algo en común, ahora que lo pienso: eran personas con objetivos diferentes a los míos. Ellos buscaban adentrarse en el mundo, quizá más de lo debido, eran superficiales y no les agradaba la idea de vivir en un bosque. En fin, ellos buscaban lo opuesto a mí. Pero debo reconocer que a pesar de esto, alguna vez me amaron. Eso es lo que importa. Muchos dicen que vivimos sólo para encontrar a nuestra alma gemela. Mamá decía que la vida era sabia y que ella sabría cuando sería el momento justo para que encontrase en mi camino al hombre de mi vida. Creí fervientemente en sus palabras hasta que vine a vivir sola, aquí en el bosque. El contacto directo con la naturaleza me hizo pensar y reflexionar acerca de todo lo que dicen, piensan, escriben acerca del amor. Sé que es algo importante, que sin él la vida misma no tiene sentido alguno, pero a veces se vuelve complicado distinguir el amor. Y cuando esto ocurre surgen otras cuestiones. Muchas personas utilizan una frase, quizá por costumbre dicen te amo cuando a veces ni siquiera lo sienten. ¿Para qué decir algo que no existe? ¿Para qué aparentar?. No me preocupo, a pesar de todo. Soy joven, tengo apenas veinticuatro años y cuando esa persona llegue, yo lo sabré por el brillo en sus ojos y esa sensación difícil de describir que se siente, según los demás, cuando te encuentras frente a tu complemento.
Alanis era una joven decidida, segura de si misma. Estaba próxima al estereotipo de la perfección. Era alegre, divertida, pasional, impulsiva, intensa.
Aunque a veces se le instalaba en el pecho esa extraña sensación de estar vacía. Y aquellos eran los únicos momentos de su existir en los que su alma no sabía que hacer. Se sentía invadida de algo que no le pertenecía, se encontraba de pronto sola en un mundo de adversidades, donde su única protectora era ella misma. A veces, para escapar de estas situaciones, pensaba, se dejaba llevar por impulsos, hacía cosas de las cuales después no estaba orgullosa. Había buscado miles de veces una explicación a todo esto, pero aún no la encontraba. En verdad, en aquellos momentos sólo quería desaparecer, como si nunca hubiese existido.
El atardecer llegó y se fue sin dejar rastros. Alanis lo observaba calma.
Antes de dormir, acostaba en su cama, volvía a caer en sus pensamientos. Muchos le decían que era bella, realmente bella. Pero, ¿qué era la belleza?.
No sé que entenderán los demás por belleza, pero me pregunto si sólo se fijan en lo exterior. Mamá y papá, por ejemplo, saben apreciar mi belleza en toda su expresión. Es eso lo que ellos siempre me repiten; dicen por un lado que dispongo de todas las herramientas necesarias para atraer a quien quiero. Y por otra parte, me reconocen una persona dulce, dedicada a los demás, pero al mismo tiempo defensora fiel del individualismo, sin caer en lo absurdo y lo extremista, fiel a mi misma, luchadora. En definitiva, una verdadera apasionada de la vida. Pero fuera de todo esto, ¿dónde es que existe la belleza? ¿Es acaso una cualidad del objeto? ¿O simplemente se trata de la mera interpretación del sujeto?
Y así como estaba, acostada mirando el techo de su habitación, el sueño llegó. Y al abrir sus ojos, el sol se filtraba por sus cortinas, anunciando la llegada de un nuevo día.
Hoy también debía ir a su biblioteca, porque las personas tienen ganas de leer todos los días, eso es lo que le había dicho su abuela cuando le entregaba aquello tan preciado para ella.
Y así fue. Repitiendo el mismo itinerario del día anterior, llegó a su biblioteca y comenzaron a venir clientes, de todas las edades, de ambos sexos. Aquella era una biblioteca que guardaba las respuestas a cualquier pregunta que alguien pudiera formularse.
En un momento de la mañana, luego de haber atendido a varias personas e intercambiar algunas palabras con las mismas, se quedó pensando mientras ordenaba libros. Y en su mente, aparecieron imágenes del día anterior y del anterior, y de la semana que ya había pasado. Muchos de esos días tenían algo en común: el hecho de repetir siempre, la misma rutina, el pegajoso itinerario que se instalaba en su cuerpo, sin querer despegarse de ella. Y aquello la dejó un poco melancólica. El mediodía ya estaba sobre el pueblo y Alanis cerró su biblioteca y se dirigió a la plaza que se encontraba en medio del lugar.
Al llegar, se sentó en uno de los bancos que daba a la fuente. Y eso le trajo recuerdos. Cuando era niña, su padre la llevaba allí todas las tardes y le decía que pidiera un deseo, algo que ella en verdad anhelara, y luego le decía que arrojara una moneda de cobre, de las viejas. Alanis ya no recordaba todo lo que una vez había pedido, pero volver allí luego de tanto tiempo, no sólo la hacía pensar en ese momento de su niñez, sino en si misma, en su padre y en el futuro.
Mientras ella recordaba, vio que una niña se acercaba a la fuente, repitiendo lo que ella había hecho tiempo atrás. La imagen la llenó de ternura. Pero aún le preocupaba su vida, tan homogénea, tan igual.
Al atardecer, cuando llegaba a su casa, recordó al joven extranjero que había ido a su biblioteca. Ahora que lo pensaba, él era apuesto. Pero quizá ya era tarde, el chico seguro ya no estaba por allí. Aunque sentía unas terribles ganas de volver a verlo.
Y luego se preguntó:
¿Hace cuánto no salgo con alguien? O mejor, ¿hace cuánto tiempo que no tengo sexo? Si mamá (o cualquier otra persona) supiera lo que estoy preguntándome en este momento, diría que soy una pervertida, que me dejo llevar. Pero es que hay personas que no entienden que el sexo es esencial en la vida de los hombres. Es importante para el organismo. Pero todos prefieren defender su puritanismo antes que aceptar que entre las sábanas se olvidan de los tabúes. Así es la mayoría de la gente. Pero por suerte yo soy realista. Es algo que debo agradecer.-

AGUAS EXTRAÑAS


...Toda la noche mantuvieron el rumbo preestablecido. Ambos se percataban de a ratos de no salirse del curso. Sus años de navegantes les decían que iban por buen camino y sus experiencias les marcaban que estaban haciendo las cosas bien. Pero todo se les derrumbó al ver los primeros rayos del sol, ya que comenzaron a salir por el horizonte que tenían justo por detrás de ellos. Los marinos se miraron incrédulos por lo que estaban viendo. ¿Si el sol estaba por popa al atardecer del día anterior y si no habían cambiado el rumbo en el transcurso de la noche? ¿Por qué el sol volvía a salir, ese día, por popa? Si en realidad debería haber salido por proa. Esas fueron las preguntas que ninguno de los dos supo responder.
Sin modificar el curso, aunque los cielos se les presentaran extraños e ilógicos, al anochecer Mackent tomó una decisión riesgosa.
—¡Echen anclas y mantengan el barco firme en esta posición! —ordenó, al momento en que Kandor le traía la mala noticia de que sólo quedaba un barril de agua.
Mackent obvió esa información ya que si no encontraba una respuesta rápida a lo que les estaba sucediendo, a nadie debería importarle la falta de agua; total de igual modo morirían en esas aguas extrañas.
En la soledad del inmenso mar el Nerida quedó varado y sujeto en la dirección que había navegado todo el día anterior. Con la noche encima notaron otro cambio notorio en el firmamento y controlando que las corrientes no hicieran girar al barco, Mackent le expresó a Kabul:
—Apenas amanezca zarparemos nuevamente.
—¿En que dirección?
—En la que mantuvimos durante todo el día de ayer.
Al día siguiente la sorpresa los envolvió otra vez al escuchar gritar al tripulante que estaba apostado en el carajo.
—¡Estamos salvados! —gritaron algunos marineros.
—¡Yo sabía que nuestro capitán nos llevaría por buen rumbo! —exclamó otro, casi con lágrimas en sus ojos.
Otros reían como locos, algunos lloraban, pero todos sin excepción les daban las gracias a Mackent y a Kabul por haberlos llevado a tierra firme.
Llegando a aguas menos profundas Mackent ordenó detener el barco y junto con Kabul más un grupo reducido de hombres, descendieron en botes.
Remando sobre aguas extremadamente cristalinas y con un verde jade que los deslumbraba, llegaron a la extensa playa que se perdía en ambos extremos del horizonte. Al pisar la suave y blanca arena Kabul le dijo a su amigo:
—Esto no estaba aquí ayer.
—Tienes razón, esto no estaba aquí —comentó Mackent totalmente azorado por la belleza y el misterio que rodeaba a dicho lugar.
Con todos los hombres sobre la playa Mackent ordenó desenvainar las espadas y liderando el grupo les ordenó que lo siguieran.
La hermosa y blanca playa estaba adornada de enormes y frondosas palmeras, algunas muy derechas y otras inclinadas le daban una vista muy peculiar a esas costas. Caminando unos cincuenta metros los hombres, con Mackent a la cabeza, se toparon con una inmensa pared verde. Una tupida selva se erigía frente a ellos. Con el ulular de los pájaros y el aullido de algunos animales, todos tomaron coraje y se internaron en la misma. A fuerza de espadas fueron abriendo una brecha,que les permitía internarse cada vez más profundo en la jungla. Al cabo de una hora, más o menos, Kabul oyó el sonido que hace el agua cuando recorre un camino pedregoso.
—¿Escuchas lo mismo que yo? —le preguntó a Mackent.
—Sí, y parece que viene de allá —dijo Mackent señalando con su mano hacia el frente.
Apurando la marcha y luego de media hora más de caminata, se toparon con una pequeña pradera de pastos cortos y de escasa extensión. A un costado de ella y emergiendo de las entrañas mismas de la selva, que había del otro lado, un manantial de tan solo cuatro metros de ancho recorría toda la extensión de la planicie.
Al ver esa idílica imagen, con alegría pero a su vez con mucha cautela, Mackent y los demás se acercaron a la corriente de agua. Al llegar de sus mochilas extrajeron las cantimplas y comenzaron a llenarlas de agua.

Las cantimplas eran unos recipientes hechos con la vejiga de Sabu, animal criado como ganado y muy apreciado por su carne. A las vejigas se las dejaba secar y luego de curarlas con ungüentos especiales se las cosía y se las forraba con el mismo cuero del Sabu. Estas cantimplas eran muy apreciadas por marineros y expedicionarios, porque en ellas se podía transportar algo más de dos litros de agua la cual se mantenía fresca por mucho tiempo por más que el sol le diera de lleno.

Luego de llenar cada uno su cantimpla, Mackent les ordenó a sus hombres volver al barco y decir al resto de la tripulación que desciendan y se aboquen a llenar las bodegas de agua.
—Vayamos a explorar —le sugirió Mackent a su amigo Kabul.
Sin dudar siguió los pasos de su capitán y los dos comenzaron a caminar arroyo arriba.
Luego de un espacio corto de tiempo y habiendo perdido de vista el lugar donde habían quedado los demás, cruzaron por sobre unas piedras el arroyuelo y tomaron por el recodo que éste hacía hacia el interior de la jungla. Internándose cada vez más dentro de la selva, a lo lejos, a unos quinientos o mil metros aproximadamente, lograron divisar el humo de lo que parecía ser una hoguera. Ambos se miraron y con mucho sigilo caminaron hacia dicha columna de humo. Al llegar se ocultaron detrás de unos matorrales donde lograron ver con sorpresa un espectáculo dantesco y atroz. Sin dejarse ver pudieron observar como un grupo de hombres semidesnudos tiraban al fuego, los restos de lo que parecía ser un humano.
—¿Ves lo que yo estoy viendo? —preguntó Mackent con asombro— dime que estoy alucinando.
—No, no estás alucinando —le replicó Kabul, obnubilado también por lo que estaba observando.
Con la horrorosa imagen pegada en sus retinas Mackent sintió que su amigo le tocaba el hombro y le señalaba hacia un costado donde los demás caníbales se encontraban degustando su aterrador festín. La sorpresa lo invadió, al igual que a Kabul, ya que a pocos metros de la hoguera y colgados de una rama pendían los restos de otros hombres.
—¡Qué asco! —exclamó Kabul— ¿Qué lugar es éste? —se preguntó con cara de repugnancia.
Un poco más atrás observaron un bulto que se movía frenéticamente sobre el piso. Viendo bien de que se trataba se dieron cuenta que era una mujer, totalmente desnuda, atada de pies y manos como un animal salvaje, que luchaba para soltarse de sus ligaduras. Con sorpresa y estupor vieron como esos caníbales se le acercaron y la arrastraron hacia la rama donde pendían los demás despojos humanos. La mujer chillaba igual que chilla un puerco antes de ser sacrificado. Los caníbales la tomaron por las ataduras de los pies y la colgaron cabeza abajo junto a los restantes cuerpos.
El que parecía ser el jefe del grupo se la pasó haciendo ademanes todo el tiempo, como si dictara una tras otra distintas órdenes a los demás; después se acercó a la mujer y la tomó de los cabellos. Ésta con un movimiento frenético se soltó y con todavía pelos en sus dedos, el caníbal le asesto un durísimo golpe en el rostro dejándola casi inconsciente. Después la sujetó nuevamente de los cabellos y con firmeza le inclinó su cabeza hacia atrás dejando expuesto a todos su cuello; de su taparrabo sacó una especie de daga curvada y cuando se la iba a introducir en la garganta, una flecha surcó el aire silbando y se clavó de lleno en el pecho del caníbal. Mackent al percatarse de esa escena, giró repentinamente y vio a su amigo cargar su ballesta nuevamente. El gemido que hizo el caníbal al mirar su pecho ensartado por la flecha fue visto y oído por el resto y mientras se desplomaba ya muerto al piso, los demás tomaron sus rudimentarias armas gritando despavoridos y chillando como locos desaparecieron entre el sombrío y espeso follaje de la selva que los rodeaba.
Escuchando los alaridos de los caníbales cada vez más lejos Mackent y Kabul, decidieron ir a donde se encontraba la mujer. Al llegar al campamento de los salvajes lo primero que vieron fue un pequeño montículo de huesos; más adelante, y en el ardiente fuego de la hoguera un brazo y una pierna asándose. Los gestos de repugnancia y asco de Mackent y Kabul fueron aún mayores cuando llegaron al lugar en donde estaba colgada la mujer, porque junto a ella el resto de otras personas pendían descuartizadas. Con sumo cuidado la desataron y la pusieron sobre el piso tratando de no golpearla. Cuando recobró los sentidos comenzó a gritar despavorida como antes de que la ataran.
—¡Haz que se calle! —exclamó Kabul— o los salvajes nos descubrirán.
Mientras le tapaba la boca con su mano Mackent intentaba por todos los medios en convencer a la mujer de que dejara de gritar.
—No te haremos daño— le decía una y otra vez, tratando de calmarla.
Luego de forcejear, morder y patalear como loca por unos minutos, la desesperada mujer, se dio cuenta de que no le harían daño y cesó con sus gritos.
—Ten, ponle esto—sugirió Kabul, mientras le arrojaba su chaquetilla.
Mackent la atrapó en el aire y con un cuidado casi pulcro le cubrió su cuerpo desnudo.

La mujer era una bella morena de ojos color miel, de cabellos negros y largos, de una altura no mayor al metro cincuenta. Con el rostro todavía sucio de tierra y lodo se podía ver unas facciones realmente hermosas.

Mackent intentaba por todos los medios hacerse entender mediante señas y frases bien moduladas. Pero nada daba resultados. Hasta llegó a pensar si la mujer no lo entendía por el shock recibido o porque en verdad no entendía su idioma.
—Mira lo que encontré —dijo con sorpresa Kabul.
Mackent se le acercó y entre los restos de osamenta que había a un costado de la hoguera, lograron divisar el hueso de un brazo con un brazalete.
—¿No te parece conocido? —le preguntó Kabul a Mackent.
—Sí —respondió Mackent—, parece que es de uno de los nuestros —agregó.
—Es el brazalete de Aunguss —especificó Kabul—. Yo estuve en la feria junto con su mujer, cuando ésta se lo regaló como amuleto de buena suerte.
Pero justo en el momento que Mackent iba a decir algo al respecto, desde la selva nuevamente los chillidos se comenzaron a oír cada vez mas cerca.
—Volvamos al Nerida —ordenó Mackent.
Kabul tomó en sus brazos a la mujer, se la puso sobre los hombros y junto a su amigo comenzaron a correr como desquiciados. Detrás de ellos el grupo de salvajes había regresado con refuerzos. Mackent y Kabul corrían como locos en dirección al barco, sin importarles los rasguños que las ramas y las hojas les hacían a sus cuerpos, ambos corrían desesperados. Tal era el apuro que llevaban que ninguno de los dos se percató que al pasar por el lugar donde habían dejado a su gente cargando el agua no se encontraba ninguno.
Con cincuenta o más caníbales pisándoles los talones cruzaron la selva por el pasaje que horas atrás había abierto a fuerza de espadas. Al llegar a la playa quedaron petrificados por el paisaje que se abría ante sus ojos. En el cielo la noche ya se había hecho presente, en la costa su tripulación luchaba por rescatar de las aguas la mayor cantidad de pertenencias posibles. Todos sus marineros luchaban con las olas para intentar salvar lo más importante y esencial del barco. El aullido de los caníbales los despertó de su asombro y a los gritos, les ordenaron a sus hombres que se pusieran a resguardo y se preparan para recibir un ataque.
—¡Al primero que aparezca de esa selva reviéntenlo! —exclamó Kabul casi sin aliento.
Cuando estuvieron escondidos, entre los escombros y detrás de los barriles, aparecieron los salvajes; fue ahí que Mackent ordenó atacarlos con todo lo que tuvieran. Sin dudar un segundo y con la rapidez de un rayo los marineros que estaban apostados con las ballestas dejaron caer decenas de flechas sobre los caníbales. En ese ataque casi la mitad de los salvajes cayó bajo las filosas puntas de flechas. El resto continuó corriendo como si nada los hubiera atacado. El frenesí que estos hombres traían los convertía casi en animales de presa. Al ver que la distancia entre ellos y los caníbales se acortaba cada vez más, Mackent ordenó a sus hombres desenvainar las espadas y esperar firme la arremetida. Espada en mano, todos esperaron el guiño de su capitán. Los miró fijo y cuando los tuvo a pocos metros ordenó atacar. Si bien los tripulantes de Mackent eran todos, sin excepción, pescadores natos por haberse enfrentado miles de veces con piratas, habían desarrollado una exelente técnica en lucha cuerpo a cuerpo. Es más; Kabul cada tanto los entrenaba personalmente, ya que él era uno de los mejores luchadores de la ciudad de Arqüang.
Por tal motivo y casi sin oponer resistencia, el resto de los salvajes cayó bajo el filo de las espadas de los aguerridos marineros, no sin antes presentar una furibunda pelea.
—¿Qué le sucedió al Nerida? —preguntó Mackent, mientras envainaba nuevamente su espada cubierta de sangre salvaje.
—Zozobró —respondió Kandor, mientras sacaba una de sus dagas del cuerpo inerte de uno de los salvajes.
—¿Cómo que se hundió? —cuestionó Kabul.
—Desde ayer que los estamos esperando. Replicó Kandor.
—¿¡Desde ayer!? —increpó Mackent, incrédulo por esos dichos—. Si no hace más de tres horas que nos separamos de ustedes —agregó sorprendido.
—No mi capitán —aceveró Kandor—. Ustedes salieron a explorar ayer, antes de la tormenta —explicó el cuñado de Kabul.
—¿Tormenta? —preguntó Kabul—. ¿Qué tormenta? —repitió—. Si no ha habido una maldita nube desde que llegamos a estas costas.
Kandor sin lograr entender lo que sucedía con sus superiores no lograba comprender como no se percataron del semejante tifón que se había desatado sobre ellos horas antes del anochecer del día en que ellos salieron a explorar.
Sin comprender nada de lo sucedido y con voz de resignación Mackent preguntó:
—¿Salvaron armas?
—Sí y los barriles de agua también —respondió con gran firmesa Kandor.
—Ven a ver esto —lo llamó Kabul.
Al acercarse a su amigo Mackent vio cómo Kabul daba vuelta con su pie a uno de los salvajes caído en la refriega y al verle el rostro se conmovió.
—¿Qué son?
—No tengo la menor idea —dijo Kabul—. Es la primera vez que veo algo así.
—Parecen monos —agregó Kandor.
—Sí, pero no lo son —expresó Mackent, con poco convencimiento.
—Nardëm —susurró la mujer.
—¿Qué?
—Nardëm —volvió a repetir la mujer, mientras lo señalaba con su mano sucia y temblorosa.
Esto hizo que Mackent intuyera que Nardëm sería el nombre de la raza de esos seres. Por eso, mirándola y señalando al muerto, repitió despacio:
—¿Nardëm?
La mujer asintió con su cabeza y luego se puso de rodillas ante él y Kabul.
—¿Qué está haciendo? —preguntó Mackent.
—Nos está dando las gracias —comentó Kabul—. Bueno, eso creo.
Mientras Kabul les ordenaba a sus hombres recoger las armas y todo lo que se pudiera rescatar del naufragio y fuera útil, Mackent, por otro lado, intentaba por medio de señas y ademanes que la mujer le dijera su nombre. Luego de un buen rato y después de que todos estuvieran listo logró descifrar el nombre de la mujer. Xaany se llamaba y también comprendió que su pueblo se hacía llamar Mouche.
—Estamos listos —le dijo Kabul a Mackent.
—Acamparemos aquí —ordenó Mackent, mientras se encontraba en cuclillas junto a Xaany.
—¿Estás seguro?
—No, no lo estoy. Pero no creo que haya otro lugar más o menos seguro —explicó.
—¿Supiste su nombre? —preguntó Kabul.
—Sí, creo que se llama Xaany .Y su pueblo se hace llamar Mouche.
—¿Qué haremos con ella?
—Mañana la llevaremos con su gente —explicó Mackent.
—¿Escuchaste lo que dijo Kandor? —preguntó Kabul, con respecto a lo sucedido con el Nerida.
—Sí. Y sabes muy bien que estuvimos tan solo tres o cuatro horas lejos de la costa.
—Pero ellos están muy convencidos de lo que dicen —dijo Kabul.
—No sé lo que está sucediendo. Lo que sí sé, es que desde aquella tormenta en alta mar cada vez entiendo menos lo que nos sucede —le explicó a su amigo viendo que nadie de sus hombres oyeran sus palabras.
Ya acostados y preparados para dormirse, Kabul tocó a su amigo y le señaló el oscuro firmamento. Mackent lo miró atento y vio que sobre el negro cielo no pendía ni una sola estrella, solo la luna llena los alumbraba muy tenuemente, casi con miedo de hacerlo.
—Es todo muy raro —dijo Mackent.
—¿Estarán los demás barcos en estas costas? —preguntó Kabul. Recordando al infortunado tripulante Aunguss.

—No tengo la menor idea. Mañana cuando regresemos a la mujer con su gente nos pondremos a buscar a los demás.
La noche transcurrió con relativa calma. A lo lejos y muy en lo profundo de la jungla se podía oír los cantos lastimosos de los animales de la noche y el ir y venir de las extrañas criaturas que los habían atacado.
Con los primeros rayos del sol, Mackent ordenó a su gente prepararse para partir hacia las tierras de Xaany. Una vez que todos se calzaron las armas, cargaron las provisiones necesarias y comenzaron a andar guiados por la nativa.
Xaany los guió un trecho no muy extenso por la playa. Luego los hizo internarse en la selva por un sendero que estaba flanqueado por enormes árboles y espesos arbustos. Este sendero parecía haberse abierto hacía años, en su interior se podía palpar que la tierra estaba extremadamente compacta. Después de caminar por espacio de más de una hora Mackent y sus hombres llegaron a la base de un enorme cordón montañoso. Dicho cordón estaba totalmente cubierto de una densa vegetación. Parecía estar cubierto con un esponjoso manto verde.
Costeando la base, Xaany los guió hasta la entrada de un extenso valle central, dentro de él se encontraba un enorme y cristalino lago cuyas aguas bañaban de un lado una enorme llanura y en el extremo opuesto sus aguas orillaban gran parte de las montañas que rodeaban al valle. El enorme lago era nutrido por dos caudalosos ríos que comenzaban su curso inmediatamente después de salir de dos imponentes cascadas, para luego cruzar toda la pradera.
La sorpresa mayor que se llevaron Mackent y sus hombres no fue la belleza paradisíaca del valle, sino de lo que en él se movía. Sobre la pradera y cerca de los ríos animales jamás vistos por ellos, se paseaban mansamente sin siquiera percatarse de la presencia de los extraños.
—Dabang —comentó Xaany, señalando a estos animales de titánicas proporciones.
Kabul al escuchar eso, le hizo una seña a Mackent de no entender lo que la nativa había querido decir.
—Creo que dabang es el nombre con que ella y su gente denominan a esos animales —explicó Mackent a su aturdido amigo.
Luego de ese pequeño alto en el camino Xaany los llevó por un sendero pedregoso que descendía al mismo centro del valle y desembocaba justo al pie de una de las dos majestuosas cascadas.
Ya en el valle y a pocos metros de los dabang pudieron ver y apreciar el colosal tamaño que tenían esas mansas y tranquilas bestias.
—Son siete u ocho veces más grandes que nosotros —murmuró Mackent.
—Sólo sus cuellos deben medir unos cuatro metros —trató de asegurar Kabul.
—Yo sólo pretendo que sean mansas y tranquilas —deseó Kandor, mientras observaba asombrado sus enormes tamaños.
Xaany, intentando explicar, tomó un puñado de pasto y se lo puso en la boca, y con la mímica de hacer como que se los comía intentó decirles que los dabang eran de características vegetarianas.
—Espero que no cambien su hábito de comida ahora —dijo Mackent en tono de broma y aludiendo a todos los cambios repentinos que estaban sucediendo ultimamente.
Luego de un buen rato de caminar por el interior del valle, Xaany los hizo detener con una seña de su mano derecha y con la izquierda les pidió que no se movieran. A pocos metros de ellos, más o menos unos diez o quince metros, uno de los dabang estiraba su largo cuello y arrancaba ramas enteras de la copa de un árbol que estaba a su lado. Todos se dieron cuenta de inmediato que se encontraba solo y que también estaba rengo de una de sus patas traseras. Luego de unos segundos de ver al enorme animal comer del árbol con dificultad por su pata maltrecha, desde atrás y en forma repentina se le abalanzaron otros dos enormes animales.
—Jabang —dijo en voz baja, a modo de susurro, Xaany señalando a estos dos nuevos colosos.
Animales del que nadie dudó de su forma de alimentarse y menos aún de su temperamento; ya que al enorme dabang solo le permitieron correr unos pocos metros después del ataque. Si bien el colosal animal estaba herido en una de sus extremidades el peso podría haber sido un inconveniente para esos dos jabang. Pero no fue así. En pocos metros lo alcanzaron, lo topetearon y con sus garras filosas lo ensartaron por los cuartos traseros, para luego hacerlo tropezar y caer pesadamente. Una vez que el coloso cayó, el jabang más grande se le abalanzó por delante y con sus fuertes mandíbulas recubiertas de decenas de dientes, tan filosos como dagas, se le prendió al dabang de su largo y voluminoso cuello y con un sonido seco de huesos rotos le dio una muerte casi instantánea. Luego de ser testigos presenciales de una de las muertes más horrendas que sus retinas pudieran observar, la mujer les hizo una seña con su brazo derecho y los invitó a continuar caminando...

martes, 14 de septiembre de 2010

PRESENTACION DE LA PORTADA DE KITRINA KELDON


El Grupo Editorial Fojas Cero presenta la portada de nuestra nueva novela “KITRINA KELDON”.

Una antigua leyenda habla de una profecía; un vaticinio que anuncia la llegada de un salvador. En esta novela se relata su vida y su obra final. El lector descubrirá en estas páginas que el Mundo pende de un hilo; la esperanza r ...ecae en esta persona, la luz en la oscuridad y la ilusión entre las desdichas del mundo. Aquí se narrará su vida, su crecimiento y los padecimientos de su existencia. Se trata de una joven y no cualquier joven, común y corriente, sino aquella que traerá equilibrio a una tierra devastada por la muerte y la ira de criaturas infernales.
En este episodio el autor (Javier A. Soler) comienza a describir el futuro de todos los hombres iniciando la página más importante en la historia de la Tierra: “La salvación de la humanidad o su inevitable destrucción”. Esta aventura ágil y amena se inicia en la noche oscura y silenciosa del último día del año 1999 y se extenderá durante 18 largos años hasta que finalmente, se haya marcado la hora del Juicio Final; desatándose así una última batalla. Siendo esta joven mujer “La Hija de la Luz y la Guardiana de la Paz”, la única responsable de evitar una gran catástrofe llevada a cabo por seres demoníacos. Kitrina Keldong es su nombre y a pesar de su débil carácter e introvertida actitud, aprenderá a desenvolverse a medida que crezca y que el tiempo le enseñe sus reales responsabilidades; las cuales le harán saber que en verdad deberá luchar por el destino de todos y aunque muchas veces temblará de pavor y melancolía, nuestra protagonista no estará sola en esta ardua y difícil misión; contará con valiosos amigos que la cuidarán y aconsejarán, pero también tendrá mortales enemigos que la buscarán día y noche con el único propósito de encontrarla y apoderarse del misterioso poder que guarda en lo más profundo de su corazón.

LOS GUERREROS DEL SUR (fragmento del primer capítulo)


Las Tie­rras del Sur se ca­rac­te­ri­za­ban por ser de una ri­que­za in­con­men­su­ra­ble. Sus vas­tas lla­nu­ras es­ta­ban ta­pi­za­das por ver­des pas­tu­ras. Allí ha­bía una in­fi­ni­dad de bos­ques, com­pues­tos por una enor­me va­rie­dad de ár­bo­les. Es­tos bos­ques con­ta­ban con una im­por­tan­te can­ti­dad de que­bra­chos, aca­cias, arau­ca­rias, ro­bles y, por so­bre to­do, om­búes, el ár­bol sa­gra­do de los na­ti­vos de es­tas tie­rras. La in­ter­mi­na­ble pam­pa con­ta­ba, en su lí­mi­te oes­te, con una enor­me cor­di­lle­ra.
La ca­de­na mon­ta­ño­sa re­co­rría a lo lar­go la Tie­rra del Sur. Sus im­po­nen­tes cum­bres ne­va­das, le da­ban un mar­co de gran­de­za y de mu­cho mis­te­rio. A es­te es­pec­tá­cu­lo de gran­de­za vi­sual, ha­bía que agre­gar­le los nu­me­ro­sos vol­ca­nes que en ella se eri­gían, los cua­les eran de es­ca­sa ac­ti­vi­dad, só­lo al­gu­nos des­pe­dían gran­des y es­pe­sas nu­bes de va­por. Jus­to al cen­tro de es­ta ma­jes­tuo­sa ca­de­na mon­ta­ño­sa, se ele­va­ba el vol­cán más gran­de y el más ac­ti­vo de to­dos. Los ha­bi­tan­tes del lu­gar lo lla­ma­ban Omín. Se­gún las creen­cias de es­tos hom­bres, Omín era la mo­ra­da de Elem, “el caí­do en des­gra­cia”. Es­te ma­jes­tuo­so pe­ro mí­ti­co vol­cán co­lin­da­ba a unos qui­nien­tos me­tros con un pro­fun­do abis­mo que, se­gún las creen­cias, no te­nía fon­do. Es­te pro­fun­do abis­mo lo ha­bría abier­to Ma­puam, “El crea­dor”, jus­ta­men­te pa­ra en­ce­rrar a Elem. La en­tra­da es­ta­ba so­bre la ba­se de una de las gran­des mon­ta­ñas de la cor­di­lle­ra. En­tre és­ta y Omín ha­bía un ex­ten­so y pro­fun­do ca­ñón que los unía; los ha­bi­tan­tes lo de­no­mi­na­ban “El ca­lle­jón de los Sa­cri­fi­cios”. La en­tra­da al abis­mo, en ese mo­men­to, se en­con­tra­ba obs­trui­da por una enor­me ro­ca que, se­gún las creen­cias, fue pues­ta ahí por Elem cuan­do es­ca­pó.
La in­ter­mi­na­ble cor­di­lle­ra es­ta­ba ador­na­da por in­fi­ni­da­des de ver­tien­tes, que for­ma­ban pe­que­ños arro­yos que, a su vez, se iban unien­do y for­man­do los gran­des y to­rren­to­sos ríos que cru­za­ban de oes­te a es­te las Tie­rras del Sur, has­ta lle­gar al Gran Mar del Es­te. Es­tos cau­da­lo­sos ríos ha­cían que las tie­rras que re­co­rrían fue­ran muy fér­ti­les. Pe­ro a me­di­da que se acer­ca­ban al te­rri­to­rio, que se­gún los na­ti­vos era go­ber­na­do por Elem, el pai­sa­je de fer­ti­li­dad se iba mo­di­fi­can­do has­ta con­ver­tir­se en un pá­ra­mo agres­te y sin vi­da.
El Gran Mar del Es­te es la ma­yor ex­ten­sión de agua de to­da la re­gión. Sus ori­llas ba­ñan to­do el lí­mi­te es­te de las Tie­rras del Sur. Cuan­do uno se pa­ra so­bre sus blan­cas pla­yas pue­de ver có­mo su ex­ten­sión se pier­de en el ho­ri­zon­te, lo que ge­ne­ra­ba en los po­bla­do­res de es­tas tie­rras una vi­sión de mag­ni­fi­cen­cia y po­der. Tal es así que se lo con­si­de­ra­ba sa­gra­do, ya que, se­gún es­tos na­ti­vos, to­da la vi­da ha­bía si­do crea­da por Ma­puam, que era el dios so­be­ra­no, quien ha­bía uti­li­za­do al Gran Mar del Es­te pa­ra crear to­do ser vi­vien­te que ha­bi­ta­ba esas tie­rras. Por ese mo­ti­vo, y por su ina­go­ta­ble fuen­te de pe­ces, era con­si­de­ra­do sa­gra­do por los ha­bi­tan­tes del lu­gar.
El lí­mi­te nor­te de es­tas tie­rras es­ta­ba de­mar­ca­do por un enor­me río de es­ca­sa pro­fun­di­dad. En su mar­gen nor­te, se en­con­tra­ba la os­cu­ra y mis­te­rio­sa Sel­va Ne­gra; ca­si im­pe­ne­tra­ble por su es­pe­sa ve­ge­ta­ción, era con­si­de­ra­da ta­bú por los ha­bi­tan­tes de las Tie­rras del Sur, ya que de ella se con­ta­ban his­to­rias fan­tás­ti­cas de hom­bres mal­va­dos y se­res mis­te­rio­sos y es­qui­vos.
Al sur se ha­lla­ba lo que los na­ti­vos de­no­mi­na­ban el De­sier­to Blan­co. Es­te pá­ra­mo de nie­ves eter­nas y fríos in­ten­sos, ha­cía que na­die pu­die­ra ni si­quie­ra acer­car­se, ya que a las per­so­nas que se arries­ga­ron a in­ter­nar­se en él, no se las vol­vió a ver con vi­da. Den­tro de es­tos lí­mi­tes vi­vían, en ar­mo­nía, los de­no­mi­na­dos Hom­bres de las Tie­rras del Sur. Es­tos hom­bres per­te­ne­cían a una ra­za muy fuer­te fí­si­ca­men­te, eran aman­tes de la ca­za y la pes­ca, de las que sub­sis­tían. En su vi­da co­ti­dia­na eran muy pa­cí­fi­cos, pe­ro cuan­do era ne­ce­sa­rio de­mos­tra­ban ser exi­mios gue­rre­ros y há­bi­les crea­do­res de ar­mas. Es­tos hom­bres y mu­je­res vi­vían en una ci­vi­li­za­ción muy sim­ple. Sus vi­das se ca­rac­te­ri­za­ban por es­tar di­vi­di­das en cla­nes, que con­ta­ban con un go­ber­nan­te lo­cal, lla­ma­do Ca­ci­que. Es­tos ca­ci­ques, a su vez, es­ta­ban su­bor­di­na­dos por el Ca­ci­que Ma­yor, que en ese en­ton­ces se lla­ma­ba Cal­kén.
Ca­da clan con­ta­ba con un te­rri­to­rio pro­pio e in­de­pen­dien­te del res­to, y en­tre unos y otros la ar­mo­nía era muy fuer­te. Pe­ro la paz que se vi­vía en­tre es­tos cla­nes, se rom­pe­ría por la am­bi­ción de po­der de su ca­ci­que ma­yor.
Una vez al año, y en vís­pe­ras de la tem­po­ra­da fría, los ca­ci­ques, de los dis­tin­tos cla­nes, se reu­nían pa­ra de­sig­nar las ofren­das que le de­bían ser en­tre­ga­das a Elem. En los al­bo­res de es­ta ci­vi­li­za­ción, Elem ha­bía que­ri­do apo­de­rar­se de es­tas tie­rras, pe­ro lue­go de gran­des e in­ter­mi­na­bles ba­ta­llas, Elem y los hom­bres de las Tie­rras del Sur lle­ga­ron a un acuer­do: una vez al año, Elem, du­ran­te el cam­bio de la es­ta­ción de las llu­vias a la es­ta­ción fría, sal­dría de su mo­ra­da, el vol­cán Omín, y re­cla­ma­ría las ofren­das que es­tos hom­bres le en­tre­ga­ban, las cua­les con­sis­tían en par­te de las ri­que­zas de los dis­tin­tos cla­nes, y co­mo ofren­da ma­yor, la vi­da de una mu­jer o un ni­ño. Si es­to no se cum­plie­ra, Elem con­si­de­ra­ría ro­ta la tre­gua e in­va­di­ría al mun­do con sus ejér­ci­tos. Los ejér­ci­tos de Elem es­ta­ban com­pues­tos por quil­cos, se­res crea­dos por el mis­mo Elem. Con­ta­ban con una fuer­za fí­si­ca ca­si má­gi­ca y eran ex­tre­ma­da­men­te san­gui­na­rios en sus ac­tos. Es­tos te­rri­bles se­res te­nían una apa­rien­cia ca­si hu­ma­na, sus ros­tros eran muy si­mi­la­res a los de un fe­li­no, sus bo­cas es­ta­ban ador­na­das con gran­des dien­tes que po­dían ser usa­dos co­mo ar­mas, ya que su mor­di­da te­nía una fuer­za des­co­mu­nal. Ves­tían ar­ma­du­ras ne­gras, que los ha­cían ca­si in­mu­nes a los ata­ques con las ar­mas con­ven­cio­na­les de la épo­ca. Te­nían ma­nos gran­des y fuer­tes, sus de­dos ter­mi­na­ban en fi­lo­sas ga­rras, que po­dían usar co­mo ar­mas en el com­ba­te cuer­po a cuer­po. Tam­bién eran exi­mios gue­rre­ros con los ar­cos y fle­chas, ya que su vis­ta era mu­cho más agu­da que la de los hu­ma­nos. La for­ma de ma­tar a una de es­ta cria­tu­ras era acer­tán­do­le con una fle­cha o una da­ga por arri­ba de su cue­llo. És­te era el pun­to dé­bil que te­nía un quil­co, ya que el res­to del cuer­po te­nía el po­der de re­ge­ne­rar­se. Pe­ro si la fle­cha o la da­ga es­ta­ba for­ja­da con las pie­dras del Va­lle de la Lu­na, don­de és­ta hi­cie­ra con­tac­to le pro­vo­ca­ría una he­ri­da mor­tal.
El Va­lle de la Lu­na es­ta­ba com­pues­to por un gru­po de ce­rros que for­ma­ban un cír­cu­lo ca­si per­fec­to. Es­ta­ba den­tro del te­rri­to­rio que li­mi­ta­ba con Omín. Se­gún con­ta­ba la le­yen­da, el va­lle fue crea­do por Ma­puam, cuan­do és­te des­pren­dió un tro­zo de la lu­na e hi­zo que im­pac­ta­ra allí, pa­ra que los hom­bres tu­vie­ran las he­rra­mien­tas ne­ce­sa­rias pa­ra en­fren­tar a Elem y sus hor­das.
Los quil­cos eran co­man­da­dos por los pilches, tam­bién crea­dos por Elem, pa­ra ma­ne­jar y di­ri­gir a sus ejér­ci­tos. Eran ex­ce­len­tes es­tra­te­gas y des­pia­da­da­men­te vio­len­tos en com­ba­te. Su apa­rien­cia era si­mi­lar a la de los quil­cos, pe­ro eran mu­cho más gran­des y po­de­ro­sos, sus cuer­pos de ca­si dos me­tros de al­tu­ra y sus grue­sas ar­ma­du­ras los ha­cían ri­va­les ca­si in­ven­ci­bles en ba­ta­lla. Pe­ro te­nían el mis­mo pun­to dé­bil que los quil­cos. Los pil­ches, a su vez, eran di­ri­gi­dos por Mis­tra, que era el hi­jo de Elem. A és­te y a su pa­dre, los ha­bi­tan­tes del lu­gar ja­más los ha­bían vis­to, só­lo sa­bían que eran in­mor­ta­les, san­gui­na­rios y to­tal­men­te des­pia­da­dos con cual­quier ser vi­vien­te que tu­vie­ra la ma­la suer­te de cru­zár­se­les en el ca­mi­no.
La le­yen­da con­ta­ba tam­bién que a Mis­tra y a Elem el úni­co ser que les po­día dar muer­te era el Ga­ri­vao, un ser crea­do por Ma­puam, por lo que tam­bién era in­mor­tal. Pe­ro la le­yen­da cuen­ta que ha­bía caí­do en des­gra­cia por cul­pa de Elem y Mis­tra.
To­do em­pe­zó cuan­do Ma­puam de­ci­dió echar de su rei­no a Elem, por las mal­da­des que es­ta­ba em­pe­ña­do en co­me­ter. En ese mo­men­to fue que Ma­puam de­ci­dió con­fi­nar a Elem al abis­mo sin fon­do. Pa­ra cus­to­diar es­te abis­mo fue crea­do el Ga­ri­vao, ya que sa­bía que si Elem es­ca­pa­ba del abis­mo iba a tra­tar de con­ta­mi­nar al mun­do con su mal­dad. El Ga­ri­vao fue crea­do co­mo un ser her­mo­so e in­mor­tal. Su obli­ga­ción era dar avi­so a Ma­puam si Elem tra­ta­ba de es­ca­par del abis­mo. Co­mo el Ga­ri­vao era una crea­ción de Ma­puam, ama­ba to­do lo crea­do por és­te. Pe­ro te­nía una es­pe­cial pre­di­lec­ción por los ni­ños, al ver­los tan frá­gi­les e in­de­fen­sos. Por cul­pa de uno de es­tos ni­ños fue que és­te ca­yó en des­gra­cia.
La his­to­ria cuen­ta que un día el Ga­ri­vao es­ta­ba sen­ta­do so­bre una ro­ca, cuan­do ve un ni­ño que ca­mi­na­ba por la ori­lla del río que cos­tea­ba el ca­lle­jón. Es­to le ex­tra­ñó un po­co, ya que ahí no ha­bía nin­gún pue­blo cer­ca.
Pe­ro de re­pen­te al ni­ño le sa­le un pu­ma y lo asus­ta, en­ton­ces re­tro­ce­de, tras­ta­bi­lla y cae a las to­rren­to­sas aguas. Al ver es­to, sin pen­sar el Ga­ri­vao co­rre a su res­ca­te. Mien­tras tan­to, den­tro del abis­mo, Elem ob­ser­va­ba to­do con de­te­ni­mien­to. Apro­ve­chan­do la dis­trac­ción de su guar­dián, sa­le de su en­cie­rro y co­rre a tra­vés del ca­lle­jón y se in­ter­na en el in­te­rior del vol­cán Omín. Des­de ese mo­men­to, Elem y su hi­jo Mis­tra go­bier­nan la cor­di­lle­ra en to­da su ex­ten­sión.
Al en­te­rar­se de lo su­ce­di­do, Ma­puam cas­ti­ga al Ga­ri­vao, pe­ro és­te se de­fien­de con­tan­do lo allí ocu­rri­do. En­ton­ces es cuan­do su crea­dor le de­mues­tra al Ga­ri­vao que la cria­tu­ra que in­ten­ta­ba sal­var era Mis­tra con­ver­ti­do en ni­ño, y que to­do fue un ar­did pa­ra dis­traer­lo y que Elem pu­die­ra es­ca­par.
El cas­ti­go im­pues­to por Ma­puam al Ga­ri­vao fue con­ver­tir­lo en un ser ho­rri­ble y des­pre­cia­ble a los ojos hu­ma­nos. Por ese mo­ti­vo su cuer­po su­fre una es­pan­to­sa trans­for­ma­ción que lo con­vier­te de un ser her­mo­so a uno con la apa­rien­cia de hom­bre, pe­ro con for­ma de lo­bo. Tam­bién es cas­ti­ga­do a va­gar en so­le­dad por las ori­llas de la cor­di­lle­ra. El Ga­ri­vao, al ver­se así, le pre­gun­ta a su crea­dor:
—¿Por qué me cas­ti­gas de es­ta ma­ne­ra?
—El tiem­po di­rá si eres real­men­te me­re­ce­dor de las vir­tu­des que te ofre­cí al co­mien­zo.
Des­de ese ins­tan­te, el Ga­ri­vao va­ga en so­le­dad por las cer­ca­nías de la cor­di­lle­ra, y co­mo es mi­tad hom­bre y mi­tad lo­bo, ad­quie­re las ma­ñas de las dos es­pe­cies. Pe­ro la so­le­dad y el odio ha­cia to­do lo que ten­ga que ver con Elem, lo hi­zo de­sa­rro­llar una des­tre­za sin igual en la lu­cha con­tra los quil­cos y pil­ches, a los que des­de en­ton­ces bus­ca y ex­ter­mi­na.
La tem­po­ra­da de llu­vias es­ta­ba lle­gan­do a su fin; con ella se ter­mi­na­ba la épo­ca de abun­dan­cia y ve­nía el pe­rio­do de es­ca­sez. Es­te cam­bio de tem­po­ra­da no só­lo traía el frío, si­no que tam­bién mar­ca­ba la ve­ni­da de Elem a re­cla­mar sus ofren­das anua­les.
En la reu­nión anual de ca­ci­ques se tra­ta­ban di­ver­sos te­mas co­ti­dia­nos, co­mo lo eran los di­fe­ren­dos li­mí­tro­fes, bo­das en­tre pa­re­jas de dis­tin­tos cla­nes; y lo que na­die que­ría tra­tar, pe­ro por obli­ga­ción lo ha­cía, era a cuál de los cla­nes le co­rres­pon­día ofre­cer el sa­cri­fi­cio, y lo más ho­rri­ble era con­sen­suar quién se­ría.
Cal­kén era el ca­ci­que ma­yor, por con­si­guien­te era el más po­de­ro­so de to­dos. Tal era su po­der que lo que él de­cía te­nía que ser cum­pli­do, pe­ro si por al­gún mo­ti­vo es­to no era así, uti­li­za­ba to­do su po­der y as­tu­cia pa­ra tor­cer las ideas a su an­to­jo, me­dian­te ma­ne­jos y ne­go­cios os­cu­ros. Cal­kén ha­bía lle­ga­do a ser ca­ci­que ma­yor por he­ren­cia de li­na­jes, ya que sus te­rri­to­rios siem­pre fue­ron los más ex­ten­sos, con el ejér­ci­to más po­de­ro­so. Pe­ro es­te ca­ci­que te­nía en men­te que­dar­se con las tie­rras de Amuk, que era uno de los ca­ci­ques de se­gun­do ran­go, por con­si­guien­te de me­nor va­lía a la ho­ra de vo­tar.
Amuk era un hom­bre fuer­te, muy in­te­li­gen­te, con voz sua­ve y agra­da­ble, de un ca­rác­ter ama­ble pe­ro muy fir­me en sus de­ci­sio­nes y, por so­bre to­do, muy res­pe­tuo­so de las le­yes im­par­ti­das por el con­se­jo anual de ca­ci­ques. Es­to se con­tras­ta­ba con la fie­re­za que lo te­nía co­mo a uno de los me­jo­res gue­rre­ros de to­das las Tie­rras del Sur. Era muy fuer­te fí­si­ca­men­te, muy há­bil con cual­quier ti­po de ar­mas y un gran es­tra­te­ga a la ho­ra de re­sol­ver un con­flic­to bé­li­co. Es­ta­ba ca­sa­do con Chi­nak, hi­ja de otro ca­ci­que lla­ma­do Thok. Te­nía tres her­ma­nos, uno de ellos se lla­ma­ba Ko­kesh­ke, y era un hom­bre al­to y mus­cu­lo­so, de po­cas pe­ro pre­ci­sas pa­la­bras, con­ta­ba con un ca­rác­ter frío y cal­cu­la­dor. Muy res­pe­ta­do por to­dos, era muy te­mi­do por sus arran­ques de mal hu­mor, pe­ro a la vez muy ad­mi­ra­do por su des­tre­za y va­len­tía en com­ba­te.
Amuk tam­bién te­nía una her­ma­na, que era ge­me­la de Ko­kesh­ke, se lla­ma­ba Shía, una her­mo­sa mu­jer de piel bron­cea­da, al­ta co­mo su her­ma­no, de fi­gu­ra sen­sual y mo­vi­mien­tos fe­li­nos. Se di­fe­ren­cia­ba de los de­más por su lar­ga y blan­ca ca­be­lle­ra, que le lle­ga­ba has­ta los hom­bros. La de­li­ca­de­za y sen­sua­li­dad en su com­por­ta­mien­to ha­bi­tual, con­tras­ta­ba drás­ti­ca­men­te con su agre­si­vi­dad en ba­ta­lla, ya que era la úni­ca gue­rre­ra de to­da la re­gión. Ver­la lu­char cau­sa­ba pla­cer, ya que su agre­si­vi­dad com­bi­na­da con su be­lle­za la ha­cían un ri­val ca­si im­ba­ti­ble. Tam­bién era muy ad­mi­ra­da por los hom­bres y por las de­más mu­je­res de la re­gión, ya que to­das ellas se de­di­ca­ban ex­clu­si­va­men­te a los que­ha­ce­res del ho­gar. Shía era res­pe­ta­da y ad­mi­ra­da por su ca­rác­ter iró­ni­co y apa­ci­ble en la vi­da co­ti­dia­na.
El ter­ce­ro de los her­ma­nos de Amuk se lla­ma­ba Maíp. Por ser el me­nor de los cua­tro, era el más con­sen­ti­do, por lo que se ha­bía trans­for­ma­do en un jo­ven sal­va­je e in­do­ma­ble. Su con­tex­tu­ra fí­si­ca era del­ga­da y de es­ta­tu­ra me­dia. Era muy que­ri­do por la gen­te del clan de Amuk, ya que te­nía bue­nos sen­ti­mien­tos ha­cia los de­más. Pe­ro era la ove­ja ne­gra de la fa­mi­lia. Co­mo el res­to de sus her­ma­nos, era muy dies­tro en ba­ta­lla; su pun­to dé­bil era no obe­de­cer a sus her­ma­nos ma­yo­res, ya que siem­pre to­ma­ba ries­gos in­ne­ce­sa­rios en com­ba­te.
El te­rri­to­rio de Amuk era uno de los más ri­cos, jun­to con el de Cal­kén. Te­nía va­rias co­sas a fa­vor. Una de ellas era que es­ta­ba ba­ña­do por dos gran­des ríos que se unían en un in­men­so la­go cen­tral. Es­tos ríos es­ta­ban bor­dea­dos por añe­jos y enor­mes sau­ces llo­ro­nes; sus am­plias lla­nu­ras es­ta­ban cu­bier­tas por es­pe­sas y ver­des pas­tu­ras. Los ani­ma­les que se ali­men­ta­ban de ellas eran de me­jor ca­li­dad que los de­más, por lo que era una zo­na ex­ce­len­te pa­ra la ca­za. La ex­ten­sión de es­te te­rri­to­rio iba des­de la cor­di­lle­ra has­ta el Mar del Es­te. Al nor­te li­mi­ta­ba con el te­rri­to­rio de Cal­kén, y par­te del te­rri­to­rio de Thok. Es­te lí­mi­te lo de­mar­ca­ba un enor­me río que, con su ser­pen­tean­te re­co­rri­do, iba de oes­te a es­te y de­sem­bo­ca­ba en el in­men­so Mar del Es­te. Al sur li­mi­ta­ba con otro río que te­nía el mis­mo re­co­rri­do que los de­más. Es­te lí­mi­te na­tu­ral se­pa­ra­ba al te­rri­to­rio de Amuk con el de otro ca­ci­que lla­ma­do Kash­ka. A to­do es­te pai­sa­je de abun­dan­cia ha­bía que su­mar­le que el te­rri­to­rio de Amuk con­ta­ba con el em­pla­za­mien­to del fa­mo­so Va­lle de la Lu­na, siem­pre co­di­cia­do por Cal­kén, quien por ese mo­ti­vo tra­tó de ur­dir al­gún plan pa­ra apo­de­rar­se de ese te­rri­to­rio.
El día se es­ta­ba yen­do, se co­men­za­ban a ver las pri­me­ras es­tre­llas en el diá­fa­no fir­ma­men­to. La jor­na­da ha­bía si­do muy in­ten­sa, más pa­ra Cal­kén, que ha­bía te­ni­do va­rias reu­nio­nes se­cre­tas; la más lar­ga fue con su her­ma­no me­nor Thok, pa­dre de Chi­nak.
Lue­go de los sa­lu­dos de ri­gor die­ron co­mien­zo a la reu­nión anual. Los te­mas se iban to­can­do se­gún el cro­no­gra­ma ha­bi­tual, que se ha­bía im­pues­to con el pa­so de los años. To­dos los te­mas y con­flic­tos se ha­bían re­vi­sa­dos y vo­ta­dos por una una­ni­mi­dad. Pe­ro lle­ga­ría el que na­die, sal­vo Cal­kén, que­ría to­car: sa­ber cuál se­ría el clan que ofre­ce­ría el sa­cri­fi­cio ma­yor y, por so­bre to­do, sa­ber quién se­ría la sa­cri­fi­ca­da. To­dos los cla­nes ha­bían da­do la pe­no­sa ofren­da, só­lo res­ta­ban el clan de Thok y el de Amuk.
En el mo­men­to de la vo­ta­ción, a Cal­kén se lo veía tran­qui­lo, pe­ro a Thok se lo no­ta­ba tris­te y ofus­ca­do.
Co­mo la vo­ta­ción fue pa­re­ja y no hu­bo una ma­yo­ría to­tal, ni por uno ni por otro, Cal­kén se­ría quien ten­dría la obli­ga­ción de de­ci­dir el re­sul­ta­do. En­ton­ces se pa­ra al cen­tro de los ahí reu­ni­dos y di­ce:
—Co­mo ca­ci­que ma­yor de­ci­do que el clan que efec­tua­rá el sa­cri­fi­cio es­te año se­rá el clan de Amuk, y la ele­gi­da pa­ra di­cho sa­cri­fi­cio se­rá Chi­nak, la es­po­sa de Amuk.
Al es­cu­char la de­ci­sión de Cal­kén, Amuk se po­ne de pie y pro­po­ne una nue­va vo­ta­ción. Pe­ro co­mo era de pen­sar, Cal­kén se nie­ga, les ha­bla a sus pa­res, y co­mo si to­do ya es­tu­vie­ra pac­ta­do, se nie­gan, adu­cien­do que la re­so­lu­ción ya ha­bía si­do to­ma­da.
Amuk gi­ra y mi­ra fi­ja­men­te a Thok, co­mo pi­dién­do­le ayu­da; es­qui­ván­do­le la mi­ra­da, Thok só­lo ati­na a que­dar­se ca­lla­do.
El ama­ne­cer se ha­bía he­cho pre­sen­te con sus pri­me­ros fríos. Ya en su te­rri­to­rio, Amuk en­tra a su cho­za y man­da lla­mar a sus her­ma­nos. Una vez los cua­tro reu­ni­dos les co­mu­ni­ca la de­ci­sión del con­se­jo. Al es­cu­char la no­ti­cia, és­tos in­me­dia­ta­men­te se re­hú­san a aca­tar la or­den.
Pe­ro co­mo Amuk era un hom­bre de ho­nor y su­ma­men­te res­pe­tuo­so de las le­yes de su pue­blo, aun­que es­tu­vie­ran en su con­tra, le di­ce:
—La vo­ta­ción fue pa­re­ja y la de­ci­sión fi­nal fue és­ta, y por más que nos pe­se ha­brá que cum­plir­la.
Por la no­che, ya en la in­ti­mi­dad de su dor­mi­to­rio, Chi­nak le pre­gun­ta a su es­po­so cuál era el mo­ti­vo por el que es­ta­ba tan preo­cu­pa­do. És­te le da un fuer­te be­so y le di­ce:
—Acom­pá­ña­me, de­bo reu­nir a to­do el pue­blo.
Am­bos sa­len. Al ca­bo de unos mi­nu­tos, el pue­blo se em­pe­za­ba a con­gre­gar al fren­te de su cho­za. Una vez reu­ni­dos, su ca­ci­que les co­mu­ni­ca la de­ci­sión del con­se­jo.
Chi­nak, al es­cu­char la no­ti­cia, se afe­rra fuer­te­men­te a su hi­jo, y sin de­mos­trar nin­gún ti­po de asom­bro, da un pa­so al fren­te y les di­ce:
—Si fui yo la ele­gi­da, se­rá un ho­nor pa­ra mí sa­cri­fi­car­me por mi pue­blo.
La no­che trans­cu­rría con mu­cha tran­qui­li­dad, só­lo se oía el ulu­lar de los zo­rros, una que otra le­chu­za y, co­mo to­das las no­ches, un ver­da­de­ro con­cier­to de gri­llos.
Shía sa­le de su cho­za, no po­día dor­mir por­que to­da­vía le da­ba vuel­tas en la ca­be­za la ho­rri­ble idea del sa­cri­fi­cio de su cu­ña­da. Al sa­lir de la cho­za, es­cu­cha un sor­do ge­mi­do. Agu­di­za el oí­do y la vis­ta y des­cu­bre que era Chi­nak quien so­llo­za­ba en so­le­dad, sen­ta­da en la enor­me raíz del gran om­bú, que res­guar­da­ba a las cho­zas del pue­blo.
Al ver­la, Shía se le acer­ca y abra­zán­do­la le di­ce:
—Es­to ha si­do idea de tu tío Cal­kén. Tú sa­bes que siem­pre qui­so to­mar nues­tras tie­rras, pe­ro co­mo nun­ca se ani­mó a un con­flic­to, pac­tó con los de­más ca­ci­ques y arre­gló la vo­ta­ción.
—Ya lo sé —res­pon­de Chi­nak, y agre­ga—: tú sa­bes que sin mi pre­sen­cia tu her­ma­no no ten­drá el apo­yo de mi pa­dre. Pe­ro apar­te de eso, lo que más me afli­ge en es­te mo­men­to es sa­ber que no po­dré ver cre­cer a mi hi­jo co­mo lo so­ña­mos con Amuk.
Al tér­mi­no de esos di­chos, Chi­nak le ha­ce ju­rar a Shía que ve­la­rá por su hi­jo des­de aho­ra en ade­lan­te. Shía ju­ra con lá­gri­mas en los ojos, y se fun­den en un fuer­te e in­ter­mi­na­ble abra­zo.
El ama­ne­cer en­con­tró a Chi­nak dur­mien­do en el re­ga­zo de Shía, y a és­ta con los ojos ne­gros cla­va­dos en la cor­di­lle­ra que li­mi­ta al oes­te con su tie­rra.
La ima­gen de cla­ri­dad que da­ba el cie­lo com­ple­ta­men­te cu­bier­to con­tras­ta­ba her­mo­sa­men­te con la sua­ve bru­ma que se ele­va­ba le­ve­men­te so­bre la ver­de pas­tu­ra.
Al ver que los hom­bres ve­nían de rea­li­zar las pes­cas ma­ti­na­les, Shía pi­de y exi­ge reu­nir­se con sus her­ma­nos. Una vez los cua­tro reu­ni­dos les pro­po­ne, sin nin­gún ti­po de ro­deos, ser ella la sa­cri­fi­ca­da, a lo que Amuk se nie­ga, ex­pli­can­do:
—Cal­kén ya par­tió ha­cia el Ca­lle­jón de los Sa­cri­fi­cios pa­ra dar par­te de có­mo y quién se­rá la ofren­da­da. Y to­dos sa­be­mos qué po­dría su­ce­der si Elem no re­ci­be la do­te pac­ta­da.
—En­ton­ces ha­brá que pre­pa­rar­se pa­ra la gue­rra, por­que to­dos sa­be­mos que cuan­do tu es­po­sa ya no es­té, Cal­kén que­rrá ata­car y to­mar nues­tro te­rri­to­rio —di­ce Ko­kesh­ke.
Amuk, acon­go­ja­do por to­do lo que has­ta ese mo­men­to ha­bía es­ta­do ocu­rrien­do, le con­tes­ta:
—Si así de­be ser, así se­rá.
A to­do es­to, Maíp no ha­bía pro­nun­cia­do pa­la­bra al­gu­na, to­dos lo veían muy tris­te ya que Chi­nak ha­bía si­do co­mo una ma­dre pa­ra él. En ese mo­men­to Shía le pi­de una opi­nión y Maíp, to­tal­men­te de­sen­ca­ja­do, se le­van­ta y sa­le co­rrien­do de la cho­za.
El atar­de­cer pa­re­cía ha­ber en­ten­di­do los áni­mos en el pue­blo de Amuk. Sus ha­bi­tua­les con­cier­tos de can­to ese día ha­bían he­cho un si­len­cio ca­si cóm­pli­ce.
Amuk ayu­da­ba a su es­po­sa y se pre­pa­ra­ban pa­ra el via­je que los lle­va­ría ha­cia el Ca­lle­jón de los Sa­cri­fi­cios.
En ese mo­men­to, y sin que su her­ma­no ma­yor se en­te­re, Maíp en­tra a la cho­za de Ko­kesh­ke. Du­ran­te una ho­ra só­lo se oye un le­ve mur­mu­llo en su in­te­rior; lue­go de ese tiem­po sa­len Maíp se­gui­do por Shía, por de­trás de ellos es­cu­chan a Ko­kesh­ke, que di­ce:
—Que nues­tro pue­blo nos per­do­ne.
Al día si­guien­te to­do el clan se reú­ne de­ba­jo del gran om­bú pa­ra des­pe­dir a Chi­nak, que jun­to a su es­po­so rea­li­za­rá el via­je de ida só­lo pa­ra ella.
Chi­nak se de­tie­ne por un ins­tan­te, mi­ra su te­rri­to­rio por úl­ti­ma vez y, jun­to con su ma­ri­do, par­te ha­cia el Ca­lle­jón de los Sa­cri­fi­cios.
Lue­go de un ex­te­nuan­te y tris­te via­je, lle­gan al Ca­lle­jón de los Sa­cri­fi­cios, jus­to al fren­te de una de las la­de­ras del vol­cán Omín. Amuk co­lo­ca a su es­po­sa so­bre el al­tar de sa­cri­fi­cios. En­cien­de una ho­gue­ra y co­lo­ca las de­más ofren­das, que fue­ron do­na­das por el res­to de los cla­nes. Chi­nak mi­ra a su es­po­so y le di­ce que pue­de re­ti­rar­se. Pe­ro és­te le con­tes­ta que se que­da­rá con ella has­ta el úl­ti­mo ins­tan­te.
La no­che se ha­bía he­cho pre­sen­te. De pron­to, cuan­do só­lo se es­cu­cha­ba el so­ni­do de los ani­ma­les noc­tur­nos, se hi­zo un si­len­cio se­pul­cral. Las nu­bes, co­mo si fue­ran cóm­pli­ces del es­pec­tá­cu­lo, cu­bren to­tal­men­te a la lu­na, de­ján­do­los alum­bra­dos so­la­men­te por la luz de la ho­gue­ra. De­trás de una de las la­de­ras se oyen unos so­ni­dos ex­tra­ños, no hu­ma­nos ni na­tu­ra­les. En­ton­ces Chi­nak se des­pi­de de Amuk, que se re­ti­ra sin que­rer mi­rar ha­cia atrás. Chi­nak se re­cues­ta en el al­tar, se aco­mo­da y cie­rra los ojos.
Los so­ni­dos es­pec­tra­les se ha­cían ca­da vez más fuer­tes y se es­cu­cha­ban ca­da vez más cer­ca. En ese mo­men­to se oyen los so­ni­dos de unos tam­bo­res, que ha­cían re­tum­bar la tie­rra. Jus­to en el mo­men­to en que Amuk sa­le del ca­lle­jón, al otro la­do se ve aso­mar la si­lue­ta de un quil­co, y de­trás otros seis más y más atrás un enor­me pil­che.
Mien­tras Chi­nak re­za­ba en si­len­cio una ple­ga­ria, por de­trás del al­tar y apro­ve­chan­do la os­cu­ri­dad co­mo alia­da, tres som­bras se es­cu­rren fur­ti­va­men­te ha­cia ella. Eran Ko­kesh­ke, Shía y Maíp, que arras­trán­do­se lo­gran lle­gar has­ta don­de es­ta­ba Chi­nak, sin que los quil­cos se die­ran cuen­ta de es­ta ma­nio­bra. Shía ta­pa la bo­ca a Chi­nak, y con es­fuer­zo tra­ta de con­ven­cer­la, ya que és­ta se re­hu­sa­ba a ser res­ca­ta­da. Mien­tras los de­más her­ma­nos mon­tan guar­dia, Shía le di­ce con voz fir­me:
—Haz­lo por tu hi­jo, que te ex­tra­ña y que to­da­vía se en­cuen­tra sen­ta­do so­bre la raíz del om­bú, des­de el mo­men­to que te fuis­te.
Chi­nak re­fle­xio­na y ac­ce­de, y jun­to con los tres her­ma­nos se es­ca­bu­llen en­tre las som­bras.
Al lle­gar al al­tar, los quil­cos no en­cuen­tran la ofren­da que ve­nían a bus­car, eso les cau­sa una tre­men­da sor­pre­sa y uno de ellos emi­te con fuer­za un chi­lli­do des­ga­rra­dor, que jun­to con los de­más y se­gui­do por el pil­che ha­ce es­tre­me­cer la tie­rra. En ese mo­men­to, el pil­che or­de­na a sus quil­cos que sal­gan a bus­car por los al­re­de­do­res. Mien­tras, pró­fu­gos es­ta­ban sa­lien­do del ca­lle­jón, de­ja­ban atrás a esos se­res de­mo­nía­cos, que se de­ses­pe­ra­ban en una bús­que­da fre­né­ti­ca chi­llan­do con fu­ria.
Al lle­gar al pue­blo, Amuk en­cuen­tra a su hi­jo dor­mi­do so­bre una de las raí­ces del enor­me om­bú, lo aca­ri­cia y, co­mo sos­pe­chan­do al­go, en­tra en las cho­zas de sus her­ma­nos y no los en­cuen­tra. En ese mis­mo ins­tan­te, los pró­fu­gos ya es­ta­ban en ple­na fu­ga. Cuan­do de re­pen­te, y por de­trás de una ro­ca, un quil­co les sa­le al cru­ce. Al ver­se aco­rra­la­dos, los tres her­ma­nos de­sen­vai­nan sus ar­mas y cu­bren con sus cuer­pos a Chi­nak. El quil­co se pa­ra y emi­te un so­ni­do muy pa­re­ci­do al que ha­cen los pá­ja­ros car­pin­te­ros cuan­do bus­can co­mi­da. En­ton­ces Maíp les di­ce, gri­tan­do:
—¡Es­tá pi­dien­do ayu­da!
Sin pen­sar en las con­se­cuen­cias, Ko­kesh­ke se aba­lan­za so­bre el quil­co se­gui­do por Shía. El quil­co se de­fien­de dan­do gol­pes con sus fi­lo­sas ga­rras. Los tres se de­ba­tían en una lu­cha des­co­mu­nal. De pron­to, y en un des­cui­do del quil­co, Maíp, con un cer­te­ro dis­pa­ro de su ar­co, le ati­na jus­to en­tre sus ojos. El quil­co da un pa­so ha­cia atrás emi­tien­do un so­ni­do sor­do y cae muer­to al pi­so. Sin per­der tiem­po, Shía to­ma del bra­zo a Chi­nak y jun­to con sus her­ma­nos se dan a la fu­ga.
Mien­tras tan­to en el pue­blo, Amuk, al no en­con­trar a sus her­ma­nos vuel­ve al om­bú, to­ma a su hi­jo en bra­zos y se que­da vien­do fi­ja­men­te ha­cia la cor­di­lle­ra. Con las pri­me­ras lu­ces del día y la pe­sa­da bru­ma de la ma­ña­na, lo­gra di­vi­sar, en di­rec­ción del ca­lle­jón, cua­tro si­lue­tas que, cuan­do se acer­can, re­co­no­ce que son sus her­ma­nos, y por de­trás de ellos apa­re­ce Chi­nak. Al ver­la, sin pen­sar sa­le co­rrien­do y se fun­de en un apa­sio­na­do abra­zo. Los tres her­ma­nos, real­men­te ago­ta­dos, ob­ser­van la es­ce­na con el or­gu­llo de creer ha­ber he­cho lo co­rrec­to. En­ton­ces Amuk vuel­ve a la rea­li­dad y les pre­gun­ta con se­ve­ri­dad y voz fir­me:
—¿Qué han he­cho?
Ko­kesh­ke, con su ha­bi­tual frial­dad, le res­pon­de:
—Res­ca­tar a tu es­po­sa y evi­tar una gue­rra con Cal­kén.
Amuk, vi­si­ble­men­te ofus­ca­do, les di­ce.
—Elem aho­ra que­rrá to­mar re­pre­sa­lias con­tra Cal­kén, que se­gu­ro las to­ma­rá con­tra no­so­tros, y és­to no se­ría na­da si es que Elem no de­ci­de ha­cer al­go más te­rri­ble, ya que es la pri­me­ra vez en dé­ca­das que él no re­ci­be su do­te anual.
Shía les di­ce que Cal­kén se arre­gle, ya que to­do es­to ha si­do tra­ma­do por él.
Amuk, eno­ja­do, les re­pi­te:
—Lo que ha su­ce­di­do hoy es muy gra­ve y se­gu­ro ha­brá tre­men­das con­se­cuen­cias.
Maíp, que has­ta ese mo­men­to no ha­bía pro­nun­cia­do pa­la­bra al­gu­na, de­sen­vai­nan­do sus ar­mas, les di­ce:
—Si hay con­se­cuen­cias que las ha­ya, nues­tro pue­blo los es­ta­rá es­pe­ran­do.
La no­che em­pe­za­ba a ser ga­la de las pri­me­ras som­bras. En el te­rri­to­rio de Cal­kén, las pa­tru­llas de vi­gi­lan­cia ha­cían sus pri­me­ras ron­das ha­bi­tua­les.
Es­tas pa­tru­llas re­co­rrían to­dos los lí­mi­tes del te­rri­to­rio, bus­can­do al­gún ti­po de in­fil­tra­do.
Una de las pa­tru­llas que se en­con­tra­ba en el lí­mi­te oes­te, se dis­po­nía a pa­sar la no­che en un pe­que­ño cla­ro que le ofre­cía un tu­pi­do bos­que de aca­cias, que es­ta­ba en cer­ca­nías del vol­cán Omín. El só­lo sa­ber dón­de es­ta­ban les pro­vo­ca­ba un frío in­ten­so a los sol­da­dos de la pa­tru­lla.
Es­tas pa­tru­llas es­ta­ban com­pues­tas por gue­rre­ros de Eli­te, la can­ti­dad de sol­da­dos la da­ba la ex­ten­sión del te­rri­to­rio a cus­to­diar. En el bos­que de aca­cias ya ha­bían pa­sa­do las pri­me­ras cua­tro ho­ras de guar­dia. Los sol­da­dos se en­con­tra­ban sen­ta­dos al­re­de­dor de la ho­gue­ra. Cuan­do de pron­to, por de­trás de unos ma­to­rra­les que ador­na­ban al bos­que, uno de los guar­dias al­can­za a di­vi­sar en la pe­num­bra una si­lue­ta de ca­rac­te­rís­ti­cas hu­ma­nas. És­te, sin per­der tiem­po, les avi­sa a sus com­pa­ñe­ros. To­man­do sus ar­mas, los res­tan­tes guar­dias gi­ran sus mi­ra­das ha­cia el lu­gar que les ha­bía se­ña­la­do su com­pa­ñe­ro. Mien­tras la som­bra per­ma­ne­cía in­mó­vil, el sol­da­do que la ha­bía avis­ta­do le pi­de, con un gri­to, que se acer­que y que se de a co­no­cer. En ese mo­men­to, los de­más guar­dias se abren en aba­ni­co, tra­tan­do de cer­car a la si­nies­tra som­bra. Mien­tras és­tos des­ple­ga­ban su es­tra­te­gia, el je­fe de la pa­tru­lla se acer­ca a la mis­ma. En el mo­men­to en que el sol­da­do ha­bría es­ta­do a unos seis o sie­te me­tros de la si­lue­ta, del ex­tre­mo su­pe­rior de és­ta se en­cien­den dos pe­que­ñas lu­ces ro­jas co­mo el fue­go. Es­to im­pac­ta en el áni­mo de los sol­da­dos, que que­dan pa­ra­li­za­dos. Lue­go oyen un so­ni­do ex­tra­ño que ja­más sus oí­dos ha­bían es­cu­cha­do, no era hu­ma­no ni ani­mal. Só­lo que al es­cu­char­lo les es­tre­me­cía has­ta los hue­sos. El so­ni­do te­nía una si­mi­li­tud al chas­qui­do que emi­ten los mur­cié­la­gos. Era tal el mis­te­rio y el pa­vor que te­nían es­tos gue­rre­ros, que sin re­ci­bir or­den al­gu­na, to­dos al uní­so­no des­ple­ga­ron sus ar­mas. En ese mo­men­to, el ho­rren­do so­ni­do se de­tie­ne y jun­to con él to­dos los so­ni­dos del bos­que. En ese pre­ci­so ins­tan­te, el si­len­cio se hi­zo se­pul­cral. Los sol­da­dos ya se pres­ta­ban pa­ra ro­dear a la si­lue­ta. Ob­ser­van ató­ni­tos có­mo el ex­tra­ño da un tre­men­do sal­to y cae pa­ra­do so­bre una ra­ma de la aca­cia que es­ta­ba a su la­do. La sor­pre­sa fue enor­me al ver la al­tu­ra en que ha­bía sal­ta­do la si­lue­ta, ya que nin­gún hom­bre nor­mal la hu­bie­ra po­di­do al­can­zar. De pron­to el si­len­cio se rom­pió al es­cu­char el ate­rra­dor so­ni­do an­te­rior; lue­go de unos es­ca­sos se­gun­dos el chi­lli­do se hi­zo más in­ten­so, tan des­ga­rra­dor fue el so­ni­do que los sol­da­dos no pu­die­ron so­por­tar­lo y fue­ron obli­ga­dos a ta­par­se los oí­dos. En el mo­men­to en que el so­ni­do iba pro­gre­san­do, las lu­ces ro­jas au­men­ta­ron su in­ten­si­dad. Es­ta vi­sión pro­vo­có un tre­men­do te­rror a los sol­da­dos, que sin du­dar y ta­pán­do­se los oí­dos, se die­ron a la fu­ga. Al tra­tar de huir, los sol­da­dos se dan cuen­ta de que la si­lue­ta aho­ra se en­con­tra­ba nue­va­men­te al fren­te de ellos. No po­dían creer su ve­lo­ci­dad, pe­ro lue­go de unos se­gun­dos uno de los sol­da­dos se da cuen­ta y les di­ce a los de­más:
—No es la mis­ma, es otra.
Al gi­rar sus mi­ra­das, se dan cuen­ta de que ya no eran dos, si­no tres. De pronto, y por de­trás de ellos, apa­re­ce una cuar­ta som­bra que de es­ta for­ma cie­rra el cír­cu­lo al­re­de­dor de los sol­da­dos. Las som­bras co­mien­zan con sus ho­rro­ro­sos chi­lli­dos, los sol­da­dos ob­ser­van que las som­bras se aga­za­pan, ellos em­pu­ñan sus ar­mas y se mi­ran unos a los otros, lue­go de unos mi­nu­tos las som­bras dan un sal­to y caen so­bre los sol­da­dos.
Al ama­ne­cer, Cal­kén se dis­po­nía a pa­sar re­vis­ta a las pa­tru­llas que, de a una, iban lle­gan­do de las fron­te­ras. Pe­ro de las diez pa­tru­llas só­lo cin­co ha­bían vuel­to de allí. Cal­kén, asom­bra­do, reú­ne a las pa­tru­llas re­cién lle­ga­das y les pre­gun­ta si sa­bían al­go de las de­más; los je­fes le res­pon­den no sa­ber na­da de los otros gru­pos. Uno de ellos le re­cuer­da que ha­bía si­do una no­che atí­pi­ca, ya que de un mo­men­to a otro el si­len­cio los ha­bía en­vuel­to. Otro, co­men­tó que ha­bía es­cu­cha­do al­gu­nos so­ni­dos ra­ros en cer­ca­nías de la zo­na oes­te, pe­ro só­lo ha­bía si­do por unos po­cos mi­nu­tos.
Al es­cu­char es­tos re­la­tos, Cal­kén eli­ge a sus me­jo­res quin­ce sol­da­dos y les or­de­na que lo si­gan, y sin du­dar par­ten ha­cia la fron­te­ra oes­te, en bús­que­da de las pa­tru­llas ex­tra­via­das.
Al lle­gar allí, don­de ha­bi­tual­men­te acam­pa­ban y se ha­cía ba­se pa­ra la guar­dia noc­tur­na, que­dan he­la­dos y ate­rro­ri­za­dos al ver el es­ce­na­rio que te­nían an­te sus ojos.
La pri­me­ra pa­tru­lla es en­con­tra­da es­par­ci­da por to­do el pe­rí­me­tro. Los cuer­pos es­ta­ban irre­co­no­ci­bles, sal­vo por las te­las de las ves­ti­men­tas, que da­ban a co­no­cer las iden­ti­da­des de los sol­da­dos.
Col­ga­do de una ra­ma con los pies ha­cia arri­ba, es­ta­ba el úni­co cuer­po en­te­ro, só­lo que le fal­ta­ba la ca­be­za y en su es­pal­da te­nía es­cri­to, con al­go muy fi­lo­so, la pa­la­bra “Sa­cri­fi­cio”.
Cal­kén, blan­co por la im­pre­sión, or­de­na la re­co­lec­ción de los cuer­pos y con el res­to de los sol­da­dos par­ten en bús­que­da de las de­más pa­tru­llas. Al lle­gar al otro pun­to de vi­gi­lan­cia se en­cuen­tran con el mis­mo dan­tes­co es­pec­tá­cu­lo, pe­ro es­ta vez en el muer­to que col­ga­ba, sin ca­be­za, la le­yen­da de­cía: “Cal­kén”.
Así fue su­ce­dien­do el día, una tras otra fue­ron en­con­tra­das las pa­tru­llas, pe­ro en ca­da una de ellas el men­sa­je era dis­tin­to. Una de­cía: “Ven­gan­za”; la otra de­cía: “Muer­te”, y en la úl­ti­ma: “Es­cla­vi­tud”.
Sin du­das que és­te era un ho­rren­do y sá­di­co avi­so. Al in­ves­ti­gar en la zo­na, en­cuen­tran que to­do ha­bía su­ce­di­do muy rá­pi­da­men­te y ca­si sin nin­gún ti­po de re­sis­ten­cia de par­te de los fa­lle­ci­dos. Tam­bién en el lu­gar se en­con­tra­ron mu­chas hue­llas de quil­cos.
Cal­kén se da cuen­ta de que es­to ha su­ce­di­do por­que el sa­cri­fi­cio no se ha­bía rea­li­za­do, co­mo es­tu­vo pac­ta­do. En­ton­ces, sin du­dar­lo, to­ma a un re­du­ci­do gru­po de sol­da­dos y par­ten ha­cia los te­rri­to­rios de Amuk.
Pa­ra lle­gar a di­cho te­rri­to­rio, ha­bía que cos­tear la cor­di­lle­ra y se­guir co­rrien­te aba­jo al río que se di­ri­ge des­de el vol­cán Omín ha­cia el cen­tro del pue­blo de Amuk. Cal­kén y sus sol­da­dos iban fuer­te­men­te ar­ma­dos, pe­ro la ira de Cal­kén no le de­ja­ba ver el te­rror en los ros­tros de sus sol­da­dos. És­tos, de más de mil ba­ta­llas, pre­sen­tían que és­ta no se­ría una mi­sión más, y en sus ros­tros se po­día per­ci­bir el mie­do que los re­co­rría.
Al atar­de­cer, en un cla­ro, Cal­kén or­de­na de­te­ner la mar­cha y que se pre­pa­ren pa­ra acam­par. Ha­cen una ho­gue­ra y co­lo­can cen­ti­ne­las al­re­de­dor del pe­rí­me­tro. La no­che co­men­za­ba con su ha­bi­tual con­cier­to, que con­tras­ta­ba con el si­len­cio de los sol­da­dos. De pron­to, uno de los cen­ti­ne­las da un gri­to de te­rror y cae des­plo­ma­do con su es­tó­ma­go par­ti­do en dos, co­mo si lo hu­bie­sen cor­ta­do con mil na­va­jas. En ese ins­tan­te, otro sol­da­do da la voz de alar­ma y to­do el gru­po, in­clui­do Cal­kén, de­sen­vai­nan sus ar­mas. Los sol­da­dos for­man un cír­cu­lo hu­ma­no, y en su in­te­rior co­lo­can a Cal­kén, cuan­do de pron­to, por los re­fle­jos de la lu­na, ob­ser­van có­mo un gru­po de quil­cos co­mien­zan a re­tar­los, ha­cien­do el mis­mo so­ni­do que la no­che an­te­rior. Cal­kén, vi­si­ble­men­te ate­rra­do, or­de­na a sus sol­da­dos que ata­quen, pe­ro és­tos, por el pá­ni­co, du­dan un se­gun­do. Cal­kén re­pi­te la or­den y sus sol­da­dos, emi­tien­do su gri­to de gue­rra, sal­tan des­pe­di­dos con­tra los quil­cos. Con Cal­kén só­lo se que­da su lu­gar­te­nien­te co­mo cus­to­dia. Mien­tras los de­más gue­rre­ros co­rren ha­cia los quil­cos, és­te y su cus­to­dio sa­len co­rrien­do ha­cia el otro la­do. Mien­tras los gue­rre­ros co­rrían pa­ra en­fren­tar­se a los quil­cos, ob­ser­van que de­trás de ellos apa­re­ce la si­lue­ta de un pil­che, que les or­de­na ata­car a los sol­da­dos, y sin du­dar los quil­cos arre­me­ten y em­bis­ten a los gue­rre­ros. El cho­que fue rá­pi­do y ful­mi­nan­te. El gru­po de gue­rre­ros de la eli­te de Cal­kén, gri­ta­ba de te­rror mien­tras eran des­tro­za­dos por las ga­rras de los quil­cos.
Al ter­mi­nar el com­ba­te, el pil­che se de­tie­ne a ob­ser­var el dan­tes­co es­pec­tá­cu­lo y en ese mo­men­to se da cuen­ta de que ahí no se en­con­tra­ba el cuer­po de Cal­kén. En­ton­ces de in­me­dia­to les or­de­na a sus quil­cos que sal­gan a bus­car­lo. Al es­cu­char es­ta or­den cua­tro quil­cos sa­len des­pe­di­dos a to­da ve­lo­ci­dad en bús­que­da de Cal­kén. És­te y su cus­to­dio ha­bían hui­do por un sen­de­ro que cos­tea­ba el río que los lle­va­ría jus­to al cen­tro del pue­blo de Amuk.
Es­te sen­de­ro es­ta­ba a unos trein­ta me­tros de al­tu­ra, so­bre las már­ge­nes del río, que en ese sec­tor era muy cau­da­lo­so por la gran pen­dien­te y por las enor­mes ro­cas que ador­na­ban su cau­ce.
Los fu­gi­ti­vos ha­brían co­rri­do por más de una ho­ra, pe­ro los quil­cos ya le es­ta­ban dan­do al­can­ce. En ese mo­men­to el cus­to­dio lo to­ma del bra­zo a Cal­kén y lo em­pu­ja con­tra la pa­red de la mon­ta­ña. Lo cu­bre con su cuer­po y se co­lo­ca en po­si­ción de­fen­si­va. Los quil­cos se de­tie­nen a unos po­cos me­tros de ellos emi­tien­do el ho­rren­do so­ni­do, des­pués de ca­llar se le aba­lan­zan. El cus­to­dio se in­ter­po­ne en­tre el ata­que de los quil­cos y Cal­kén. És­te, ate­rro­ri­za­do, ob­ser­va có­mo des­tro­zan a su lu­gar­te­nien­te sin que pu­die­ra ha­ber da­do tan só­lo un gol­pe. En ese mo­men­to de con­fu­sión y fre­ne­sí ase­si­no de los quil­cos, Cal­kén no du­da y sal­ta ha­cia el río. Ya en el ai­re no­ta que al­go lo de­tie­ne y sien­te en la es­pal­da un do­lor te­rri­ble, co­mo si lo es­tu­vie­ran des­ga­rran­do en vi­da. Gi­ra la ca­be­za y ob­ser­va que un quil­co le ha­bía cla­va­do sus ga­rras en la es­pal­da y lo su­je­ta­ba con ellas. En ese mo­men­to, y con un mo­vi­mien­to de­ses­pe­ra­do, Cal­kén le da un gol­pe con su da­ga, cor­tán­do­le el bra­zo. El quil­co lo suel­ta y és­te cae ha­cia las os­cu­ras aguas del to­rren­to­so río.
La caí­da fue lar­ga y pa­re­cía in­ter­mi­na­ble. El gol­pe con­tra la su­per­fi­cie del río lo aton­ta y su cuer­po gra­ve­men­te he­ri­do se su­mer­ge, de­sa­pa­re­cien­do to­tal­men­te.
Los quil­cos en la ori­lla del acan­ti­la­do só­lo emi­tían le­ves so­ni­dos mien­tras mi­ra­ban ha­cia las pro­fun­di­da­des del río. Cuan­do por de­trás de ellos se es­cu­cha un fuer­te chi­lli­do muy agu­do que los ha­ce ca­llar y vol­ver rá­pi­da­men­te al lu­gar de don­de vi­nie­ron.
El ama­ne­cer se dis­po­nía a des­ple­gar to­da su be­lle­za so­bre el vas­to te­rri­to­rio de Amuk. És­te y sus her­ma­nos se pre­pa­ra­ban pa­ra ir de pes­ca, co­mo lo ha­cían to­das las ma­ña­nas.
Al lle­gar al lu­gar pre­fe­ri­do, Ko­kesh­ke, que se dis­po­nía a re­co­ger sus re­des, ob­ser­va en la ori­lla un cuer­po vi­si­ble­men­te he­ri­do y ba­ña­do en san­gre que se acer­ca y des­cu­bre que es Cal­kén, que con un su­su­rro le pre­gun­ta por Amuk. Ko­kesh­ke se po­ne de pie y de un gri­to lla­ma a su her­ma­no. És­te se acer­ca y con asom­bro ve a Cal­kén gra­ve­men­te he­ri­do. Amuk se arro­di­lla a su la­do y Cal­kén, ca­si sin voz, le cuen­ta lo su­ce­di­do. Le pi­de dis­cul­pas y le ha­ce ju­rar que tra­ta­rá de sal­var a la ma­yor can­ti­dad de per­so­nas po­si­bles y en es­pe­cial a su hi­ja Ma­ya, ya que Elem se dis­pon­drá a sa­cri­fi­car­la, lue­go de des­truir to­da al­dea y pue­blo en las Tie­rras del Sur. Amuk, to­mán­do­lo por la nu­ca, lo in­cor­po­ra le­ve­men­te al tiem­po que le ju­ra que tra­ta­rá de sal­var la ma­yor can­ti­dad de gen­te po­si­ble. En ese mo­men­to, Cal­kén lo in­te­rrum­pe di­cién­do­le que de­be es­tar pre­pa­ra­do por­que es­to es el co­mien­zo de una te­rri­ble e ine­vi­ta­ble gue­rra. Des­pués, se re­tuer­ce del do­lor y que­da con la mi­ra­da fi­ja y sin el bri­llo de la vi­da. Amuk se po­ne de pie y di­ce a sus her­ma­nos:
—Sien­to de­cir­les que lo que me es­pe­ra­ba des­pués de aque­lla no­che, ya ha da­do co­mien­zo.
Shía lo mi­ra a su her­ma­no ma­yor y le di­ce:
—Pre­fie­ro mo­rir en ba­ta­lla que ser una co­bar­de que ne­ce­si­ta de un sa­cri­fi­cio hu­ma­no pa­ra pre­ser­var la paz.
Amuk la mi­ra con res­pe­to, y en ese mo­men­to le or­de­na a ella y Ko­kesh­ke que va­yan de in­me­dia­to en ayu­da del pue­blo de Cal­kén, que se­gu­ra­men­te es­ta­rá aje­no a to­do lo su­ce­di­do. Él y Maíp vol­ve­rán al pue­blo a pre­pa­rar a sus gue­rre­ros pa­ra la ba­ta­lla.
Sin dis­cu­sión al­gu­na, Shía y su her­ma­no vuel­ven a sus cho­zas y to­man va­rias bol­sas de pun­tas de fle­chas y sin per­der tiem­po par­ten ha­cia el te­rri­to­rio de Cal­kén.
Mien­tras Amuk or­de­na a las mu­je­res, ni­ños y an­cia­nos, a re­ple­gar­se ha­cia las cue­vas que se en­con­tra­ban en el Va­lle de la Lu­na, tam­bién les or­de­na que una vez allí de­be­rán for­jar la ma­yor can­ti­dad de ar­mas que pue­dan y en el tiem­po más rá­pi­do po­si­ble. Mien­tras, Maíp se­lec­cio­na a los hom­bres más ap­tos pa­ra la ba­ta­lla, pa­ra que en­gro­sen las fi­las de su ya te­mi­ble ejér­ci­to.
Al es­cu­char es­to, Chi­nak de­ja a su hi­jo al cui­da­do de una ami­ga y sa­le rá­pi­da­men­te de su cho­za. Lle­ga adon­de es­ta­ba su ma­ri­do y le di­ce:
—Creo que es­te pro­ble­ma de­man­da­rá mu­chos hom­bres pa­ra so­lu­cio­nar­lo. Y con tu per­mi­so te pi­do que me de­jes ir a lo de Thok, pa­ra pe­dir­le que nos ayu­de con sus ejér­ci­tos.
Amuk se sen­tía or­gu­llo­so de su fa­mi­lia, en­ton­ces sin du­dar le res­pon­de que sí. Que va­ya y le pi­da ayu­da a su pa­dre.
En ese mo­men­to, Ko­kesh­ke y Shía en­tran al te­rri­to­rio de Cal­kén y son tes­ti­gos de la de­so­la­ción que es­ta­ban lle­van­do a ca­bo las hor­das de quil­cos. El ca­mi­no to­ma­do por los quil­cos era fá­cil de des­cu­brir, ya que tras los pa­sos de es­tos en­gen­dros, só­lo que­da­ba des­truc­ción y muer­te. La de­vas­ta­ción que es­tos ejér­ci­tos pro­pi­na­ban no ha­cía dis­tin­ción de ra­zas, ya que hom­bres y ani­ma­les eran ase­si­na­dos por igual. La ve­ge­ta­ción, que has­ta ayer era de un co­lor ver­de ja­de, hoy era un pá­ra­mo re­se­co y ama­ri­llen­to. Mi­ran­do el sue­lo, só­lo se po­día ver gran­des can­ti­da­des de hue­llas de quil­cos, to­das ellas ali­nea­das ha­cia el cen­tro del pue­blo de Cal­kén.
Al ver es­te pai­sa­je ate­rra­dor, Ko­kesh­ke di­ce a su her­ma­na que co­no­ce un ata­jo, y lue­go de co­men­tár­se­lo, am­bos ace­le­ran el pa­so. El ca­mi­no ele­gi­do por los her­ma­nos era más ele­va­do que el res­to de los de­más. Gra­cias a ello pue­den ob­ser­var la mag­ni­tud del con­flic­to que se ha­bía de­sa­ta­do. Re­cién allí to­man con­cien­cia del pro­ble­ma que te­nían que so­lu­cio­nar, ya que nun­ca ha­bían vis­to tan­ta can­ti­dad de quil­cos co­mo en ese mo­men­to. Shía, con su ha­bi­tual iro­nía, le di­ce:
—Bue­no, her­ma­ni­to, una mi­tad es pa­ra mí y la otra te la de­jo a vos.
Ko­kesh­ke la mi­ra de reo­jo y es­bo­za una le­ve son­ri­sa, to­da una car­ca­ja­da pa­ra su frío ca­rác­ter. El ca­mi­no que los con­du­cía ha­cia el pue­blo de Cal­kén se in­ter­na­ba en un pe­que­ño bos­que. Una vez den­tro, ace­le­ran el pa­so y lue­go de una me­dia ho­ra sa­len de allí y se en­cuen­tran an­te las puer­tas del pue­blo. La vi­da de sus ha­bi­tan­tes era de ab­so­lu­ta nor­ma­li­dad, to­tal­men­te aje­nos al pro­ble­ma que se acer­ca­ba. Al lle­gar al cen­tro, la gen­te del lu­gar los mi­ra­ba sin en­ten­der el mo­ti­vo de su pri­sa. En­ton­ces Ko­kesh­ke pi­de ha­blar con la per­so­na a car­go del pue­blo. De la cho­za cen­tral apa­re­ce un hom­bre­ci­to que, con ai­re al­ta­ne­ro, les di­ce con voz chi­llo­na e in­qui­si­do­ra:
—Soy Smo­ki y es­toy a car­go. ¿Qué ha­cen aquí?, ¿con qué au­to­ri­za­ción osan in­te­rrum­pir la paz del pue­blo?, ¿dón­de es­ta Cal­kén?
A to­das es­tas pre­gun­tas, Ko­kesh­ke las con­tes­ta con su ha­bi­tual frial­dad:
—Sal­ván­do­te la vi­da. ¡Qué te im­por­ta! Es­tá muer­to.
He­la­do y per­ple­jo por las res­pues­tas de Ko­kesh­ke, Smo­ki no su­po qué de­cir y un frío le co­rrió por la es­pal­da. Ya que sa­bía, por co­no­cer­lo, que el enor­me gue­rre­ro no era de an­dar con ro­deos in­ne­ce­sa­rios.
Shía, con una son­ri­sa cóm­pli­ce, al es­cu­char la for­ma de res­pon­der de su her­ma­no, le pre­gun­ta:
—¿Dón­de es­ta Ma­ya?
Smo­ki, to­da­vía per­ple­jo por lo su­ce­di­do, le­van­ta la ma­no de­re­cha y se­ña­la la cho­za prin­ci­pal. Sin du­dar un ins­tan­te, Shía en­tra en ella y a los po­cos mi­nu­tos sa­le de la cho­za con Ma­ya to­ma­da de un bra­zo. Ma­ya era una jo­ven­ci­ta de unos die­ci­nue­ve años, su piel mo­re­na y su cor­te de ros­tro, ha­cía que tu­vie­ra las ca­rac­te­rís­ti­cas fí­si­cas ha­bi­tua­les de la gen­te de esas tie­rras. Se la veía to­tal­men­te asus­ta­da y ner­vio­sa, ya que Shía le ha­bía con­ta­do lo su­ce­di­do has­ta ese mo­men­to. Mien­tras, Ko­kesh­ke le ha­bía or­de­na­do a Smo­ki que reu­nie­ra al pue­blo.
Una vez reu­ni­dos, los her­ma­nos cuen­tan lo que es­ta­ba ocu­rrien­do: la gen­te del lu­gar qui­so en­trar en pá­ni­co, pe­ro Shía los tran­qui­li­zo di­cien­do que pa­ra eso ellos ha­bían ve­ni­do. Lue­go de unos mi­nu­tos de de­li­be­ra­ción, Ko­kesh­ke le or­de­na a su her­ma­na que to­me a to­das las mu­je­res y ni­ños y jun­to con un gru­po de sol­da­dos par­ta con ur­gen­cia ha­cia las cue­vas del Va­lle de la Lu­na.
Mien­tras Shía par­tía ha­cia su des­ti­no, su her­ma­no, con el grue­so de los sol­da­dos de Cal­kén y un gru­po de hom­bres, con las con­di­cio­nes fí­si­cas pa­ra la pe­lea, en­sa­yan una suer­te de ma­nio­bras pa­ra per­mi­tir que su pue­blo ten­ga el tiem­po ne­ce­sa­rio pa­ra huir.
En el pre­ci­so mo­men­to que Shía y su gen­te par­ten, su her­ma­no em­pie­za a or­ga­ni­zar las de­fen­sas en con­jun­to con los ge­ne­ra­les del ejér­ci­to de Cal­kén. To­ma las bol­sas de pun­tas de fle­cha y les or­de­na que las cam­bien por és­tas a to­das sus fle­chas. Sin per­der tiem­po se abo­can a es­te tra­ba­jo, y una vez ter­mi­na­do el tra­ba­jo de cam­biar las fle­chas, por las traí­das del va­lle de la lu­na, Ko­kesh­ke, por me­dio de sus ge­ne­ra­les, los ubi­ca en las po­si­cio­nes prees­ta­ble­ci­das pa­ra es­pe­rar la lle­ga­da del ejér­ci­to ene­mi­go. La es­pe­ra no fue lar­ga, pe­ro les pa­re­ció una eter­ni­dad. Por el sen­de­ro oes­te, ya se es­cu­cha­ban las hor­das de quil­cos. És­tos, al sa­lir del sen­de­ro, no se die­ron cuen­ta o nun­ca se ima­gi­na­ron que los es­ta­rían es­pe­ran­do. Una vez que el ejér­ci­to de quil­cos es­tu­vo al des­cu­bier­to, Ko­kesh­ke no du­da y or­de­na de in­me­dia­to el ata­que. En se­gun­dos, una an­da­na­da de fle­chas sur­ca el cie­lo e im­pac­ta con­tra el ejér­ci­to y una gran can­ti­dad de quil­cos cae ful­mi­na­da.
El pilche que es­ta­ba de­trás de la pri­me­ra lí­nea de su ejér­ci­to se sor­pren­dió, y sin per­der tiem­po or­de­nó el con­tra­ta­que. La fu­ria de los quil­cos no se hi­zo es­pe­rar, és­tos con una ve­lo­ci­dad anor­mal se aba­lan­za­ron con­tra el pue­blo, pe­ro una se­gun­da an­da­na­da de fle­chas hi­zo es­tra­gos nue­va­men­te en sus fi­las. La ma­rea de quil­cos era de­ma­sia­do gran­de, en com­pa­ra­ción con la can­ti­dad de sol­da­dos que te­nía Ko­kesh­ke. Por ese mo­ti­vo, los quil­cos se­guían arre­me­tien­do.
Gra­cias a las fuer­zas que el gran gue­rre­ro del sur les da­ba a sus hom­bres, se man­tu­vo la dis­tan­cia has­ta que la úl­ti­ma an­da­na­da de fle­chas sur­có el cie­lo. En­ton­ces, sin du­dar, Ko­kesh­ke or­de­na la in­me­dia­ta re­ti­ra­da de su ejér­ci­to. Las hor­das de quil­cos los si­guen a to­da ve­lo­ci­dad, y en­se­gui­da les dan al­can­ce. Ko­kesh­ke, sin­tién­do­se pre­sa de una ca­ce­ría hu­ma­na, or­de­na un con­tra­ta­que de­ses­pe­ra­do y así es co­mo co­mien­za una ba­ta­lla de­si­gual. Los sol­da­dos de Ko­kesh­ke lu­cha­ban con va­lor, pe­ro eran ne­ta­men­te su­pe­ra­dos por el ene­mi­go. Ko­kesh­ke, sin pen­sar, lu­cha­ba de igual a igual con los quil­cos. Sus sol­da­dos, al ver­lo, no po­dían creer la fuer­za y la fu­ria que po­nía en ca­da gol­pe. Eso só­lo les da­ba un to­que de va­lor a sus di­ri­gi­dos que tra­ta­ban de imi­tar­lo. El gran gue­rre­ro del sur en ese mo­men­to es ata­ca­do por un quil­co, des­de atrás y dan­do un gi­ro de tres­cien­tos se­sen­ta gra­dos, le cla­va su da­ga en el cue­llo, hi­rién­do­lo mor­tal­men­te. De pron­to, y por de­trás del quil­co muer­to, apa­re­ce la enor­me fi­gu­ra del pil­che. Ko­kesh­ke en ese mo­men­to no tu­vo reac­ción, ya que la ve­lo­ci­dad del pil­che fue su­pe­rior. És­te só­lo ati­na a es­qui­var el pri­mer gol­pe. Pe­ro cuan­do el pil­che es­ta­ba por ases­tar­le el se­gun­do, por de­trás de Ko­kesh­ke apa­re­ció, co­mo un re­lám­pa­go, Shía, que con su da­ga des­vía el gol­pe. Al ver es­to, el pil­che por unos se­gun­dos que­da per­ple­jo, tiem­po que es apro­ve­cha­do por Shía, que se po­ne a la par de su her­ma­no. En ese ins­tan­te, és­te le pre­gun­ta:
—¿Qué es­tás ha­cien­do acá?
—Sal­ván­do­te el pe­lle­jo, her­ma­ni­to —con­tes­ta Shía, mi­rán­do­lo de reo­jo.
En ese mo­men­to el pil­che ata­ca a los her­ma­nos y és­tos se fun­den en un bru­tal com­ba­te.
El pil­che se sen­tía ava­sa­lla­do por el ata­que de los her­ma­nos, pe­ro igual­men­te su ins­tin­to le de­cía que de­bía se­guir pe­lean­do. De pron­to, y por so­bre una pe­que­ña lo­ma en las afue­ras del pue­blo, una nu­be de fle­chas os­cu­re­ce el cie­lo y caen so­bre los quil­cos, ma­tan­do a cien­tos de ellos. Al ver es­to, el pil­che de­tie­ne su ata­que por un se­gun­do y con asom­bro ob­ser­va que el ata­que ve­nía de par­te de un gran ejér­ci­to co­man­da­do por Amuk y Thok. Sin du­dar más rea­nu­da su pe­lea con los her­ma­nos. Es­ta dis­trac­ción es apro­ve­cha­da por Ko­kesh­ke, que ha­ce un sú­bi­to mo­vi­mien­to ha­cia la de­re­cha, mien­tras que su her­ma­na con un mo­vi­mien­to dig­no de un fe­li­no, sal­ta so­bre el pil­che y le cla­va la da­ga en el cos­ta­do de­re­cho de su cue­llo, al tiem­po que Ko­kesh­ke, in­cli­nán­do­se ha­cia aba­jo, le en­sar­ta su da­ga en la axi­la iz­quier­da. En ese mo­men­to, el pil­che emi­te un so­ni­do sor­do y en­vuel­to en san­gre cae muer­to al pi­so. Al ver a su ge­ne­ral muer­to se crea un am­bien­te de con­fu­sión en los quil­cos, que hu­yen del com­ba­te emi­tien­do sus ho­rren­dos chi­lli­dos.
La ma­tan­za fue tre­men­da, de los sol­da­dos que co­man­da­ba Ko­kesh­ke só­lo que­da­ban unos po­cos cien­tos. Al en­con­trar­se los her­ma­nos, Amuk los sa­lu­da y les di­ce:
—Es­to es só­lo el co­mien­zo, ha­brá que or­ga­ni­zar­se por­que se­gu­ro que nos es­pe­ra un ata­que más gran­de y fu­rio­so.
La cal­ma era apa­ren­te. Los hom­bres jun­ta­ban los cuer­pos mu­ti­la­dos mien­tras que los ge­ne­ra­les de los ejér­ci­tos, jun­to con Amuk y sue­gro, se dis­po­nían a te­ner una reu­nión.
La ho­gue­ra era el cen­tro de la reu­nión. De un la­do es­ta­ban los her­ma­nos Ko­kesh­ke, Shía y Maíp. Al fren­te de és­tos, Amuk y a su la­do, Thok, con su lu­gar­te­nien­te y hom­bre de ma­yor con­fian­za, Só­reck.
El chis­po­rro­tear de la le­ña con­tras­ta­ba con la os­cu­ra no­che que los cu­bría.
En esa reu­nión se dis­cu­tía cuál se­rían los pa­sos a se­guir y có­mo se­ría la for­ma más con­ve­nien­te de sa­lir de se­me­jan­te pro­ble­ma, ya que no só­lo se es­ta­ba po­nien­do en jue­go la vi­da de es­tos va­le­ro­sos pue­blos, si­no que, se­gu­ra­men­te, el con­flic­to se ex­pan­di­ría más allá de las fron­te­ras de las Tie­rras del Sur.
Por eso, lo pri­me­ro que ex­pre­só Amuk fue la ne­ce­si­dad de de­te­ner es­te con­flic­to lo an­tes po­si­ble.
En­ton­ces Thok le di­ce:
—¿Tú crees que nues­tros ejér­ci­tos es­tán ca­pa­ci­ta­dos pa­ra eso?
—No lo sé —con­tes­ta Amuk—. So­lo sé que de­be­mos de­te­ner a Elem y sus hor­das, por­que si­no es­to se­rá co­mo una en­fer­me­dad que sé ira ex­ten­dien­do y no ten­drá cu­ra.
Ko­kesh­ke pi­de la pa­la­bra, to­do el mun­do ha­ce si­len­cio, ya que él y Shía fue­ron los pri­me­ros hu­ma­nos que de­mos­tra­ron que los pil­ches no son in­des­truc­ti­bles co­mo se su­po­nía. En­ton­ces és­te di­ce:
—Yo creo que de­be­mos re­fu­giar­nos en las cue­vas del Va­lle de la Lu­na, ahí ten­dre­mos el su­fi­cien­te su­mi­nis­tro de ar­mas y po­dre­mos de­fen­der­nos me­jor de un ata­que fron­tal.
Maíp in­te­rrum­pe a su her­ma­no di­cien­do que él ya ha­bía de­ja­do pre­ci­sas ór­de­nes a su gen­te.
El Va­lle de la Lu­na es­ta­ba com­pues­to por un gru­po de pe­que­ños ce­rros que for­ma­ban un cír­cu­lo ca­si per­fec­to. Den­tro de es­te cír­cu­lo mon­ta­ño­so se ha­lla­ba el Va­lle de la Lu­na. Es­ta­ba ubi­ca­do en el ex­tre­mo sur del te­rri­to­rio de Amuk. Su úni­ca en­tra­da es­ta­ba for­ma­da por las la­de­ras de dos de sus ce­rros. Es­te pa­sa­je era de­ma­sia­do es­tre­cho pa­ra que pu­die­ra in­gre­sar un ejér­ci­to de gran­des mag­ni­tu­des. Por ese mo­ti­vo, el va­lle te­nía un va­lor es­tra­té­gi­co, ya que se po­dría de­fen­der con po­ca can­ti­dad de sol­da­dos. Den­tro, se en­con­tra­ban di­se­mi­na­dos por la lla­nu­ra, los res­tos de una gi­gan­tes­ca ro­ca que ha­cía mi­le­nios ha­bía caí­do del cie­lo. Por es­te mo­ti­vo los lu­ga­re­ños lo lla­ma­ban el Va­lle de la Lu­na, ya que se creía que era un pe­da­zo de lu­na que ha­bía caí­do en ese lu­gar. Den­tro de la lla­nu­ra del va­lle se en­con­tra­ban es­par­ci­dos los res­tos de esa pie­dra, su co­lor ro­ji­zo le da­ba al lu­gar un ha­lo de mis­te­rio, es­te ra­ro me­tal era uti­li­za­do por la gen­te de Amuk pa­ra cons­truir ele­men­tos de ca­za, pes­ca y to­do ti­po de ar­mas, ya que a és­tas les da­ba un po­der es­pe­cial, con ellas se po­día de­rro­tar tan­to a quil­cos co­mo a pil­ches muy fá­cil­men­te. Por és­te y otros mo­ti­vos el va­lle siem­pre fue muy co­di­cia­do por Cal­kén y por otro ca­ci­que de po­ca mon­ta lla­ma­do Kash­ka.
En el lu­gar opues­to al pa­sa­je de en­tra­da al va­lle se en­con­tra­ban las cue­vas y sus fa­mo­sos la­be­rin­tos. Es­tas cue­vas eran usa­das por el pue­blo de Amuk co­mo re­fu­gio al­ter­na­ti­vo pa­ra so­por­tar cual­quier ti­po de ata­que o ase­dio ex­ter­no. Den­tro de ellas ha­bía unas re­des de pa­sa­jes que for­ma­ban un enor­me e in­trin­ca­do la­be­rin­to, só­lo el ca­ci­que de es­tas tie­rras sa­bía cuál era la sa­li­da del mis­mo.
Amuk, al es­cu­char la de­ci­sión que ha­bía to­ma­do su her­ma­no Maíp, agre­ga que el va­lle se­ría un lu­gar es­pe­cial, pe­ro pe­li­gro­so, pa­ra una em­bos­ca­da. Ko­kesh­ke di­ce:
—Ha­brá que po­ner sec­to­res de de­fen­sa por so­bre la en­tra­da y al fren­te. Shía los in­te­rrum­pe di­cien­do:
—Us­te­des es­tán pla­nean­do to­do con cui­da­do, pe­ro me pa­re­ce que es muy arries­ga­do lle­var el com­ba­te tan cer­ca de nues­tra gen­te. Yo creo que de­be­ría­mos lle­var la lu­cha lo más le­jos po­si­ble de los nues­tros.
—Tie­nes ra­zón —con­tes­ta Amuk— pe­ro yo creo que en el va­lle se po­drá te­ner una opor­tu­ni­dad de ga­nar. Yo sé que el ries­go es gran­de, ¿pe­ro qué ven­ta­ja ten­dría­mos si per­de­mos es­ta gue­rra? Ya que to­dos sa­be­mos lo que su­ce­de­rá a par­tir de hoy. Creo que des­de hoy en ade­lan­te se mar­ca­rá la di­fe­ren­cia en­tre la paz, que no­so­tros que­re­mos, y la os­cu­ri­dad y el te­rror que Elem pre­ten­de sem­brar en el mun­do.
Thok es­cu­cha­ba el diá­lo­go sin pro­nun­ciar pa­la­bra al­gu­na, só­lo es­ta­ba aten­to, in­ter­pre­tan­do las in­quie­tu­des y opi­nio­nes de sus va­lien­tes ca­ma­ra­das. Pe­ro des­pués de un ra­to, cuan­do to­dos ha­bían ter­mi­na­do con sus opi­nio­nes, to­mó la pa­la­bra y les di­jo:
—To­dos sa­be­mos có­mo ma­tar a un quil­co o a un pil­che. Pe­ro se ol­vi­dan de lo más te­rri­ble, se ol­vi­dan de Elem y su hi­jo Mis­tra.
Los her­ma­nos ha­cen un si­len­cio pro­fun­do, ya que no sa­bían qué de­cir al res­pec­to. En­ton­ces Thok con voz fir­me les pre­gun­ta:
—¿Có­mo ma­tar lo que no mue­re? ¿Có­mo co­no­cer lo que no se co­no­ce?
Shía en­ton­ces le pre­gun­ta:
—¿Qué ha­ce­mos al res­pec­to?
En­ton­ces Thok, con su voz apa­ci­ble pe­ro rí­gi­da, le con­tes­ta y ex­pli­ca que en el te­rri­to­rio del sur, que era go­ber­na­do por Kash­ka, exis­tía un bos­que lla­ma­do Wo­kul, el más an­ti­guo de to­das las Tie­rras del Sur, ubi­ca­do al su­does­te del te­rri­to­rio de Kash­ka. En es­te an­ti­guo y mis­te­rio­so bos­que, que los lu­ga­re­ños con­si­de­ra­ban ta­bú, vi­ve un ser que to­do lo sa­be y to­do lo pue­de, y que se­gu­ro po­drá dar­nos una res­pues­ta a es­tos in­te­rro­gan­tes.
—¿Có­mo lle­ga­ría­mos al bos­que? —pre­gun­ta Maíp con su ha­bi­tual ím­pe­tu. Thok le res­pon­de:
—To­man­do el ca­mi­no que los lle­va ha­cia el río que di­vi­de sus fron­te­ras, lue­go cru­zar­lo y to­mar ha­cia el sur por el sen­de­ro que cos­tea la gran cor­di­lle­ra.
Co­no­cien­do las am­bi­cio­nes des­me­di­das de Kash­ka, Amuk co­men­ta:
—Creo que Kash­ka ya se de­be de ha­ber en­te­ra­do de lo su­ce­di­do y se­gu­ro que que­rrá sa­car sus ré­di­tos per­so­na­les.
—Se­gu­ro que se­rá así —co­men­ta Thok—. Pe­ro us­te­des no ten­drán con­tac­to al­gu­no con él o su gen­te, ya que el ca­mi­no que les di­go los lle­va­rá de­re­cho ha­cia el bos­que Wo­kul, y sa­bien­do de la su­pers­ti­ción de su pue­blo ha­cia ese bos­que, es­toy se­gu­ro que na­die se acer­ca­rá. Só­lo en el ca­so ex­tre­mo de que lo ne­ce­si­ten im­pe­rio­sa­men­te de­be­rán acer­car­se al pue­blo.
To­tal­men­te im­pa­cien­te, Maíp les di­ce:
—Bas­ta de char­la y só­lo dí­gan­me cuán­do par­ti­re­mos.
Thok lo mi­ra con mi­ra­da pa­ter­nal y le di­ce:
—Ten pa­cien­cia, to­dos sa­be­mos de tu an­sie­dad por las ba­ta­llas. Pe­ro an­tes de­ben sa­ber que el ca­mi­no que les ex­pli­qué los lle­va por los lí­mi­tes del rei­no de Mis­tra. Por esos pa­ra­jes de­be­rán ir con mu­cha cau­te­la, ya que Mis­tra, co­mo a Elem, no lo co­no­ce­mos fí­si­ca­men­te. Lo úni­co que sa­be­mos es que Mis­tra cuen­ta con mu­chas ar­ti­ma­ñas pa­ra lo­grar lo que de­sea. Una vez lle­ga­do al bos­que, se da­rán cuen­ta de que han lle­ga­do por­que sus ár­bo­les son los más al­tos y fron­do­sos de to­do el te­rri­to­rio, ya que, se­gún se di­ce, es­te bos­que fue lo pri­me­ro en ser crea­do so­bre la tie­rra. Una vez den­tro de él de­be­rán en­con­trar en el cen­tro al gran om­bú, que tie­ne la par­ti­cu­la­ri­dad de ser el pri­mer ár­bol que tu­vo. En su enor­me tron­co se ha­lla la gua­ri­da del Ga­ri­vao, amo y se­ñor de Wo­kul. Tam­bién se lo co­no­ce por te­ner la ha­bi­li­dad de co­mu­ni­car­se con los ani­ma­les. La le­yen­da cuen­ta que el Ga­ri­vao es el úni­co ser en es­te mu­do ca­paz de de­rro­tar tan­to a Elem co­mo a Mis­tra. Pe­ro es­te ser er­mi­ta­ño tie­ne muy mal hu­mor y se co­men­ta que no an­da so­lo, ya que cuen­ta con un guar­dián que lo pro­te­ge y lo acom­pa­ña. Su mal ca­rác­ter lo hi­zo re­cluir­se en Wo­kul, pe­ro creo que en es­te mo­men­to lo po­dre­mos te­ner co­mo alia­do, ya que él odia a to­do lo que ten­ga que ver con Elem, pues por su cul­pa ca­yó en des­gra­cia.
Shía en­ton­ces in­te­rrum­pe el re­la­to de Thok y le pre­gun­ta:
—¿Có­mo lo re­co­no­ce­re­mos?
—Una vez den­tro del bos­que se da­rán cuen­ta —res­pon­de Thok.
Des­pués de ha­ber es­cu­cha­do con aten­ción los co­men­ta­rios de Thok, Amuk les or­de­na a sus her­ma­nos que alis­ten a un gru­po de los me­jo­res gue­rre­ros y par­tan de in­me­dia­to en bús­que­da del Ga­ri­vao.
El pa­dre de Chi­nak, an­tes que sal­gan de la cho­za, les ofre­ce a vein­te de sus me­jo­res gue­rre­ros; es­tos sol­da­dos eran de su guar­dia per­so­nal, por con­si­guien­te eran los me­jo­res pre­pa­ra­dos pa­ra el com­ba­te. Amuk los acep­ta, dán­do­le las gra­cias y lue­go le di­ce a su her­ma­no Ko­kesh­ke que él se­rá el lí­der del co­man­do.
Una vez pre­pa­ra­dos, Ko­kesh­ke y sus her­ma­nos, jun­to con los vein­te sol­da­dos de Thok, par­ten en bús­que­da del Ga­ri­vao. Mien­tras, Amuk y su sue­gro par­ten ha­cia el Va­lle de la Lu­na, con sus ejér­ci­tos y el re­ma­nen­te que ha­bía que­da­do del ejér­ci­to de Cal­kén. Una vez allí, se abo­ca­rán a pre­pa­rar las de­fen­sas.
Esa no­che fue muy tran­qui­la con res­pec­to a las an­te­rio­res, los sol­da­dos pu­die­ron des­can­sar bien.
El ama­ne­cer los en­vol­vió con su bru­ma ma­tu­ti­na, el pai­sa­je era her­mo­so, los pá­ja­ros en­to­na­ban sus cán­ti­cos ma­ti­na­les. En ese mo­men­to los dos gru­pos de hom­bres se se­pa­ran y ca­da uno to­ma por el rum­bo ya es­ta­ble­ci­do. El gru­po de Ko­kesh­ke to­ma a pa­so ve­loz el sen­de­ro que los guia­rá ha­cia el bos­que de Wo­kul. El tro­te im­pues­to por Ko­kesh­ke era rá­pi­do pe­ro si­len­cio­so, de­be­rían lle­gar lo más rá­pi­do y fur­ti­vo po­si­ble al bos­que que ser­vía de mo­ra­da pa­ra el Ga­ri­vao.
Mien­tras, Amuk y Thok par­ten ha­cia el Va­lle de la Lu­na, don­de los es­pe­ra­ba Chi­nak que ha­bía que­da­do al man­do del gru­po de hom­bres y mu­je­res que de­no­da­da­men­te tra­ba­ja­ban, for­jan­do las ar­mas pa­ra la gran ba­ta­lla que se ave­ci­na­ba. En ese mo­men­to, des­de los con­fi­nes del rei­no de Elem, su gran ejér­ci­to se pre­pa­ra­ba pa­ra ir a la gue­rra.
Es­te gran ejér­ci­to es­ta­ba com­pues­to por mi­les de quil­cos y de­ce­nas de pil­ches, que los co­man­da­ban.
Una vez lle­ga­do al va­lle, Amuk no­ta con in­tri­ga que su sue­gro ha­bía es­ta­do muy ca­lla­do du­ran­te to­do el via­je. En­ton­ces le pre­gun­ta:
—¿Qué te su­ce­de?
Thok, sin res­pon­der a la pre­gun­ta, se acer­ca a su hi­ja Chi­nak y le da un fuer­te abra­zo, y con lá­gri­mas en los ojos le pi­de mil dis­cul­pas, di­cién­do­le que si él hu­bie­ra si­do más va­lien­te con­tra el po­der que ejer­cía Cal­kén y hu­bie­ra de­fen­di­do la pos­tu­ra de Amuk en el gran con­ce­jo, to­do es­to no ha­bría su­ce­di­do.
Chi­nak le aca­ri­cia la nu­ca, le da un tier­no be­so en la fren­te y acep­ta las dis­cul­pas, di­cien­do:
—Yo creo que es­to ya es­ta­ba es­cri­to, por al­go el des­ti­no qui­so que así fue­ra.
En to­do ese día se dis­pu­sie­ron las me­di­das de se­gu­ri­dad po­si­bles pa­ra de­fen­der­se del ata­que. Al caer la no­che se co­lo­can es­tra­té­gi­ca­men­te los sol­da­dos pa­ra mon­tar guar­dia. El res­to de la gen­te tra­ta de dor­mir, ya que esa po­dría ser la úl­ti­ma no­che con vi­da.
Mien­tras tan­to Ko­kesh­ke y sus sol­da­dos ya ha­bían cru­za­do el río y se di­ri­gían por el sen­de­ro que los lle­va­ría ha­cia el bos­que de Wo­kul. Lue­go de unos ki­ló­me­tros, Ko­kesh­ke or­de­na un al­to y les di­ce:
—To­ma­re­mos un des­can­so de un par de ho­ras.
Shía, sen­ta­da so­bre una pie­dra que es­ta­ba a la ori­lla de un fron­do­so ár­bol, ob­ser­va con ad­mi­ra­ción a los sol­da­dos que los acom­pa­ña­ban. Es­tos hom­bres de ros­tros adus­tos pa­re­cían no ha­ber sen­ti­do el ri­gor del via­je. En ese mo­men­to, su her­ma­no se le acer­ca y és­ta le co­men­ta:
—Creo que Thok ha ele­gi­do bien a nues­tros sol­da­dos.
—Así es —res­pon­de Ko­kesh­ke— son hom­bres va­lien­tes y de­ci­di­dos —. Di­cho es­to, y sin más char­la, da la or­den de con­ti­nuar la mar­cha.
In­gre­san­do en el te­rri­to­rio de Kash­ka, es­cu­chan con re­ce­lo un so­ni­do ya ha­bi­tual pa­ra sus oí­dos. Eran los so­ni­dos que emi­tían los quil­cos. A cau­sa de és­tos los her­ma­nos y sus sol­da­dos agu­di­zan al má­xi­mo los sen­ti­dos. De pron­to no­tan que es­tos so­ni­dos iban en au­men­to. En­ton­ces Ko­kesh­ke, sin du­dar un ins­tan­te, or­de­na a sus sol­da­dos que se es­con­dan, y co­mo mi­me­ti­za­dos por la os­cu­ri­dad del pai­sa­je, él y sus gue­rre­ros se es­ca­bu­llen en­tre los ár­bo­les y ro­cas del lu­gar.
El si­len­cio se po­día cor­tar con una na­va­ja, los ani­ma­les pa­re­cían ha­ber­se ido a ot­ro la­do, ya que en ese mo­men­to el con­cier­to del bos­que ha­bía que­da­do en to­tal si­len­cio. De pron­to, el se­pul­cral si­len­cio y la os­cu­ri­dad de la no­che fue ro­ta por un gru­po de quil­cos que per­se­guían sin pie­dad a un re­du­ci­do gru­po de hom­bres. En ese gru­po iba a la ca­be­za Kash­ka, que co­rría de­ses­pe­ra­da­men­te por sal­var su vi­da. El es­pec­tá­cu­lo era dan­tes­co, ya que ca­da sol­da­do que se re­za­ga­ba o tro­pe­za­ba los quil­cos no du­da­ban en des­tro­zar­lo.
En el mo­men­to en que Kash­ka iba a ser ata­ca­do, Ko­kesh­ke no du­da y or­de­na a sus sol­da­dos sa­lir en su ayu­da. Sin du­dar, y co­mo si fue­ran una ma­na­da de lo­bos, los tres her­ma­nos y sus gue­rre­ros sal­tan y se in­ter­po­nen en­tre los fu­gi­ti­vos y los quil­cos.
És­tos, asom­bra­dos, de­tie­nen por un ins­tan­te la ca­rre­ra y Ko­kesh­ke, sin dar­les tiem­po a reac­cio­nar, or­de­na un fe­roz ata­que.
Es­ta ba­ta­lla se de­sa­rro­lló con una cruel­dad sin igual, ya que los quil­cos ja­más pen­sa­ron que es­tos in­sig­ni­fi­can­tes hu­ma­nos, co­mo ellos los lla­ma­ban, pu­die­ran ser tan bra­vos y le­ta­les en com­ba­te. Una de la más des­ta­ca­da era Shía, ya que por su con­di­ción de mu­jer, pa­re­cía más vul­ne­ra­ble. Pe­ro su agre­si­vi­dad era igual o peor que la de sus her­ma­nos. Con sus mo­vi­mien­tos fe­li­nos, los quil­cos que la en­fren­ta­ban no te­nían nin­gún ti­po de opor­tu­ni­dad. La es­ca­ra­mu­za no per­mi­tía a nin­gún sol­da­do dar­se el lu­jo de so­se­gar su es­fuer­zo, ya que tan­to hom­bres co­mo quil­cos no se te­nían pie­dad en ca­da gol­pe que se da­ban. Los quil­cos, por pri­me­ra vez, des­cu­brie­ron que es­tos hom­bres eran ca­pa­ces de gran­des proe­zas en com­ba­te y que, si bien sus fuer­zas fí­si­cas no eran pa­re­ci­das, es­tos hom­bres con­ta­ban con una des­tre­za sin igual en la lu­cha cuer­po a cuer­po. Es­ta gran agi­li­dad en com­ba­te les per­mi­tía igua­lar la fuer­za de los quil­cos, que de­no­da­da­men­te y ca­da vez con más fu­ria tra­ta­ban de ani­qui­lar­los.
Mien­tras tan­to, al otro ex­tre­mo de la re­gión, en el Va­lle de la Lu­na, el sol co­men­za­ba a aso­mar sus pri­me­ros ra­yos. En el sec­tor sur se di­vi­sa­ban las pri­me­ras nu­bes, qua anun­cia­ban que la tem­po­ra­da fría se ave­ci­na­ba. En ese mo­men­to, Amuk rea­li­za una de sus tan­tas ron­das de re­co­no­ci­mien­to; re­vi­san­do cho­za por cho­za, tra­ta­ba de dar áni­mo a sus in­te­gran­tes. Lo que es­ta­ba por ve­nir era ex­tre­ma­da­men­te pe­li­gro­so y las po­si­bi­li­da­des de sa­lir con vi­da eran muy es­ca­sas, pe­ro así y to­do Amuk tra­ta­ba de le­van­tar los áni­mos de los hom­bres y mu­je­res a su car­go.
De pron­to lle­ga al fren­te de la cho­za de Thok y ob­ser­va a su es­po­sa sa­lien­do de ella con el ros­tro com­pun­gi­do y de­sen­ca­ja­do. Sor­pren­di­do, Amuk le pre­gun­ta qué es­tá su­ce­dien­do. En­ton­ces con lá­gri­mas en los ojos Chi­nak le res­pon­de:
—Mi pa­dre no es­tá.
Vi­si­ble­men­te preo­cu­pa­do, Amuk no emi­te nin­gún ti­po de opi­nión y or­de­na una in­me­dia­ta reu­nión de to­dos sus ge­ne­ra­les.
Al reu­nir­se és­tos, no­ta que Só­reck, el lu­gar­te­nien­te de Thok, tam­po­co es­ta­ba. Or­de­na un re­le­va­mien­to ur­gen­te de sus gue­rre­ros y no­ta que fal­ta­ban ca­si la mi­tad de los sol­da­dos de Thok. Amuk pien­sa que su sue­gro no es nin­gún co­bar­de. Es­te pen­sa­mien­to era to­tal­men­te dis­tin­to a los de sus ge­ne­ra­les, ya que to­dos pen­sa­ban que ha­bía hui­do.
En­ton­ces Amuk pi­de si­len­cio y con voz fir­me or­de­na que ca­da uno vuel­va a sus ta­reas ha­bi­tua­les, al tiem­po que se pre­gun­ta­ba: “¿Qué es­ta­rá tra­man­do es­te vie­jo?”
Mien­tras tan­to, en el te­rri­to­rio de Kash­ka, los tres her­ma­nos y sus sol­da­dos con­ti­nua­ban lu­chan­do con fie­re­za pa­ra sal­var la vi­da del ate­rro­ri­za­do Kahs­ka que, ti­ra­do en el sue­lo y sin alien­to, no lo­gra­ba re­po­ner­se de se­me­jan­te per­se­cu­ción.
El tiem­po pa­re­cía ha­ber­se de­te­ni­do, la ba­ta­lla no da­ba res­pi­ro ni a uno ni a otro ban­do.
Los quil­cos no po­dían ha­cer re­tro­ce­der a los gue­rre­ros de Ko­kesh­ke, ya que és­tos pe­lea­ban con una fu­ria no co­no­ci­da por ellos. De pron­to, uno de los quil­cos emi­te un sor­do so­ni­do y los po­cos quil­cos que que­da­ban con vi­da se dan a la fu­ga de in­me­dia­to.
En ese mo­men­to, Shía le or­de­na a Maíp que va­ya a ob­ser­var el es­ta­do en que se en­con­tra­ba Kash­ka. Aquél sin du­dar obe­de­ce, y al lle­gar ob­ser­va có­mo Kash­ka, ya re­pues­to, se po­ne de pie y les da las gra­cias por ha­ber­le sal­va­do la vi­da, y les ju­ra que co­la­bo­ra­rá con to­do lo que es­té a su al­can­ce.
Ko­kesh­ke, se­cán­do­se el su­dor de la fren­te, or­de­na a sus gue­rre­ros que se rea­gru­pen. En ese mo­men­to se da cuen­ta de que de los sol­da­dos que ve­nían con Kash­ka no que­da­ba nin­gu­no, y de sus gue­rre­ros só­lo diez ha­bían muer­to.
Shía, acer­cán­do­se, le co­men­ta:
—La sa­ca­mos de­ma­sia­do ba­ra­ta. Pe­ro si los se­gui­mos se­gu­ro que ter­mi­na­mos con el plei­to a fa­vor nues­tro.
Pe­ro Ko­kesh­ke, con su ha­bi­tual des­con­fian­za, le res­pon­de:
—Si bien eran po­cos ten­go mis du­das, ya que no es­tá en la na­tu­ra­le­za de los quil­cos re­ti­rar­se de una pe­lea. Al­go de­ben es­tar tra­man­do, por lo que a par­tir de aho­ra ire­mos mu­cho más aten­tos que an­tes.
An­tes de rea­nu­dar la mar­cha, Shía se acer­ca a Kash­ka y le pre­gun­ta si tie­ne al­gún co­no­ci­mien­to de có­mo ubi­car al Ga­ri­vao, y és­te le res­pon­de:
—No sé bien exac­ta­men­te dón­de vi­ve, pe­ro con gus­to los guia­ré ha­cia la zo­na don­de mo­ra ha­bi­tual­men­te. Eso sí, de­be­rán cui­dar­se del Ozu­ro­doon, por­que és­te es el guar­dia del Ga­ri­vao.
Es­te ani­mal, que no era el úni­co en su es­pe­cie, ya que que­da­ban unos po­cos cien­tos, era un ti­po de oso ne­gro de unos cua­tro me­tros de al­tu­ra, con unas ga­rras ex­tre­ma­da­men­te lar­gas y fi­lo­sas. Sus fau­ces to­tal­men­te cu­bier­tas de gran­des dien­tes fi­lo­sos que a su vez con­ta­ban con cua­tro enor­mes ca­ni­nos que so­bre­sa­lían de su ho­ci­co co­mo gran­des da­gas cur­va­das ha­cia aden­tro.
Ya de­vuel­ta so­bre el sen­de­ro que los lle­va­ría ha­cia el bos­que de Wo­kul, Maíp le co­men­ta a su her­ma­na:
—Thok no nos di­jo que el guar­dia del Ga­ri­vao era tan gran­de y tan pe­li­gro­so.
Shía, iró­ni­ca­men­te, le res­pon­de:
—Ya te ha­brás da­do cuen­ta de que al po­bre vie­jo no le que­da mu­cha me­mo­ria.
Sin que és­tos tu­vie­ran co­no­ci­mien­to de lo que es­ta­ba ocu­rrien­do en su te­rri­to­rio, el vie­jo Thok, con la mi­tad de su ejér­ci­to muy bien ar­ma­do, co­rren a cam­po tra­vie­sa al en­cuen­tro de los quil­cos que ya ha­bían or­ga­ni­za­do el in­mi­nen­te ata­que al Va­lle de la Lu­na. Só­reck, su lu­gar­te­nien­te y ma­no de­re­cha, le pre­gun­ta:
—¿Cuál se­rá tu es­tra­te­gia?
—Ha­brá que bus­car un lu­gar don­de em­bos­car a los quil­cos y así dar­les más tiem­po a los hom­bres de Amuk —res­pon­de Thok.
—¿Has­ta cuán­do de­be­rán de­te­ner el avan­ce de los quil­cos? —vuel­ve a pre­gun­tar Só­reck.
Thok, muy cor­tan­te y con de­ter­mi­na­ción, res­pon­de:
—Has­ta nues­tro úl­ti­mo alien­to.
Só­reck, que era to­tal­men­te in­con­di­cio­nal a su ca­ci­que, asien­te con la ca­be­za y ca­lla­da­men­te con­ti­núa la mar­cha.
La no­che es­ta­ba por caer so­bre sus ca­be­zas, las nu­bes de tor­men­ta ya se adue­ña­ban de las Tie­rras del Sur. El frío co­men­za­ba a ha­cer­se sen­tir y se po­día evi­den­ciar que las pri­me­ras ne­va­das ya co­men­za­rían de un mo­men­to a otro. Thok y su ejér­ci­to sa­len de un es­pe­so bos­que y di­vi­san un lu­gar apro­pia­do pa­ra una em­bos­ca­da. Jus­to a la sa­li­da del bos­que ha­bía una lla­nu­ra de po­ca ex­ten­sión. A su de­re­cha se en­con­tra­ba un acan­ti­la­do, de va­rios me­tros de al­tu­ra, don­de en lo pro­fun­do co­rría un rá­pi­do y fu­rio­so río. Es­te acan­ti­la­do re­co­rría to­da la ex­ten­sión de la lla­nu­ra, has­ta lle­gar al es­pe­so bos­que, del cual Thok y sus sol­da­dos ha­bían sa­li­do. Jus­to al fren­te se en­con­tra­ban unas co­li­nas de es­ca­sa al­tu­ra, las cua­les se­gu­ra­men­te no im­pe­di­rían el ac­ce­so del ejér­ci­to de los quil­cos. Pe­ro se­gu­ro se lo ha­ría más di­fí­cil.
Al ver el es­ce­na­rio al fren­te, Thok or­de­na de­te­ner la mar­cha y dan­do un vis­ta­zo al pai­sa­je, eva­lúa los pro y los con­tra. To­man­do una de­ter­mi­na­ción, or­de­na a Só­reck que or­ga­ni­ce y dis­pon­ga a los gue­rre­ros es­tra­té­gi­ca­men­te por to­do el lu­gar.
Só­reck, que era un hom­bre du­ro en su ca­rác­ter y leal a su ca­ci­que, in­me­dia­ta­men­te se ocu­pa de po­si­cio­nar a sus sol­da­dos. En ese mo­men­to, del otro la­do de las co­li­nas se po­día es­cu­char el sil­bi­do del vien­to y, co­mo un es­tre­me­ce­dor con­tras­te, el re­tum­bar de los pa­sos y chi­lli­dos de los quil­cos.
Mien­tras to­dos se van ubi­can­do en sus pues­tos, Thok su­be por una de las co­li­nas y con asom­bro lo­gra di­vi­sar al ejér­ci­to ene­mi­go. La ima­gen fue ate­rra­do­ra, el ta­ma­ño del ejér­ci­to de quil­cos era sin igual. Ja­más se ha­bía vis­to ejér­ci­to de se­me­jan­te ta­ma­ño pres­to pa­ra el com­ba­te.
La vi­sión de se­me­jan­te ejér­ci­to le de­mos­tró a Thok que Elem te­nía co­mo pre­mi­sa ani­qui­lar a to­do ser vi­vien­te que se le in­ter­pu­sie­ra en el ca­mi­no. A me­di­da que el ejér­ci­to avan­za­ba los ani­ma­les del lu­gar huían des­pa­vo­ri­dos, co­rrien­do por sus vi­das, ca­za­do­res y pre­sas huían sin im­por­tar­les las di­fe­ren­cias.
En ese pre­ci­so mo­men­to los tres her­ma­nos y sus gue­rre­ros lle­gan a las puer­tas del bos­que de Wo­kul. Fren­te al es­pe­so y os­cu­ro bos­que, Ko­kesh­ke y sus her­ma­nos se dan cuen­ta por­qué los hom­bres y mu­je­res de es­te te­rri­to­rio lo con­si­de­ran ta­bú.
El for­ma­to de sus ár­bo­les te­nía la apa­rien­cia de que­rer co­brar vi­da. El me­ci­mien­to de sus co­pas, por el vien­to frío, da­ba la sen­sa­ción de te­ner mo­vi­mien­tos pro­pios, co­mo si fue­ran en­tes so­bre­na­tu­ra­les, y por el cru­jir de sus ra­mas pa­re­cía que con­ver­sa­ran en­tre ellos. To­do es­to le da­ba un as­pec­to lú­gu­bre al bos­que, más aún cuan­do uno pres­ta­ba aten­ción a las cria­tu­ras que mo­ra­ban en su in­te­rior, ya que con sus can­tos y chi­lli­dos ha­cían te­ner la idea de que en su in­te­rior ja­más se dor­mía.
Ko­kesh­ke or­de­na de­te­ner el pa­so y acam­par has­ta el ama­ne­cer. Pe­ro en ese mo­men­to Kash­ka opi­na ha­cer un pe­que­ño al­to y en­trar, ya que cree que es­ta­rán más se­gu­ro den­tro del bos­que que en las afue­ras.
Maíp in­ter­ce­de di­cien­do que las lu­ces del día son mu­cho me­nos en­ga­ño­sas que la pe­num­bra de la no­che. Pa­ra una bús­que­da, la no­che siem­pre en­cie­rra sus mis­te­rios y se pres­ta pa­ra co­sas si­nies­tras.
Ko­kesh­ke du­da, al tiem­po que Kash­ka in­sis­te. En­ton­ces Ko­kesh­ke cru­za una mi­ra­da con su her­ma­na, és­ta lo mi­ra fi­jo y en­co­ge los hom­bros co­mo di­cien­do que él es quien de­ci­de.
Ko­kesh­ke si­gue du­dan­do y al ca­bo de unos mi­nu­tos, Shía, aho­ra im­pa­cien­te, les di­ce:
—Bue­no, ya he­mos lle­ga­do has­ta aquí, no creo que ten­ga­mos mu­cho tiem­po pa­ra en­ta­blar una dis­cu­sión so­bre si en­tra­mos o no en­tra­mos aho­ra. Yo creo que si vi­ni­mos a bus­car al fa­mo­so Ga­ri­vao de­be­mos co­rrer el ries­go y en­trar. Así ter­mi­na­mos con es­ta mi­sión lo más rá­pi­do po­si­ble, ya que de­be­mos vol­ver con su­ma ur­gen­cia por­que Amuk nos ne­ce­si­ta.
Maíp vuel­ve a in­sis­tir:
—A mí no me agra­da la idea de in­gre­sar por la no­che, me­nos sa­bien­do que den­tro se en­cuen­tra el ozu­ro­doom.
En­ton­ces Ko­kesh­ke les di­ce:
—Am­bos tie­nen ra­zón. Pe­ro pre­fie­ro pa­sar la no­che en el lla­no, co­mo di­ce Maíp. Por eso or­de­no que acam­pe­mos en es­te cla­ro y ma­ña­na, con las pri­me­ras lu­ces del día, en­tra­re­mos al bos­que.
Na­die más dis­cu­tió la or­den im­pues­ta por Ko­kesh­ke, to­dos re­co­no­cían muy bien su voz de man­do. El cam­pa­men­to se ar­mó co­mo de cos­tum­bre, pe­ro esa no­che no hu­bo ho­gue­ra, ya que po­dría ha­ber­los de­la­ta­do. Y en ese mo­men­to era lo que me­nos que­rían.
La os­cu­ri­dad era to­tal, las es­tre­llas ha­bían si­do cu­bier­tas con el man­to es­pe­so de las nu­bes de tor­men­ta. La no­che no fue de las más tran­qui­las, ya que aden­tro del bos­que, se es­cu­cha­ba to­do ti­po de so­ni­dos y por de­trás de ellos, en las pla­ni­cies, el ir y ve­nir de los quil­cos se no­ta­ba en sus mur­mu­llos le­ja­nos.
Ha­bría trans­cu­rri­do la mi­tad de la no­che, cuan­do Maíp, to­da­vía preo­cu­pa­do por la ac­ti­tud de Kash­ka, se le­van­ta del lu­gar don­de es­ta­ba des­can­san­do y ha­ce una ron­da pa­ra dar­les áni­mo a los gue­rre­ros que es­ta­ban mon­tan­do guar­dia.
En ese mo­men­to se acer­ca al sol­da­do que es­ta­ba de fren­te al bos­que y no­ta que es­ta­ba ti­ra­do, vi­si­ble­men­te dor­mi­do. Maíp lo des­pier­ta dán­do­le sa­cu­do­nes y re­cri­mi­nán­do­le la ac­ti­tud. És­te, to­mán­do­se la nu­ca, se de­fien­de di­cién­do­le que lo ha­bían gol­pea­do y pa­ra sa­car­le to­do ti­po de du­das le mues­tra el fuer­te gol­pe que tie­ne en la ca­be­za.
Maíp, asom­bra­do, sa­le dis­pa­ra­do y le in­for­ma lo su­ce­di­do a su her­ma­no y co­mo pre­sin­tién­do­lo, sa­le en bús­que­da de Kash­ka y des­cu­bre que és­te no es­ta­ba en el cam­pa­men­to.
En­ton­ces con fuer­tes pa­la­bras Maíp lo mal­di­ce y le di­ce a su her­ma­no:
—Ya me ima­gi­na­ba que es­te mal na­ci­do nos iba a ha­cer una ju­ga­da de es­te ti­po.
Ko­kesh­ke eva­lúa la si­tua­ción y or­de­na a to­dos po­ner­se en aler­ta y en mar­cha. Pe­ro en ese pre­ci­so ins­tan­te un tre­men­do rui­do a ra­mas que­brán­do­se y mu­cho al­bo­ro­to, se oye en di­rec­ción al in­te­rior del bos­que. To­do es­te ba­ru­llo da­ba la sen­sa­ción de que al­go o al­guien se acer­ca­ba con ra­pi­dez. Es­to aler­ta a Ko­kesh­ke y sus sol­da­dos que, sin du­dar­lo un mi­nu­to y sin nin­gu­na or­den, al uní­so­no de­sen­vai­nan sus ar­mas y se co­lo­can de fren­te ha­cia don­de pro­ve­nía el tre­men­do al­bo­ro­to.
Al otro ex­tre­mo de la re­gión, Thok y su ejér­ci­to ya es­ta­ban en po­si­ción y lis­tos pa­ra cum­plir con el plan idea­do por Thok. És­te lo mi­ra fi­jo a Só­reck y con una se­ña le pre­gun­ta si es­ta­ba lis­to. És­te le con­tes­ta que sí. El so­ni­do ate­rra­dor que emi­tían las hor­das de quil­cos se oía ca­da vez más cer­ca. Thok no ce­sa­ba de dar áni­mo a sus sol­da­dos. Los sol­da­dos sa­bían que és­ta po­día ser la úl­ti­ma ba­ta­lla, pe­ro se sen­tían con­for­ta­dos al ver que su ca­ci­que es­ta­ba muy tran­qui­lo an­te la si­tua­ción. El de­sen­vol­vi­mien­to del ve­te­ra­no ca­ci­que en esos mo­men­tos era de mu­cha par­si­mo­nia. La con­fian­za que le te­nían sus sol­da­dos era tre­men­da. Siem­pre fue un gran es­tra­te­ga y eso ha­cía que sus ejér­ci­tos siem­pre le fue­ran in­con­di­cio­na­les. De pron­to, y por so­bre una de las co­li­nas, lo­gran di­vi­sar las pri­me­ras lí­neas del ejér­ci­to quil­co. Thok se­guía dán­do­les cal­ma a sus sol­da­dos. Una go­ta de su­dor co­rría por la sien de és­te. En ese mo­men­to se pu­do ver la mag­ni­tud del ejér­ci­to ene­mi­go, ya que al co­men­zar a ba­jar por la co­li­na, és­ta que­dó to­tal­men­te cu­bier­ta por quil­cos. Es­te po­de­ro­so ejér­ci­to ve­nía de­re­cho ha­cia don­de se en­con­tra­ba el ejér­ci­to al man­do de Thok, to­tal­men­te aje­no a la em­bos­ca­da que és­te les es­ta­ba pre­pa­ran­do den­tro del es­pe­so bos­que. Thok lo mi­ra a Só­reck y con una se­ña le pi­de cal­ma. És­te le ha­ce la se­ña de que es­tá lis­to y es­pe­ran­do la or­den.
En el pre­ci­so mo­men­to en que el ejér­ci­to quil­co es­tu­vo a pun­to de des­cen­der de la co­li­na, Thok dio la or­den y Só­reck, con un gru­po de su ejér­ci­to, sal­tó de su es­con­di­te y con su gri­to de gue­rra co­rrió a to­da ve­lo­ci­dad ha­cia don­de es­ta­ban los quil­cos. El pil­che que es­ta­ba al man­do que­da sor­pren­di­do por la au­da­cia de es­te re­du­ci­do gru­po de sol­da­dos. De pron­to, y cuan­do es­ta­ban a una dis­tan­cia pru­den­cial, los sol­da­dos de Só­reck de­sen­vai­na­ron sus ar­cos y a to­da ca­rre­ra co­men­za­ron a arro­jar an­da­na­das de fle­chas en di­rec­ción del ejér­ci­to ene­mi­go. El pri­mer im­pac­to fue muy cer­te­ro, ya que de­ce­nas de quil­cos ca­ye­ron ba­jo las fle­chas de los sol­da­dos de Só­reck. Es­to cau­só la ira del pil­che y or­de­nó que un gran ba­ta­llón de sus sol­da­dos en­fren­ta­ra a los sol­da­dos de Só­reck. El ba­ta­llón de quil­cos es­tu­vo apo­ya­do por los ar­que­ros que tra­ta­ban de re­pe­ler el ata­que de los hom­bres de Só­reck. La agi­li­dad de­mos­tra­da en esa ca­rre­ra ha­cía ca­si im­po­si­ble que los ar­que­ros de los quil­cos ati­na­ran a los sol­da­dos ene­mi­gos, pe­ro por cier­to los gue­rre­ros de Só­reck se­guían dan­do en el blan­co.
Thok y el res­to de su ejér­ci­to só­lo mi­ra­ban los acon­te­ci­mien­tos den­tro del bos­que. La ima­gen era dan­tes­ca, los ejér­ci­tos co­rrían a to­da ve­lo­ci­dad, la dis­tan­cia en­tre ellos era ca­da vez más cor­ta. En el pre­ci­so mo­men­to en que es­tu­vie­ron a unos cin­cuen­ta me­tros de dis­tan­cia, los sol­da­dos de Só­reck se co­lo­ca­ron los ar­cos en las es­pal­das y de­sen­vai­na­ron las da­gas. Al ca­bo de unos se­gun­dos, los dos ba­ta­llo­nes cho­ca­ron con una fie­re­za nun­ca vis­ta. La ha­bi­li­dad de los hom­bres de Só­reck ha­cía que po­cos de ellos ca­ye­ran en ese tre­men­do cho­que. Pe­ro la ve­lo­ci­dad que lle­va­ban es­tos sol­da­dos no fue amai­na­da por los quil­cos, que vie­ron có­mo és­tos su­pe­ra­ban sus lí­neas y se­guían la mar­cha con­tra el res­to del ejér­ci­to ene­mi­go. Al ver es­to, el pil­che que es­ta­ba a car­go, les or­de­nó gi­rar y per­se­guir a los hom­bres de Só­reck, que en ese mo­men­to ha­bían de­sen­vai­na­do sus ar­cos nue­va­men­te y co­men­za­ban a lan­zar otra fu­rio­sa rá­fa­ga de fle­chas.
Thok, en su es­con­di­te del bos­que, ob­ser­va que su ejér­ci­to ha­bía su­pe­ra­do la lí­nea de avan­za­da y se dis­po­nía a en­fren­tar al grue­so del ejér­ci­to de quil­cos, mien­tras eran per­se­gui­dos por los so­bre­vi­vien­tes del cho­que an­te­rior.
El pil­che a car­go veía có­mo sus quil­cos caían ba­jo el im­pac­to de las fle­chas de Só­reck y sus sol­da­dos. Pe­ro se que­da­ba tran­qui­lo, ya que creía que era só­lo una ban­da de sui­ci­das que mo­ri­rían an­tes de lle­gar fren­te a él.
De pron­to, y cuan­do el ejér­ci­to de Só­reck se en­con­tra­ba a unos cien me­tros de dis­tan­cia del fren­te prin­ci­pal del ejér­ci­to ene­mi­go, és­te, con un gri­to, or­de­nó el cam­bio de rum­bo y to­dos sus gue­rre­ros vi­ra­ron ha­cia la de­re­cha y en­fi­la­ron ha­cia los acan­ti­la­dos.
Es­ta ma­nio­bra de­su­bi­có al pil­che, que de in­me­dia­to or­de­nó a la se­gun­da lí­nea que se su­ma­ra a la per­se­cu­ción jun­to con los pri­me­ros com­ba­tien­tes. Só­reck y sus hom­bres se­guían arro­jan­do fle­chas mien­tras se acer­ca­ban al acan­ti­la­do y mer­ma­ban la ve­lo­ci­dad. Es­to hi­zo que los quil­cos pu­die­ran dar­les al­can­ce, ya que la ve­lo­ci­dad de és­tos era muy fuer­te. Cuan­do Só­reck y sus hom­bres vie­ron que es­ta­ban a unos es­ca­sos me­tros del acan­ti­la­do, vol­vie­ron a gi­rar, pe­ro es­ta vez en di­rec­ción del bos­que. Es­te gi­ro re­pen­ti­no fue de­ter­mi­nan­te ya que los quil­cos no tu­vie­ron tiem­po de fre­nar y ca­si to­do el grue­so de ellos ca­yó al va­cío y se des­pe­da­zó en el fon­do. Es­to pu­so fu­rio­so al pil­che, que or­de­nó a to­do su ejér­ci­to sa­lir a la ca­za de Só­reck. En ese mo­men­to, den­tro del bos­que, Thok da­ba la or­den a sus ar­que­ros pa­ra que cu­brie­ran la re­ti­ra­da de sus hom­bres.
La dis­tan­cia en­tre el ejér­ci­to de quil­cos y los hom­bres de Só­reck era bas­tan­te gran­de. Es­ta bre­cha per­mi­tía que los ar­que­ros de Thok dis­pa­ra­ran a dis­cre­ción, diez­man­do al ejér­ci­to ene­mi­go. Lue­go de unos es­ca­sos mi­nu­tos, Só­reck y sus hom­bres lle­gan al res­guar­do que les da­ba el bos­que. Si bien es­te mo­vi­mien­to ha­bía he­cho per­der a va­rios hom­bres, tam­bién les ha­bía da­do un tiem­po pre­cio­so, que le se­ria útil a Amuk y su gen­te en el va­lle.
Só­reck, vi­si­ble­men­te ago­ta­do por el es­fuer­zo, se acer­ca a Thok y és­te lo fe­li­ci­ta. Mien­tras los ar­que­ros no ce­sa­ban de lan­zar sus fle­chas, to­dos en el in­te­rior del bos­que pue­den ver que eso no ha­cía de­ma­sia­do da­ño, ya que la can­ti­dad de sol­da­dos del ejér­ci­to de quil­cos los su­pe­ra­ban de cien a uno.
Thok vuel­ve a dar con­fian­za a sus sol­da­dos y se pre­pa­ran pa­ra el com­ba­te cuer­po a cuer­po que en se­gun­dos se iba a lle­var a ca­bo, ya que los quil­cos es­ta­ban a las puer­tas del bos­que.
Mien­tras tan­to, en Wo­kul, los tres her­ma­nos y sus sol­da­dos se en­con­tra­ban aga­za­pa­dos cual fe­li­nos, aten­tos y lis­tos pa­ra lo que pu­die­ra su­ce­der. De pron­to ven que en di­rec­ción de don­de pro­ve­nía el al­bo­ro­to, apa­re­ce Kash­ka con el ros­tro de­sen­ca­ja­do por el te­rror y a una ve­lo­ci­dad que só­lo el mie­do pue­de lo­grar. De­trás de él, y pi­sán­do­le los ta­lo­nes, iba la enor­me bes­tia lla­ma­da ozu­ro­doom, con su enor­me y pe­sa­do cuer­po des­ga­ja­ba a cuan­to ár­bol se le in­ter­po­nía en el ca­mi­no. La gran bes­tia, al ver a los sol­da­dos, se de­tie­ne y ob­ser­va el pa­no­ra­ma. Pa­ra ese mo­men­to Kash­ka ya se ha­bía pro­te­gi­do de­trás de Ko­kesh­ke. En­ton­ces el ozu­ro­doom emi­te un bu­fi­do sor­do, sa­cu­de la enor­me ca­be­za, mue­ve a un la­do y al otro su pe­sa­da co­la, y to­man­do en­vión arre­me­te con­tra los in­tru­sos.
Al ver­se ata­ca­dos, los tres her­ma­nos y sus sol­da­dos se aba­lan­zan con­tra la bes­tia que, sin in­mu­tar­se, de un só­lo to­pe­ta­zo los arro­ja por los ai­res co­mo si fue­ran mu­ñe­cos de tra­po. Las ar­mas de és­tos no ha­cían me­lla en la du­ra piel del ani­mal, la lu­cha era tre­men­da­men­te de­si­gual y a me­di­da que pa­sa­ba el tiem­po se ha­cía ca­da vez más te­dio­sa. Ni la ha­bi­li­dad ni la fuer­za fí­si­ca de los hom­bres de Ko­kesh­ke lo­gra­ban so­me­ter a se­me­jan­te ani­mal. La no­che ha­bía trans­cu­rri­do ca­si en su to­ta­li­dad, la lu­cha con­ti­nua­ba co­mo al co­mien­zo, la bes­tia no da­ba sig­nos de can­san­cio, con­tra­ria­men­te a los po­cos hom­bres que en ese mo­men­to que­da­ban en pie, ya que sus fuer­zas los es­ta­ban aban­do­nan­do.
Shía, en un des­cui­do, re­ci­be un fuer­te gol­pe con el re­vez de su ga­rra, tre­men­do gol­pe que la des­pi­de va­rios me­tros ha­cia atrás, cuan­do cae da con su ca­be­za con­tra el tron­co de un ár­bol se­co.
Un po­co aton­ta­da sa­cu­de la ca­be­za y ob­ser­va que a su la­do se en­con­tra­ba un ani­mal con apa­rien­cia pe­rru­na, que mi­ra­ba con aten­ción la co­lo­sal pe­lea.
Shía lo mi­ra con de­te­ni­mien­to y se da cuen­ta de que és­te no ha­bía no­ta­do su pre­sen­cia. Acer­cán­do­se unos cen­tí­me­tros, des­cu­bre al­go ra­ro en su mi­ra­da. Pa­ra ella no era una mi­ra­da ani­mal, sus ojos trans­mi­tían al­go más. En ese mo­men­to re­cuer­da lo que les ha­bía di­cho Thok y si­gi­lo­sa­men­te se di­ri­ge ha­cia don­de es­ta­ba és­te.
Es­te ani­mal, con apa­rien­cia de lo­bo, gi­ra la ca­be­za en di­rec­ción ha­cia ella y és­ta sin dar­le opor­tu­ni­dad se aba­lan­za con­tra él, to­mán­do­lo del cue­llo y co­lo­can­do la da­ga de­ba­jo de su gar­gan­ta, mien­tras con voz in­qui­si­do­ra le di­ce:
—Di­le a tu mas­co­ta que nos de­je en paz, si no me ve­ré obli­ga­da a de­go­llar­te. Creo ser cla­ra, se­ñor Ga­ri­vao. ¿No?
En ese mo­men­to el Ga­ri­vao pre­sien­te, por el to­no de voz, que Shía no du­da­rá en cum­plir su pro­me­sa. En­ton­ces, ha­cien­do un so­ni­do ex­tra­ño pa­ra sus oí­dos obli­ga al ozu­ro­doom a de­te­ner el ata­que, al tiem­po que con otro so­ni­do más agu­do le or­de­na a la bes­tia que se re­ti­re. És­ta au­to­má­ti­ca­men­te le obe­de­ce y se re­ti­ra, sen­tán­do­se a po­cos me­tros de don­de se en­con­tra­ban. En ese mo­men­to, el Ga­ri­vao le pre­gun­ta a Shía:
—¿Por qué me si­gue ame­na­zan­do? Se­ño­ra, ya cum­plí con lo que me or­de­nó.
—Si eres tan sa­bio co­mo di­cen por ahí, sa­brás que no hay hom­bre ni lo­bo que su­pe­ren la des­con­fian­za de una mu­jer —res­pon­de Shía.
El Ga­ri­vao pien­sa por un se­gun­do y asien­te con la ca­be­za, dán­do­le la ra­zón. A to­do es­to Ko­kesh­ke se acer­ca, por de­trás de él ve­nía Maíp, Kash­ka y los sol­da­dos. Ro­dean­do al Ga­ri­vao, Shía le di­ce:
—Si no ha­ces na­da ra­ro te sol­ta­ré, de lo con­tra­rio te re­ba­no el cue­llo.
Una vez li­bre y to­mán­do­se el cue­llo, el Ga­ri­vao les pre­gun­ta:
—¿Qué de­sean de mí?
Ko­kesh­ke da un pa­so al fren­te y le di­ce que ne­ce­si­tan su ayu­da y se dis­po­ne a con­tar­le lo que es­ta­ba su­ce­dien­do en ese mo­men­to en su te­rri­to­rio. Mien­tras, Maíp en­ca­ra a Kash­ka y lo aco­rra­la con­tra un ár­bol y, po­nien­do la da­ga cer­ca de su cue­llo, le exi­ge una ex­pli­ca­ción ló­gi­ca pa­ra se­me­jan­te ac­ti­tud irres­pon­sa­ble.
Al ver que la ame­na­za era se­ria, le ex­pli­ca di­cien­do que él sa­bía dón­de ha­llar al Ga­ri­vao y que­ría ga­nar tiem­po. Por eso es que sa­lió en su bús­que­da, mien­tras los de­más des­can­sa­ban. Pe­ro al pa­sar por el sen­de­ro no se per­ca­tó de la pre­sen­cia del ozu­ro­doom, que se en­con­tra­ba re­cos­ta­do a un cos­ta­do del ca­mi­no. Al ver­lo, el te­rror lo in­va­dió y sa­lió co­rrien­do con las con­se­cuen­cias que ya to­dos co­no­ce­mos.
—Tu ac­to de irres­pon­sa­bi­li­dad nos ha cos­ta­do la vi­da de va­rios hom­bres, co­sa que no de­be­mos per­mi­tir­nos, ya que es­ta­mos en una di­fí­cil si­tua­ción y ca­da hom­bre cuen­ta —di­cho es­to, Maíp lo ame­na­za nue­va­men­te, di­cién­do­le:
—A par­tir de aho­ra cui­da tus mo­vi­mien­tos, ya que te es­ta­ré vi­gi­lan­do y al pri­mer mo­vi­mien­to ex­tra­ño te ase­gu­ro que te re­ba­no el cue­llo de la­do a la­do.
Al nor­te, y pa­ra­pe­ta­dos por la es­pe­su­ra del bos­que, los hom­bres de Thok es­pe­ra­ban el avan­ce del ejér­ci­to de quil­cos...